Shira Gvili, hermana del agente de policía caído Ran Gvili, toma la palabra entre lágrimas y pronuncia el elogio fúnebre de su hermano mayor durante el funeral. Abre con el momento que partió su vida: “Cuando mamá entró en mi habitación y dijo que tardarías en volver a casa, no podía imaginar que tardaría 843 días”.
Desde entonces, señala, nada volvió a ser igual. “El bosque ya no es el mismo bosque, la ropa bonita no se siente igual y el schnitzel nunca volverá a saber igual”. Con esas frases remarca que la ausencia de Ran modificó su vínculo con lo cotidiano, hasta en los detalles que antes pasaban inadvertidos.
Luego relata cómo la memoria la asalta con cualquier señal que lo recuerde, y detiene su mirada en las motocicletas. “Toda la risa se ha ido y me quedo solo con recuerdos, y cada motocicleta que veo me lleva de vuelta” a las que él solía conducir. “A veces sonrío cuando veo una y a veces se siente como una flecha en el corazón”.
Más adelante, se dirige a su hermano en segunda persona y afirma una determinación que toma forma en medio del duelo: dice que eligió vivir y que él sigue a su lado. También cuenta que se le apareció en sueños y en símbolos y señales que identificó en distintos momentos, como una presencia tenue que continuó acompañándola.
En ese recorrido, comparte un tramo de su exposición pública y explica el motor personal que la empujó. “El mes pasado fui a Estados Unidos, fuimos a lugares a los que nunca imaginé que llegaría”, le dice. “Realmente lo hice todo; hablé en la ONU y en el Congreso y en la Casa Blanca, todo en inglés, ¿estás orgulloso de mí?”.
Acto seguido, expone la intención que la sostuvo durante ese esfuerzo: “Lo hice para que volvieras”, solloza. En el mismo pasaje, pide que le permitan, aunque sea por un instante, dejar el uniforme y el título de “hermana de un rehén” para ser únicamente la hermana de Rani.
Entonces reproduce una grabación de audio que una vez recibió de él. La voz del agente asesinado suena clara: “No te preocupes, hermana mía, todo está bien”. Ella contesta desde el presente, como si cerrara un círculo de consuelo: “Te quiero, y todo está bien, no estoy preocupada”.
Por último, se acerca al ataúd de Ran y lo abraza. Apoya la cabeza sobre él durante un instante y completa en silencio la despedida que su discurso fue construyendo, palabra a palabra, ante quienes asistieron al funeral.
