Las Naciones Unidas, numerosas ONG de alto perfil, dirigentes políticos liberales y redes de activismo de izquierda se autoproclaman con insistencia como la conciencia moral del sistema internacional. Se arrogan la defensa de la “justicia”, la “dignidad” y los “derechos humanos universales”, y sostienen, incluso mediante intimidación y violencia, que callar ante la opresión equivale a complicidad.
Sin embargo, cuando el foco se sitúa en Irán —donde civiles desarmados que exigen libertad son golpeados, torturados, encarcelados y asesinados a tiros en la vía pública por las propias autoridades—, ese coro moral se desvanece casi por completo.
La interrupción momentánea de la matanza, según los reportes disponibles, no responde a moderación alguna, sino al hecho de que la población está siendo confinada en sus hogares como rehén por fuerzas de seguridad armadas con ametralladoras que han tomado las calles.
Las mismas instituciones y figuras que se mostraron ruidosas y persistentes al condenar a Israel en nombre de los derechos palestinos se vuelven, cuando están en juego vidas iraníes, notoriamente ausentes. Este contraste expone un doble rasero que revela la hipocresía estructural de buena parte del activismo contemporáneo en derechos humanos.
En todo Irán han estallado protestas en una lucha directa por la supervivencia. La población no se moviliza por incentivos económicos, aburrimiento o afán de protagonismo. Sale a las calles porque un sistema autoritario asfixia casi cada dimensión de su existencia. La respuesta del régimen ha sido previsible y constante: violencia sistemática. Las fuerzas de seguridad disparan munición real contra concentraciones civiles, irrumpen en viviendas durante la noche, detienen a manifestantes, golpean a prisioneros fuera de la vista pública y, según la información disponible, los ejecutan en secreto.
El corte deliberado del acceso a internet busca aislar a la sociedad iraní. El objetivo es doble: impedir que imágenes de calles cubiertas de sangre y familias en duelo alcancen al exterior y bloquear la coordinación entre manifestantes. La represión se despliega aquí en su forma más elemental y brutal. Frente a ello, la pregunta es ineludible: ¿dónde está la indignación sostenida?, ¿dónde están las movilizaciones masivas en las capitales occidentales?, ¿dónde están los titulares diarios, las sesiones de emergencia en la ONU, los debates constantes y la supuesta urgencia moral?
Este silencio transmite a los iraníes que su sufrimiento es negociable, tal como los ayatolás intentaron persuadir al entonces presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump. En un primer momento pareció aceptar ese marco, pero posteriormente dio marcha atrás.
Tras semanas de ser asesinados en las calles, los iraníes continúan esperando la promesa de estar “listo y cargado” que Trump ha reiterado sin materializar. Para ellos, una vez más —como ocurrió durante la presidencia de Barack Hussein Obama—, la señal es que sus muertes no importan y no activan el mismo reflejo moral que otros conflictos.
La pregunta persiste con crudeza: ¿va Trump a frustrar los esfuerzos de personas extraordinariamente valientes que intentan liberarse de un despotismo violento que las oprime desde hace 47 años?
El mutismo internacional confirma que, para el establishment liberal y de izquierda global, los derechos humanos no son universales, sino condicionales. Se aplican de forma selectiva, en función de movilizaciones financiadas y trasladadas por organizadores profesionales y de narrativas geopolíticas frecuentemente hostiles a Estados Unidos y a Israel.
Para quienes arriesgan literalmente todo en las calles de Teherán, Mashhad, Shiraz y decenas de ciudades más pequeñas, este silencio equivale a abandono.
Desde hace años, la población iraní lucha por derechos elementales: expresarse sin censura, escuchar música, bailar, sentir el viento en el cabello, elegir a sus gobernantes, vivir sin miedo a detenciones arbitrarias y aspirar a un futuro no dictado por una élite cruel y patológica.
Los levantamientos se han sucedido por oleadas. En cada ocasión, el régimen ha respondido con amenazas, asesinatos masivos, torturas, largas condenas de prisión y una acumulación de atrocidades. A lo largo de los años, muchos miles han sido asesinados sin ningún atisbo de debido proceso. Otros miles han desaparecido en cárceles donde la tortura es práctica habitual y las confesiones se obtienen mediante dolor, humillación y violencia extrema.
Cada levantamiento ha sido seguido por ejecuciones diseñadas para sembrar terror y destruir la esperanza. Aun así, la población regresa a las calles una y otra vez. Esa persistencia debería bastar para exigir respeto y solidaridad de cualquiera que afirme defender derechos humanos.
En lugar de ello, la respuesta dominante es la nada. Se emiten declaraciones airadas, cuidadosamente formuladas para eliminar toda urgencia. No hay movilización, no hay percepción de emergencia letal. Esta inacción contrasta con la energía artificial dedicada a otras causas. Cuando la indignación es selectiva, deja de ser moral y se reduce a retórica política.
Durante décadas, las mujeres en Irán han vivido bajo un entramado legal que regula sus cuerpos, su vestimenta, su desplazamiento y su conducta. El uso obligatorio del hiyab no es una opción cultural, sino una imposición aplicada mediante vigilancia, coerción y, en ocasiones, asesinato. Las mujeres que desafían estas normas son acosadas, torturadas, violadas en detención o asesinadas. En los levantamientos recientes, muchas han confrontado abiertamente al régimen, retirándose el pañuelo y exigiendo libertad. Hoy, numerosas pagan con su vida ese desafío mientras los autoproclamados defensores de los derechos humanos continúan con su rutina cotidiana.
La ausencia es evidente: organizaciones feministas, protestas masivas, campañas públicas, defensa constante. Los mismos colectivos que reaccionan de inmediato ante debates como los “techos de cristal” han relegado a las mujeres iraníes a menciones marginales, cuando no al silencio absoluto. El mensaje implícito es que su lucha resulta incómoda o incompatible con determinadas alineaciones ideológicas.
Esta indiferencia envía al régimen iraní una señal clara: la represión no acarrea costos internacionales. Cuando gobernantes autoritarios comprueban que el asesinato en masa genera apenas condenas amortiguadas, el incentivo es continuar. El silencio actúa como autorización tácita para que la violencia prosiga sin freno.
Resulta significativo que algunas de las pocas voces que han hablado con claridad provengan de ámbitos inesperados, como Trump y dirigentes israelíes. Al margen de la valoración general de sus políticas, sus declaraciones sobre Irán han sido directas. Han condenado la violencia estatal y han definido las protestas como una lucha legítima por la libertad. Mientras numerosos actores del discurso de derechos humanos vacilan, estas voces han mostrado disposición a nombrar a los regímenes por lo que son y a plantear consecuencias.
Si Occidente pretende respaldar realmente al pueblo iraní, mantener embajadas y diplomáticos del régimen en capitales occidentales transmite legitimidad. El cierre de esas representaciones y la expulsión de sus funcionarios enviaría un mensaje inequívoco de que no se tolera a gobiernos que asesinan a su propia población.
Garantizar y proteger el acceso a internet es igualmente crucial. Al cortar las comunicaciones, el régimen impide la coordinación y oculta crímenes. Facilitar herramientas para que los iraníes permanezcan conectados, documenten abusos y difundan sus testimonios constituiría una forma concreta de apoyo. Darles espacio en los medios internacionales y evitar que su causa desaparezca de la agenda pública es esencial.
Finalmente, los regímenes autoritarios solo responden cuando la presión es real. La mera posibilidad de intervención ya ha modificado en parte los cálculos de los mulás. La presión consiste en establecer líneas claras y consecuencias tangibles. Sin credibilidad, la matanza no se detendrá.
El pueblo iraní recordará quién habló, quién actuó y quién guardó silencio. Si quienes se presentan como defensores de la justicia y los derechos humanos callan ahora, su credibilidad puede darse por perdida.
Ha llegado el momento de hablar con claridad y coherencia y de situarse del lado del pueblo iraní. Estas protestas no se limitan a Irán. Plantean una cuestión central: si los derechos humanos son universales o solo un recurso retórico activado de manera selectiva. Apoyar a los iraníes en su lucha por la libertad es respaldar la libertad misma.
