El Gobierno israelí prohibió a ministros opinar sobre intervención extranjera en Irán, mientras protestas con cientos de muertos escalan y disparan tensiones regionales y diplomáticas.
Orden de silencio y versiones sobre injerencia en las protestas iraníes
El Ejecutivo israelí ordenó a sus ministros evitar declaraciones públicas sobre una posible intervención externa en las protestas de Irán, según la radiotelevisión pública Kan. Fuentes oficiales indicaron ausencia de indicios de intervención directa. Activistas atribuyeron a los disturbios al menos 538 muertos. La instrucción busca reducir la exposición política, con énfasis en evitar frases que Teherán pueda usar como argumento. El contexto elevó la cautela comunicativa dentro del Gobierno de Israel.
Las movilizaciones comenzaron el 28 de diciembre, tras una crisis económica profunda que deterioró condiciones de vida en amplios sectores. El malestar llevó a miles de personas a salir a las calles en varias provincias y, con el paso de los días, las manifestaciones llegaron a más ciudades. El crecimiento territorial de las protestas reflejó quejas extendidas sobre precios, empleo y servicios básicos, en un escenario de tensión social y menor margen para canales institucionales.
En Teherán, Mashhad y Shiraz, manifestantes exigieron reformas del sistema político y mejoras en el acceso a bienes esenciales, entre ellos alimentos y combustible. Las autoridades respondieron con un amplio despliegue policial, más de 2.600 arrestos y un bloqueo parcial de internet, con el propósito de limitar la circulación de información. La situación generó reportes fragmentarios y dificultades para verificar hechos en tiempo real, además de mayor incertidumbre respecto de la cifra real de víctimas.

Activistas independientes, a partir de testimonios y videos verificados, situaron el número de muertos en 544 en algunos recuentos, con aumentos notables durante las últimas semanas por enfrentamientos directos con fuerzas del orden. La Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos recopiló esos datos en ausencia de cifras oficiales iraníes. Las diferencias entre estimaciones alimentaron debates sobre el alcance de la represión y la transparencia estatal ante organismos internacionales y medios.
Datos clave de la crisis y la respuesta regional
- Las protestas comenzaron el 28 de diciembre por una crisis económica profunda.
- Activistas reportaron entre 538 y 544 muertos y más de 2.600 arrestos.
- Israel ordenó a ministros silencio público sobre una posible injerencia externa.
- Teherán acusó a Estados Unidos e Israel de incitar los disturbios sin detalles verificables.
- Washington evaluó sanciones adicionales y acciones en el ciberespacio contra el régimen.
Acusaciones de injerencia y posiciones de Teherán, Washington e Israel
Teherán acusó a potencias extranjeras, en especial a Estados Unidos e Israel, de incitar los disturbios con el objetivo de desestabilizar el país. El canciller Abbas Araqchi afirmó existencia de pruebas de implicación externa, sin detallar la naturaleza de esas evidencias ante la prensa. La narrativa oficial buscó atribuir el origen de la crisis a actores externos y reforzar un discurso de soberanía frente a presiones internacionales y a la agenda de opositores.
Autoridades iraníes advirtieron que un ataque militar estadounidense contra Irán convertiría en objetivos legítimos instalaciones israelíes y estadounidenses en la región. El presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, señaló que Irán no busca una guerra y prepara medidas para defender su soberanía. En ese contexto, Israel reforzó la seguridad. La dinámica estratégica elevó el riesgo de incidentes de alcance regional y obligó a recalibrar posturas de disuasión y respuesta inmediata.

Desde Washington, el presidente Donald Trump expresó apoyo a los manifestantes y afirmó que el Ejército estadounidense revisa opciones firmes frente al régimen por la represión. Mencionó sanciones adicionales y medidas más directas, sin detallar fechas ni aspectos operativos. Ese mensaje incrementó la atención regional y reforzó la percepción de una ventana de presión para modificar el comportamiento del Gobierno iraní, con impacto potencial en la correlación de fuerzas.
Funcionarios estadounidenses señalaron planes que abarcan acciones en el ciberespacio y un endurecimiento de sanciones económicas, con el propósito de reducir la capacidad del Gobierno iraní para sostener la represión. En Israel apareció preocupación por posibles represalias iraníes contra aliados, según fuentes de inteligencia. La combinación de presión económica, capacidades tecnológicas y advertencias militares introdujo incertidumbre adicional y abrió escenarios de respuesta que contemplan umbrales distintos de escalada.
Liderazgos, apoyos y silencios: Netanyahu, Gamliel y Reza Pahlavi
Benjamin Netanyahu respaldó en público las protestas y las describió como un momento de alta relevancia para la población iraní. Al mismo tiempo, evitó aludir a una participación israelí en los hechos y mantuvo la directiva de discreción señalada por el informe de Kan. El enfoque buscó apoyar demandas ciudadanas sin ofrecer munición a acusaciones de injerencia, en un equilibrio delicado entre solidaridad política y prudencia estratégica.
Dentro de Israel, la ministra de Innovación, Ciencia y Tecnología, Gila Gamliel, destacó por apoyo explícito a las protestas. En redes sociales publicó mensajes de solidaridad y solicitó a la comunidad internacional respaldo para demandas de libertad y justicia. Esas publicaciones contrastaron con la directiva oficial de silencio. Gamliel mantiene vínculos con Reza Pahlavi, príncipe heredero iraní en el exilio e hijo del último sha, Mohammad Reza Pahlavi, derrocado durante la Revolución Islámica.

Hace dos años, Reza Pahlavi viajó a Israel por invitación de Gamliel y participó en ceremonias oficiales y reuniones con dirigentes, entre ellos Netanyahu. Visitó el Muro Occidental y se refirió a una cooperación futura entre un Irán democrático e Israel en ámbitos culturales, científicos y económicos. Ese viaje posicionó su figura como puente simbólico, con aspiraciones de articulación para un escenario posterior a la teocracia, dentro de un marco aún hipotético.
En el contexto actual, Pahlavi amplió su visibilidad pública y llamó a ocupar centros urbanos para facilitar una transición hacia un gobierno secular. Desde el exterior, reunió apoyos en la diáspora y buscó organizar una alternativa política frente a la represión estatal. Su nombre apareció en cánticos de manifestantes en Teherán como símbolo de retorno monárquico o modelo no teocrático. El Gobierno iraní lo calificó figura terrorista y lo acusó de coordinar esfuerzos con Israel.
Medidas de seguridad israelíes y decisiones de emergencia del gabinete
El nivel de alerta más alto en Israel se tradujo en medidas concretas, entre ellas el refuerzo de defensas antiaéreas y la revisión de planes de contingencia ante posibles ataques con misiles desde Irán. Autoridades de seguridad sostuvieron que el escenario regional exige preparación continua y capacidad de respuesta rápida. Las prioridades operativas incluyeron protección de infraestructura crítica, coordinación interagencial y evaluación permanente de amenazas, con foco en vectores de largo alcance y proxies regionales.
Fuentes de seguridad indicaron que el Gabinete de Seguridad autorizó al primer ministro y al ministro de Defensa, a tomar decisiones con rapidez ante amenazas iraníes. Según el reporte, en situaciones urgentes esas decisiones no requieren consultas adicionales. La medida pretende reducir tiempos de reacción y limitar demoras operativas. El diseño institucional buscó agilizar órdenes, sin perder control político sobre operaciones sensibles con posibles repercusiones más allá de las fronteras de Israel.

El Ejército israelí realizó simulacros recientes para mantener su capacidad aérea operativa y para impedir avances en programas nucleares y de misiles iraníes. No se informaron operaciones activas en territorio iraní. El ministro de Defensa, afirmó que Israel ejecuta acciones para reducir riesgos procedentes de Teherán, con énfasis en el apoyo iraní a grupos armados. Los ejercicios exploraron escenarios de respuesta rápida y coordinación, con atención prioritaria a inteligencia, defensa antimisiles y superioridad aérea.
Netanyahu indicó que una caída del régimen permitiría restablecer lazos entre Israel e Irán, sin describir un mecanismo. La formulación buscó delinear un horizonte político alternativo ante cambios internos iraníes. Sin embargo, la ausencia de detalles operativos mostró límites a compromisos públicos en plena crisis. La prudencia oficial también reflejó el efecto de la orden de silencio, que concentró vocería y restringió mensajes que pudieran alimentar acusaciones de intervención directa.
Reacciones internacionales y derechos humanos en el terreno
En el plano internacional, China rechazó toda injerencia extranjera en asuntos internos iraníes y pidió promover la paz. La Unión Europea y la OTAN siguieron la crisis, con mensajes que condenan la violencia contra manifestantes y evitan pronunciarse sobre intervenciones. Las reacciones se caracterizaron por cautela diplomática. El cuadro regional se mantuvo bajo observación, con énfasis en evitar escaladas y en sostener canales de diálogo en medio de una situación volátil.
Amnistía Internacional informó abusos de fuerzas iraníes, con uso de armas letales durante protestas pacíficas. El Ministerio de Salud iraní cifró los heridos en más de 3.500 y atribuyó parte de las bajas a enfrentamientos con elementos armados entre los manifestantes. La divergencia entre versiones continuó. Organizaciones de derechos humanos exigieron transparencia y acceso para verificación independiente, mientras autoridades locales defendieron un relato de orden público frente a grupos violentos.

Activistas afirmaron que al menos 100 miembros de las fuerzas de seguridad murieron durante los disturbios. Ese balance, junto con detenciones masivas, situó la crisis entre las más tensas del periodo reciente. La cifra subrayó la intensidad de choques en puntos urbanos y el peso de la coerción estatal. El contraste entre balances oficiales y recuentos independientes reforzó disputas narrativas sobre responsabilidades y proporcionalidad en el uso de la fuerza durante la represión.
Las protestas entraron en su tercera semana sin señales de retroceso, pese a toques de queda y nuevos despliegues de tropas. En Teherán, miles marcharon en apoyo a Pahlavi y exigieron un cambio de régimen con prioridad en economía y libertades individuales. El Gobierno insistió en restablecer el orden. La persistencia de movilizaciones mostró arraigo del malestar y limitaciones de las medidas coercitivas para contener un descontento alimentado por factores estructurales y por la represión.
Evolución política, control de mensajes y efectos en la diplomacia regional
El líder supremo calificó los disturbios de crisis y aseguró que el sistema islámico prevalecerá. Gamliel publicó una imagen con el lema “Hacer a Irán grande de nuevo”, con reacciones mixtas. El informe de Kan señaló que la orden a ministros busca impedir escaladas innecesarias, porque cualquier declaración pública puede interpretarse como reconocimiento de implicación. El Ejecutivo pretende reducir exposición política y evitar que Teherán use frases israelíes en su campaña de acusaciones.
Fuentes del Gobierno confirmaron un control estricto de mensajes vinculados a Irán y exigieron aprobación previa de la oficina del primer ministro. La directiva forma parte de preparativos más amplios, con actualización de planes operativos ante avances nucleares iraníes y con vigilancia de posibles respuestas militares. El diseño comunicacional centralizó vocerías y evitó fracturas internas, con el fin de sostener coherencia frente a auditorías externas y a presiones diplomáticas.

Con los datos disponibles, las protestas afectaron la estabilidad interna de Irán y generaron efectos en la diplomacia regional. Israel mantuvo una postura de seguimiento constante. Estados Unidos evaluó respuestas con potencial de modificar la distribución de poder en la región, en un contexto marcado por la represión. La combinación de sanciones, advertencias y apoyos simbólicos definió un marco de contención y presión, sin pasos públicos que cruzaran umbrales irreversibles.
Pahlavi permaneció como figura central en llamados al cambio y sumó respaldo de sectores de la diáspora. Además, recibió apoyo de Gila Gamliel, que actuó como enlace informal entre exiliados iraníes y autoridades israelíes. Su figura dividió posiciones y mantuvo presión política sobre Teherán. Las autoridades iraníes informaron bajas en sus fuerzas de seguridad y atribuyeron esas muertes a elementos violentos. La crisis económica, agravada por sanciones, continuó como factor de malestar social.
