Después de dos años de cautiverio en Hamás, en una entrevista con Makor Rishon, Eitan Mor relata su secuestro, la severa hambruna en los túneles y las canciones de Janucá en cautiverio.
Mor revivió los momentos de su secuestro: “Vimos a un montón de gazatíes que llegaban en grupos, con cuchillos. ‘No combatientes’ que decidieron unirse al combate. Nos escondimos allí. Algunos querían regresar a la fiesta, pero les dije que no lo hicieran. Vimos incendios desde allí, oímos disparos. Le dije a Rom Braslavski, quien también fue secuestrado, que vi los cuerpos de las chicas y que quería evacuarlas. Algunas ya estaban medio desnudas y no sabía qué más les harían. Los dos fuimos y comenzamos a llevar el cuerpo de Shira Ayalon OBM. Pedí a otros dos que fueran a ayudarla y la pusimos en un nicho. Luego fuimos a buscar a otra chica, que sufrió una violencia severa, pero no logramos sacarla. Envié un mensaje a Elyakir (Elyakim Libman OBM): ‘¿Dónde estás?’ Me respondió que estaba en la tienda con los heridos. Ese fue el último mensaje que recibí de él. Le dije a Rom que lo buscaría. Regresé al lugar del festival y él fue conmigo. Le dije que, si veíamos terroristas, corríamos tan rápido como pudiéramos”.
Las escenas que presenció siguieron igual de impactantes: “En el camino, vimos a dos personas moribundas y no existía ninguna forma de ayudarlas. No podíamos hacer nada. De repente, tres terroristas con chalecos antibalas se acercaron y nos gritaron en árabe que nos detuviéramos. Estaban a 30 metros. Echamos a correr y, en realidad, no tengo idea de cómo seguí con vida. Nos dispararon y las balas pasaron muy cerca de mi cabeza. Vimos vehículos todoterreno de seguridad, y Rom preguntó si podíamos ponerlos en marcha. Le dije que no tendríamos tiempo y que resultaba mejor correr. Logramos tirarlos al suelo, pero luego los civiles nos atraparon”.
Cinco personas atraparon a Rom y lo tiraron al suelo; dos me atraparon a mí. Uno se fue hacia Rom y logré empujar al segundo. Le di un puñetazo y seguí la carrera. Había una pequeña zanja con maleza y salté dentro. Pero entonces me atraparon ocho “no combatientes”, algunos de ellos niños, quizá de tercer grado. Tenían cuchillos, sierras y martillos. Todos juntos me golpearon con todas sus fuerzas. Me apuntaron con un cuchillo. Estaba seguro de que moriría en ese momento. Entonces el más grande dijo en inglés: “O mueres ahora o vienes con nosotros a Gaza”. Dije: “Gaza”.
Durante su cautiverio, el estado de ánimo de Eitan oscilaba entre la esperanza y la desesperación. “Al principio me sentía más optimista. Con el tiempo, comprendí que Hamás no se rendía ni tampoco el gobierno. Comprendí que lo mejor para facilitar todo consistía en aceptar que moriría en Gaza. Moriría o regresaría después de muchos años. Esta aceptación me ayudó a vivir el momento. Eso, y dar las gracias cada noche por haber sobrevivido un día más. Ya me había olvidado de Israel. A veces pensaba en mis padres, mi familia, mi perro, mis amigos, pero todo eso se convirtió en un sueño muy lejano”.
Al relatar la hambruna en cautiverio, dijo: “Te dices a ti mismo: ‘Piensa en tu familia’, pero tu mente solo piensa en comida. Intentas pensar en tu abuela, pero de alguna manera tus pensamientos llegan a sus albóndigas. A su sabor. Y, a pesar de todo esto, nos aseguramos de dar las gracias cada noche. Gracias por todo lo que pasó ese día. Gracias porque el pan pita que nos dieron no tenía arena. Gracias por la cafetera que nos dieron. Aunque la situación es mala y tengo hambre, aunque perdí 15 kilos, di las gracias todos los días por lo que había. Porque pensamos en las familias de luto y en los heridos. Gracias porque nuestro cuerpo está completo, quizá no con todo nuestro peso, pero seguimos vivos”.
