Ellos llamaron a Matán Angrest “el diamante”. El activo más valioso en manos de Hamás, un tesoro de secretos que solo él conoce. “En los interrogatorios realmente duros que soporté existen detalles que pertenecen a la categoría de ‘muere y no cuentes’”, afirma Matán Angrest en su primera entrevista exclusiva.
Regresó del cautiverio en octubre pasado tras 738 días. Ahora revela por primera vez ante Il Gonen la historia increíble que trajo del infierno de Gaza sobre “los reyes de los leones”, el equipo secreto del tanque en el que combatió en el puesto de Nahal Oz.
La caja negra del tanque Peretz resistió aquel día eterno. Las grabaciones de radio exponen a cuatro héroes que no dejaron de combatir ni un minuto en esa sábado negro: el comandante del equipo, capitán Daniel Peretz; el artillero Itai Chen; el cargador Tomer Livovitz; y Matán, el único combatiente que sobrevivió.
Matán recuerda aquella mañana del 7 de octubre. Saltó con sus compañeros al mono del tanque. “Lo primero que veo es una Toyota blanca con placa verde y blanca”, relata. “Me froto los ojos. ¿Cómo entró? De pronto escuchas disparos y te dices: ‘¿Es posible que hayan penetrado al país?’”.

El tanque Peretz acelera fuera del puesto y aplasta a los terroristas que se acercan. Los cuatro miembros del equipo avanzan hacia la frontera hasta la posición de tiro que domina Sajaiya. Poco después la radio ordena regresar al puesto de Nahal Oz porque ocurre un incidente en la sala de observación. Matán pasa con el tanque junto al lugar donde duerme y donde jugó backgammon con Tomer el día anterior.
En determinado momento el comandante Daniel Peretz decide salir del puesto. “Una forma de defensa que también se convierte en ataque”, explica Angrest. Esa decisión marca la primera grieta en la coraza.
Lo que ve en la entrada no deja duda sobre lo sucedido minutos antes: el combate heroico que dirigió el comandante de compañía de Golani, Shila Har-Even, para limpiar el puesto. Él y sus cinco soldados murieron. “Desconecten la emoción, muchachos”, se escucha a Peretz en la radio. “Nos dice: ‘Muchachos, nuestro objetivo es que no haya un secuestro’. No sé cómo pronunció esas palabras ni cómo previó el futuro. ¿Un secuestro?”.
Peretz le asigna su última misión: “Matán, debes estar alerta. Intentarán sacar a quien está en la sala de guerra y secuestrarlo”.

Pasan las 8:30 de la mañana. El tanque regresa a la valla rota y a la posición de observación. Descubre una nueva ola de terroristas que penetra hacia el interior. “Le digo a Peretz: ‘Mira, entran hacia el país, vienen directo hacia nosotros’”.
Surge la decisión difícil. Esa ola masiva no se detiene solo con fuego lejano. Los cuatro lo comprenden, pero solo uno toma la decisión: arriesgar el tanque ante un impacto antitanque y entrar directo a la zona de fuego infestada de terroristas. Peretz ordena: “¡Conductor, marcha atrás rápido!”. “¿Vamos hacia ellos?”, pregunta Matán. El comandante confirma. La fuerza Peretz, reforzada por un Namer con tres soldados de Golani, sale al combate final de contención.
En ese instante el equipo entiende que se trata de ellos o los terroristas. Después del proyectil que dispara Itai, Matán ve terroristas volar por el aire a cincuenta metros por la onda expansiva. Mientras conduce, se pregunta: “¿Cómo? ¿Cómo destruyo a todos?”. Una cantidad demencial. Sabía que en cualquier segundo la historia podía terminar.
Por más que intenta, le cuesta extraer de la niebla del recuerdo todo lo ocurrido en esos momentos. La caja negra del tanque sí lo conserva. Guarda un video exacto de dos minutos: imagen borrosa en blanco y negro captada por la mira del cañón. Las últimas dos minutos del equipo Peretz terminan con el grito: “¿Alguien herido? ¡Peretz! ¡Peretz! ¡Peretz!”.

Despierta en Gaza dentro de una casa. No logra abrir los ojos. No mueve la mano. La mano está quemada. Al abrir los ojos ve a ocho hombres sentados frente a él que comienzan el turno de preguntas. “¿De dónde te secuestraron? ¿Dónde sirves?”, le hablan en árabe y él no entiende.
Lo que Matán aún no digiere, los terroristas lo comprenden perfectamente: tienen en sus manos a un secuestrado de otro tipo. Un combatiente capturado en pleno combate. “Alguien se acerca con dos cables, los coloca sobre la herida y siento que me electrocutan. Grito de dolor. Luego repite la operación”, cuenta. Durante semanas Matán permanece en estado de cuidados intensivos, completamente solo, apenas se mueve. Le esperan decenas de interrogatorios.
Ese fue el gran secreto de Matán: dentro del tanque Merkava del que lo secuestraron existían sistemas altamente clasificados. Los terroristas de Hamás probablemente lo sabían, pero no todo. Y él, el único sobreviviente del tanque secreto, comprende el desafío que enfrenta. “En los interrogatorios realmente duros hubo temas de clasificación de seguridad. Me preguntaban todo el tiempo: ‘¿El conductor mata? ¿También tiene arma?’ Yo respondía siempre: ‘El conductor es como el de un auto civil, no hay diferencia’. Preguntaban: ‘¿No sabes cómo dispara el artillero?’”.
De interrogatorio en interrogatorio sus maniobras de evasión se perfeccionan, mientras los terroristas de Hamás aumentan la presión. “Hubo torturas que llegaron al límite. Las electrocuciones constituyen un trauma que me acompañará siempre. El interrogatorio más largo duró ocho horas seguidas en las que permanecí sentado y debía revelar información que sé que pertenece a la categoría de ‘muere y no cuentes’”.

Después de medio año Matán se entera por la radio de sus captores del destino de sus tres compañeros del tanque caídos en ese combate: el comandante Daniel, Itai y Tomer. “Comprendes que eso es todo. Me encerré solo en la habitación. Solo pensaba en ellos y en todas nuestras vivencias anteriores”.
Lo mantuvieron solo durante largas semanas, tanto sobre tierra como bajo tierra, hasta que por fin Matán ve un rayo de luz: se encuentra con otros secuestrados israelíes. “Pasé un largo período con Gali Berman y me uní mucho a él”, comparte.
Incluso en esa rutina algo más llevadera, Matán se ve una y otra vez aislado, separado del resto de los secuestrados y devuelto a la sala de interrogatorios. “Le decía a Gali: ‘Tengo miedo. No sé qué me harán. Cómo duermo por la noche’. Él intentaba consolarme. Si descubren más cosas sobre mí, es mi fin”.

El rescate del cautiverio lo describe como una sorpresa. “Nos sacaron a Gali y a mí con los ojos vendados. Nos quitan las vendas y de pronto vemos a Alon Ahel y a Guy Gilboa Dalal. Llega uno de los altos mandos, nos señala y dice: ‘Ustedes cuatro salen mañana’”. Tras 738 días Matán Angrest regresó a casa. “La vida cambió. Nos levantamos por la mañana y buscamos el siguiente paso, qué sigue. Para todos parece que la lucha terminó y se vuelve a la vida normal. Es pasar de cero a cien, pero también de cien a cero. La cicatriz permanecerá siempre”.
Con esa cicatriz intenta lidiar, entre otras cosas, en el complejo El Quinto Elemento, un centro de tratamientos físicos y emocionales en Eilat, adonde llegó con sus compañeros para tres días de procesamiento conjunto.
Matán inicia ahora un largo camino de rehabilitación. Para ello se abrió una campaña de recaudación de fondos. Para donar se puede buscar en Google “Extender una mano a Matán Angrest” o ingresar al enlace correspondiente.
