El presidente Donald Trump expuso el viernes un nuevo pacto petrolero amplio con Venezuela y lo describió como una ocasión irrepetible para las compañías energéticas de Estados Unidos y para la economía nacional. Ante ejecutivos, afirmó que el acuerdo generaría una “enorme riqueza” industrial y una “gran riqueza” para la población estadounidense.
Durante un encuentro con directivos de grandes petroleras y operadores comerciales, Trump definió a esas firmas como “socios preciados para devolver a la nación de Venezuela a la vida”. Aclaró que la participación no resultaba obligatoria, aunque sí competitiva, y advirtió que existían “25 personas que no están aquí hoy dispuestas a ocupar su lugar”.
La señal fue directa y sin matices: la industria petrolera venezolana inicia una reapertura bajo influencia estadounidense, y las empresas que reaccionen con rapidez obtendrán ventajas significativas dentro de un proceso que la Casa Blanca considera ya en marcha.
El secretario de Energía, Chris Wright, declaró previamente a Fox News que la estrategia representa una ruptura con décadas de políticas ineficaces. “Durante 25 años hemos visto el colapso del régimen venezolano —todo yendo en la dirección equivocada”, afirmó, al señalar el fracaso de medidas previas para contener corrupción, criminalidad y derrumbe económico.
Wright sostuvo que el nuevo enfoque se apoya en la aplicación real de sanciones existentes, antes ignoradas, y en el uso de la presencia militar como instrumento de presión, no como vía de confrontación directa. “Esto es usar la fuerza militar sin disparar balas, sin soldados sobre el terreno, pero obteniendo todo el impacto de esa fuerza”, señaló.
Según el secretario, ese método permitiría abaratar los precios de la energía, reducir flujos criminales y revertir el deterioro económico venezolano. La administración vincula estos efectos a un rediseño completo de la relación con Caracas y a un control más firme de sus recursos estratégicos.
El plan se produce tras la captura de Nicolás Maduro y lo que el senador Dave McCormick calificó como “una increíble operación de aplicación de la ley, militar y de inteligencia, magníficamente orquestada”. Ese operativo abrió el camino a lo que denominó “Fase 2”, centrada en el control del petróleo.
McCormick explicó que esa fase persigue cuatro metas: frenar el tráfico de drogas hacia Estados Unidos, eliminar a Venezuela como refugio de adversarios, reactivar la industria petrolera con capital y conocimiento occidentales y establecer un rumbo sostenido hacia el autogobierno democrático.
La oportunidad económica resulta considerable. En 1975 Venezuela producía cerca de cuatro millones de barriles diarios. En la actualidad apenas alcanza unos 800.000, tras años de desinversión y mala gestión. Recuperar parte de esa capacidad alteraría de forma relevante los flujos energéticos regionales.
En la reunión participaron empresas como Chevron, ExxonMobil, ConocoPhillips, Halliburton, Valero, Marathon, Shell, Vitol, Trafigura, Repsol y Eni, entre otras vinculadas a exploración, refinación e infraestructura. Trump subrayó que el petróleo impulsa la recuperación venezolana y actúa como herramienta estratégica estadounidense.
El presidente cerró con una advertencia geopolítica ante los ejecutivos. “Una cosa que creo que todo el mundo tiene que saber es que, si no hubiéramos hecho esto, China o Rusia lo habrían hecho”, afirmó, mientras la Casa Blanca insistió en que la puerta ya está abierta y el tiempo corre.
