La política infantil —esa forma de hacer y leer la política con la inmadurez de quien se niega a mirar la dificultad de frente— nació hace tiempo, pero la guerra de hoy con Irán la exhibe con una nitidez cruel, tanto en Israel como en Estados Unidos.
Se la puede pasar por alto con facilidad, sí. Sin embargo, pocas cosas dañan tanto la conducción pública: entorpece la definición del interés nacional en un tablero intrincado, debilita la toma de decisiones bajo presión y rebaja la exigencia ciudadana de responsabilidad auténtica, más aún cuando se combate y se entierra.
En el fondo, la lógica infantil sostiene que lo deseable debe alcanzarse sin lo indeseable; que lo bueno puede obtenerse sin sacrificios. El costo, por lo común, no se entiende como parte inseparable del mundo, sino como un capricho malintencionado de los gobernantes. Y no se discute un camino alternativo con un precio distinto —menor, más administrable—, sino que se impugna la idea misma de que haya precio alguno.
Así, se afirma: no se debe golpear a Irán porque la economía sufrirá o porque habrá muertos; y si en la guerra mueren civiles o soldados, entonces:
“la guerra fracasó”.
Pero ¿qué ocurre con los muertos por venir, aquellos para los que Irán trabaja con obstinación? Eso tampoco debería pasar, desde luego. ¿Y de qué manera se evita, entonces? El guion se queda sin página.
Más aún: según este esquema pueril, la realidad podría ser impecable y el Estado de Israel vivir en calma, siempre que lo queramos de veras. Si el mundo no es perfecto, se concluye que nuestros líderes lo prefieren así y que, además, lo fabrican con intención:
“Netanyahu podría garantizar la seguridad sin guerra, pero elige la guerra”.
No es que aquí se sostenga, necesariamente, que toda guerra sea fatalidad; el punto es otro: para la política infantil no existe —ni puede existir— un factor externo que empuje hacia el choque. Todo se reduce a una decisión voluntaria de los responsables.
A esa simplificación se suma un rasgo más: la demanda de certeza total, la incapacidad de admitir que toda opción —sobre todo una opción audaz— abre un amplio territorio de incertidumbre. La realidad, por su naturaleza, se mueve con giros que nadie domina por completo. En vez de reclamar mejor preparación ante escenarios diversos, se exige actuar únicamente cuando se sepa, con exactitud matemática, que ocurrirá lo que deseamos. En nuestro caso: no se debe intervenir en Irán hasta estar seguros de que el régimen caerá o de que no podrá retomar sus planes de exterminio; es decir, hasta nunca. Varios influencers, como Matt Walsh, venden esta postura como si fuera sobriedad analítica.
En verdad, es el reclamo irreal de una política sin fallas y de un porvenir sin riesgos ni sobresaltos: un estándar que nadie puede cumplir, salvo el mentiroso profesional, quien terminará socavando los pactos democráticos con el argumento de que sus engranajes —descentralizados, imperfectos— son precisamente lo que impide alcanzar esa fantasía de perfección.
Los ciudadanos de Israel y de Estados Unidos (y, en rigor, del resto del mundo) deben asumir una verdad áspera: enfrentar a Irán tendrá un costo. Corresponde a los dirigentes reducirlo, administrar daños y escoger el mal menor, pero costo habrá. La madurez empieza cuando miramos ese hecho sin apartar la vista, por más aterrador que resulte.
