Washington acumuló medios navales, aéreos y defensivos mientras mantiene una vía diplomática indirecta. Teherán ofrece concesiones parciales y refuerza advertencias de represalia.
Movimientos militares sugieren una campaña sostenida en Oriente Medio
Tras varias decisiones operativas y movimientos logísticos acumulados durante las últimas semanas, Washington activó preparativos para una campaña sostenida que podría prolongarse durante varias semanas. El plan incluiría instalaciones nucleares, además de infraestructuras estatales y de seguridad iraníes. La Casa Blanca mantuvo abierta la vía diplomática, pero el despliegue reunió capacidades para atacar, sostener el ritmo operativo y proteger bases y rutas marítimas en un teatro expuesto a efectos regionales y energéticos.
La acumulación se observó con claridad en el componente naval. El portaaviones USS Abraham Lincoln entró en la región de Oriente Medio el 26 de enero junto con destructores con misiles guiados, y el Pentágono trasladó también cazas y sistemas de defensa antiaérea. Con ese refuerzo, la presencia marítima quedó vinculada al objetivo de mantener persistencia operativa y capacidad de protección en rutas críticas del Golfo.
Más tarde, el 13 de febrero, Trump confirmó el envío del USS Gerald R. Ford desde el Caribe, con un tránsito de al menos una semana hasta el área. Lo vinculó a un grupo de escoltas que incluye el crucero lanzamisiles Normandy y destructores de la clase Arleigh Burke como Thomas Hudner, Ramage, Carney y Roosevelt. El Ford puede operar con más de 75 aeronaves, entre ellas F-18 y E-2, y amplía la vigilancia y el control del espacio aéreo.

Con el refuerzo marítimo ya activado, la red de bases estadounidenses en la región añade un elemento crítico por el riesgo de represalias. Estados Unidos mantiene instalaciones y fuerzas en países que incluyen Jordania, Kuwait, Arabia Saudí, Qatar, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Turquía. En las últimas semanas, mandos estadounidenses elevaron medidas de protección y prepararon movimientos para dispersar medios y mantener potencia aérea de combate, con Al Udeid en Qatar como nodo logístico y defensivo.
Elementos verificables del despliegue y de la postura operativa
- El USS Abraham Lincoln entró en Oriente Medio el 26 de enero junto con destructores con misiles guiados.
- El 13 de febrero se confirmó el envío del USS Gerald R. Ford con escoltas como Normandy y destructores Arleigh Burke.
- El Ford puede operar con más de 75 aeronaves, incluidas F-18 y E-2, y refuerza vigilancia y control del espacio aéreo.
- La red de bases en Jordania, Kuwait, Arabia Saudí, Qatar, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Turquía elevó medidas de protección.
- Al Udeid en Qatar recuperó un papel principal en logística y defensa ante misiles y drones.
Negociación indirecta con Omán y líneas rojas fijadas en Teherán
Mientras avanzaban los movimientos militares, la diplomacia siguió un canal indirecto con intermediación de Omán. En Ginebra, el 17 de febrero, la delegación iraní encabezada por el canciller Abbas Araghchi y el equipo estadounidense representado por Steve Witkoff y Jared Kushner trataron el expediente nuclear con mediación omaní. Araghchi informó de un entendimiento general sobre “principios rectores”, y la parte estadounidense pidió propuestas detalladas en un plazo de dos semanas para cerrar brechas.

Desde Washington, Marco Rubio sostuvo públicamente la preferencia por un acuerdo negociado. El vicepresidente JD Vance atribuyó a Trump la definición de líneas rojas, lo que concentra la decisión final en el Despacho Oval. En paralelo, el despliegue mostró que la preparación militar y el canal diplomático avanzan al mismo tiempo, con un horizonte corto para aterrizar propuestas concretas.
Desde esa mesa, Teherán transmitió dos líneas simultáneas, con flexibilidad condicionada y rechazo de concesiones centrales. Dirigentes iraníes reiteraron que no aceptarán una exigencia de “cero enriquecimiento” dentro del país, pero plantearon reducir parte del material más enriquecido a cambio de alivio de sanciones. Irán añadió incentivos económicos, con participación en proyectos de petróleo y gas, inversiones mineras y compras de aeronaves, y defendió que un acuerdo duradero requiere beneficios tangibles para ambas partes.
En el punto principal de seguridad, Teherán presentó como no negociable su arsenal de misiles balísticos, al que atribuye la reconstrucción posterior al choque militar del año anterior. Ese rechazo condiciona el margen de un pacto y mantiene abierta la posibilidad de una dinámica de presión y respuesta, sobre todo si se combinan exigencias sobre infraestructura nuclear con demandas adicionales sobre capacidades militares.
Ormuz, Israel y el antecedente de la guerra de 12 días en 2025
El 17 de febrero, la tensión pasó del plano diplomático al control de un paso marítimo estrecho. Irán cerró durante varias horas el estrecho de Ormuz por “precauciones de seguridad” durante maniobras de la Guardia Revolucionaria. Ormuz concentra una porción crítica del tránsito mundial de crudo, e Irán ya había amenazado en el pasado con interrumpir el paso si sufre un ataque. La interrupción duró poco, pero dejó un mensaje operativo sobre su capacidad de presión económica.

En paralelo, la posición israelí aparece como un elemento que aumenta la probabilidad de escalada y pesa en la definición de objetivos. Netanyahu reclamó en febrero que cualquier acuerdo debe desmantelar la infraestructura nuclear iraní y sacar del país el material enriquecido, con lo que el debate pasa de límites temporales a la eliminación de capacidades. Israel también incorpora la experiencia de una guerra reciente con énfasis en inteligencia, penetración a larga distancia, ataques sobre mando y control y ampliación de objetivos hacia instituciones del Estado.
Esa secuencia quedó establecida en junio de 2025 durante la guerra de 12 días entre Israel e Irán, del 13 al 24 de junio. Israel inició las hostilidades con un ataque sorpresa que dañó instalaciones nucleares y golpeó a la cúpula militar iraní, e Irán respondió con salvas de misiles y drones hacia territorio israelí. Después, Washington intervino con una operación puntual con bombarderos furtivos desde Estados Unidos para atacar objetivos nucleares, una acción que la administración denominó “Martillo de Medianoche”.
Irán contestó con un ataque limitado contra la base de Al Udeid en Qatar, sin víctimas estadounidenses reportadas. Al terminar esa fase, Netanyahu calificó el resultado como una “victoria histórica” y afirmó que Israel había neutralizado amenazas inmediatas, incluida una referencia a 20.000 misiles balísticos como parte del balance político. Ese antecedente influye en los cálculos actuales, ya que ambas capitales parten de que Teherán responderá a nuevos ataques y de que una campaña breve puede derivar en un intercambio prolongado.
Una campaña de semanas exige volumen operativo y combina presión económica
A partir del precedente de 2025, una operación “de semanas” adquiere un alcance que exige más que golpes puntuales. Un plan sostenido requiere abrir corredores, reducir defensas antiaéreas, localizar y atacar lanzadores y depósitos, y golpear nodos de mando, comunicaciones y fuerzas de seguridad que sostienen la capacidad de respuesta. La marina y la aviación estadounidenses aportarían volumen de salidas y persistencia con dos portaaviones, mientras Israel aportaría proximidad, inteligencia y experiencia reciente sobre el orden de batalla iraní.

Ese diseño favorece un patrón de acción y respuesta. Irán buscaría atacar bases, buques o infraestructuras energéticas y marítimas, y Estados Unidos e Israel responderían con el objetivo de reducir la capacidad de represalia y limitar la escalada. En un entorno así, la protección de bases y de rutas marítimas se convierte en parte del ritmo operativo, además del componente ofensivo que se asocie a objetivos nucleares y de seguridad estatal.
Además del despliegue y de la negociación, la presión económica completa el conjunto de instrumentos. Washington reactivó el enfoque de sanciones y situó el petróleo como variable de coerción, ya que China absorbe más del 80% de las exportaciones de crudo iraní. Una reducción de ese flujo recortaría ingresos que financian al Estado y a su aparato de seguridad, mientras Pekín defendió la legitimidad de su comercio dentro del marco del derecho internacional.
Tras el cierre de la última ronda en Ginebra, ninguna de las capitales anunció una fecha pública para un ataque, pero la situación quedó definida por hechos verificables. Dos grupos de portaaviones avanzan en tránsito o ya están presentes, existen refuerzos de aviación y defensa antiaérea, y aparecen preparativos para sostener operaciones prolongadas. Con una negociación indirecta de plazo corto y un Irán que combina ofertas nucleares parciales con demostraciones de fuerza en Ormuz, a 18 de febrero de 2026 la crisis muestra un patrón operativo propio de una campaña sin un primer ataque anunciado oficialmente.
