El ataque estadounidense-israelí contra Irán y la escalada sostenida en Oriente Medio han desencadenado, según los cálculos disponibles, la mayor disrupción petrolera registrada hasta hoy. El cierre de una ruta de tránsito crucial entre Asia y Europa, sumado a las restricciones sobre la producción regional de combustibles fósiles, ha empujado al alza los precios del petróleo y el gas, con una presión que apunta a prolongarse. En ese contexto, mientras los gobiernos vuelven a lidiar con el encarecimiento de la energía para los consumidores, asoma la misma pregunta que sobrevoló la era de la Covid: ¿bastará este golpe para acelerar un giro hacia las renovables?
Un análisis de la consultora Rapidan Energy sostiene que la guerra de Estados Unidos contra Irán ha duplicado el mayor récord previo de disrupción petrolera, establecido en un conflicto de Oriente Medio en la década de 1950. Para el lunes, la estimación era contundente: el 20 por ciento del suministro mundial de petróleo habría quedado interrumpido durante nueve días, tras el cierre del estrecho de Ormuz, el corredor comercial que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el mar Arábigo.
Ese cierre comprimió la oferta global de crudo y elevó el precio del petróleo por encima de los 100 dólares por barril. Rapidan contrasta el episodio con el anterior máximo, la crisis de Suez de 1956, cuando Gran Bretaña, Francia e Israel invadieron la península egipcia del Sinaí y se interrumpió alrededor del 10 por ciento del suministro mundial.
El repunte del petróleo y del gas ha trasladado la inquietud a los hogares, con consumidores de múltiples países anticipando combustibles más caros, al mismo tiempo que los gobiernos se ven forzados a buscar fuentes alternativas o a racionar con más cuidado las que ya tienen. El problema de fondo no es nuevo: persiste la dependencia de los combustibles fósiles en buena parte del planeta. Aunque algunas regiones han ampliado su capacidad renovable, en muchos casos el despliegue no ha avanzado con la velocidad suficiente como para desplazar de manera significativa al petróleo y al gas.
Durante la pandemia de Covid-19, con los precios del petróleo en mínimos históricos y las compañías fósiles peleando por mantenerse a flote, varias grandes petroleras optaron por diversificar: apostaron con fuerza por las renovables y por tecnologías limpias, en respuesta a lo que interpretaban como un aumento de la demanda pública de ese cambio. En ese ciclo, empresas de petróleo y gas de todo el mundo anunciaron compromisos para acelerar proyectos verdes, y la cuota global de renovables en la generación total de energía pasó del 26,1 por ciento en 2019 al 29,5 por ciento en 2022.
Pero el periodo pospandémico reordenó los incentivos. La demanda de petróleo y gas se disparó y, con ella, los precios del crudo; en paralelo, varias compañías recortaron o relativizaron los compromisos que habían asumido con la energía verde. Algo similar ocurrió en el plano estatal: distintos países no lograron acelerar la instalación de capacidad renovable al ritmo que exigen sus propios objetivos climáticos. El resultado es una dependencia fósil que no cede y, por tanto, una exposición mayor a la volatilidad de precios.
No es la primera vez, en los últimos años, que la geopolítica golpea con fuerza el suministro energético mundial. Un informe publicado en marzo por el Transition Security Project calcula que la crisis de combustibles fósiles desencadenada por la invasión rusa de Ucrania le costó a la UE y al Reino Unido 1,8 billones de dólares entre 2022 y 2025. Aquel conflicto disparó facturas y costes de combustible y terminó alimentando una crisis del coste de la vida. Entonces, muchos gobiernos europeos priorizaron la búsqueda urgente de gas alternativo para evitar comprar energía sancionada a Rusia, más que acelerar el despliegue de renovables.
Kevin Cashman, autor del informe, describió la crisis energética de 2022 como una decisión en dos direcciones: “presentó una bifurcación en el camino para Europa: redoblar la apuesta por los volátiles mercados de combustibles fósiles o girar hacia energía limpia autóctona y una mayor seguridad”. Y remató con una acusación directa: “No haber hecho lo segundo ha dejado a las personas con ingresos normales pagando el precio de una política energética irresponsable y miope”.
En la misma línea, el jefe climático de la ONU, Simon Stiell, sostuvo que el reciente conflicto en Oriente Medio “vuelve a mostrar que la dependencia de los combustibles fósiles deja a economías, empresas, mercados y personas a merced de cada nuevo conflicto o volantazo de política comercial”. Para Stiell, la salida es inequívoca: “Hay una solución clara a este caos de costes de los combustibles fósiles: las renovables ahora son más baratas, más seguras y llegan al mercado más rápido, lo que las convierte en la vía evidente hacia la seguridad y la soberanía energéticas”.
En el Reino Unido, Bob Ward, del Grantham Research Institute de la London School of Economics, también puso el acento en la urgencia de expandir las industrias de energías renovables y de combustibles fósiles. Su diagnóstico se apoya en una vulnerabilidad conocida: “El Reino Unido es vulnerable a la volatilidad de los mercados internacionales de combustibles fósiles, y la única manera de protegernos de estas subidas de precios es acelerando la transición hacia suministros domésticos de energía limpia, concretamente renovables y energía nuclear”.
La secuencia se repite: ante cada sacudida, demasiados países vuelven a recostarse sobre los combustibles fósiles en lugar de invertir con decisión en diversificación, y esa elección deja una huella duradera en su seguridad energética. La cuestión, ahora, es si la guerra con Irán y la inestabilidad persistente en Oriente Medio terminarán por forzar el punto de inflexión: que los gobiernos, por fin, asuman la necesidad de diversificar no solo para enfrentar el cambio climático, sino para asegurar el futuro de su propio suministro de energía.
