Irán conmemoró el 11 de febrero de 2026 el 47.º aniversario de la Revolución Islámica con un mensaje centrado en el pulso diplomático y militar por su programa nuclear. En la plaza Azadi de Teherán, el presidente Masoud Pezeshkian dijo que su gobierno acepta inspecciones para acreditar fines pacíficos, pero descartó condiciones “desproporcionadas” en el diálogo reanudado con Estados Unidos.
“No buscamos adquirir armas nucleares. Lo hemos afirmado en repetidas ocasiones y estamos preparados para cualquier verificación”, dijo. A continuación endureció el tono: “Nuestro país, Irán, no cederá a sus exigencias excesivas”. Sus declaraciones se produjeron después de que Teherán retomara contactos indirectos con Washington en Omán, con el objetivo declarado de fijar límites verificables al programa a cambio de alivio de sanciones.
En esa vía, Irán situó como punto central su “derecho a enriquecer uranio” y volvió a excluir de la mesa su capacidad misilística. Estados Unidos, en cambio, mantiene la intención de ampliar el alcance de cualquier entendimiento hacia misiles balísticos y la red de apoyos regionales de la República Islámica, lo que introduce un choque de agendas desde el inicio.
En los días previos, fuentes iraníes describieron exigencias estadounidenses para reactivar el diálogo que incluyen enriquecimiento cero dentro de Irán, límites al programa de misiles y cambios en el respaldo a aliados regionales. Teherán trató esos puntos como “líneas rojas” en público, mientras la negociación se reanudó con un formato indirecto y con definiciones aún en disputa.
El ofrecimiento de apertura a “cualquier verificación” contrastó con el estado de la supervisión internacional. El Organismo Internacional de Energía Atómica no pudo durante meses inspeccionar y verificar el inventario nuclear iraní, en un contexto en el que Irán elevó su enriquecimiento hasta el 60% de pureza, un umbral cercano al nivel necesario para un arma nuclear.
La dinámica se hizo más sensible tras la guerra de junio entre Irán e Israel. En ese marco, Teherán rechazó solicitudes del OIEA para visitar emplazamientos alcanzados durante esa guerra, lo que añadió tensión a la relación con el organismo y reforzó las dudas sobre la capacidad de verificación efectiva mientras se discuten límites y mecanismos.
La conmemoración se desarrolló además bajo presión militar explícita. Estados Unidos desplazó el portaaviones USS Abraham Lincoln, buques y aeronaves hacia Oriente Medio, y el presidente Donald Trump planteó la posibilidad de enviar un segundo grupo de portaaviones. A la vez, fuerzas estadounidenses derribaron un dron que, según su versión, se aproximó al Lincoln.
También acudieron en ayuda de un buque con bandera estadounidense en el estrecho de Ormuz tras un intento iraní de interceptarlo. Esos movimientos acompañaron el esfuerzo diplomático con una señal de capacidad de ataque y de disuasión, y situaron el expediente nuclear en un entorno de riesgo elevado y exposición militar directa en la región.
En paralelo, la agenda regional se activó alrededor del mismo expediente. Ali Larijani, alto responsable iraní de seguridad, viajó desde Omán a Qatar el 11 de febrero, y el emir qatarí Tamim bin Hamad Al Thani habló por teléfono con Trump sobre desescalada y seguridad regional. Ese contacto se produjo en vísperas de una reunión en Washington entre Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu.
Netanyahu presiona para que cualquier acuerdo incorpore restricciones más amplias. En Teherán, Pezeshkian combinó el rechazo a “exigencias excesivas” con un mensaje de entorno: “Nuestro Irán no cederá ante la agresión, pero seguimos dialogando con todas nuestras fuerzas con los países vecinos para establecer la paz y la tranquilidad en la región”.
Tras la primera ronda en Omán, los interlocutores describieron el arranque como suficiente para mantener el canal abierto. La discusión quedó centrada en mecanismos de límites y verificación, con los temas de misiles fuera del intercambio. La frase de Pezeshkian sobre “cualquier verificación” se integró en una negociación de alta fricción política y con despliegue militar estadounidense.
Ese despliegue eleva el costo de un fracaso, mientras Teherán sostiene que no renunciará a condiciones que considere incompatibles con su margen de soberanía nuclear civil. En ese marco, Irán mantiene como eje su postura sobre el enriquecimiento y delimita los asuntos que acepta tratar, en un proceso que avanza bajo presión diplomática y señales militares cruzadas.
