Por cualquier medida histórica, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el expresidente estadounidense, Donald Trump, están moldeando un nuevo orden mundial. Su alianza ha evitado una catástrofe global, pero su éxito exige vigilancia, no complacencia.
Ambos líderes unieron fuerzas para frenar las ambiciones nucleares de Irán y transformar la geopolítica de Oriente Medio. Su colaboración, forjada antes de los Acuerdos de Abraham de 2020, que abrieron lazos diplomáticos entre Israel y varios Estados musulmanes, alcanzó un punto culminante en junio, cuando Trump ordenó un ataque estadounidense contra instalaciones nucleares iraníes subterráneas. Esta operación, un golpe preciso y devastador, reflejó la profundidad de su coordinación estratégica. El impacto pleno de sus acciones solo se entenderá con el paso del tiempo.
Pero la historia judía enseña una lección implacable: el triunfo puede desvanecerse rápidamente si no se somete a límites y control.