La idea detrás de la fabricación de los Arrow 3 era clara: que el ciudadano israelí apenas notara el resultado de una intercepción. Ni fragmentos cayendo, ni ráfagas de misiles dispersándose. Pero, en la práctica, esas ráfagas llegan al suelo y convierten en riesgo lo que debía ser casi imperceptible: la vida de los civiles.
Eso fue lo que ocurrió hoy (sábado) en Rishón LeZion, cuando una ráfaga impactó en una guardería vacía. El episodio no es una anécdota aislada: está conectado con un debate áspero que se desarrolla dentro del sistema de seguridad. En el centro de la discusión está la preferencia por el Arrow 3 frente a otros sistemas de interceptación que derriban los misiles a menor altura. Los detalles de este artículo han sido autorizados para su publicación por la censura militar.
En un extremo está el Arrow 3, diseñado para interceptar misiles balísticos fuera de la atmósfera. La lógica técnica respalda su atractivo: la mayor parte de los fragmentos se quema y se evapora y no alcanza el suelo; una fracción menor cae en otros países. Y ante misiles que se dispersan, el Arrow 3 ofrece una ventaja adicional: los alcanza antes de que se fragmenten en ojivas, y con eso neutraliza la dispersión sobre centros de población.
El problema aparece en el otro extremo, donde la ecuación deja de ser solo operativa y pasa a ser económica. Cada Arrow 3 cuesta mucho, mucho más que los demás interceptores. Los otros sistemas, significativamente más baratos, permiten un uso intensivo sin necesidad de pensar en cálculos a largo plazo. Pero esa decisión trae su propia desventaja: al interceptar a menor altura, los fragmentos de la intercepción —y las ojivas, en el caso de misiles dispersos— terminan poniendo en peligro a quienes no están bien protegidos en tierra. En esta guerra se emplean ambos medios, porque la Fuerza Aérea tiene capacidad de decidir en tiempo real qué lanzar. Aun así, la opción por defecto sigue siendo el uso de interceptores a altitudes más bajas, y alrededor de ese automatismo gira el debate que continúa hoy.
Tras el final de la operación “León Ascendente”, en Israel se asumía que el sistema de misiles iraní había sufrido un daño drástico y duradero. Sin embargo, en la campaña actual, el número de lanzadores activos y el ritmo elevado de lanzamientos han sorprendido a muchos. ¿Por qué? La conclusión (actualizada) del sistema de seguridad es concreta: en los ocho meses transcurridos entre ambas campañas, los iraníes fabricaron unos mil misiles adicionales. Eso obliga a matizar el diagnóstico anterior: hubo daño en los sistemas de misiles —y lo hubo—, pero no fue un daño profundo. La recuperación de las industrias aeroespaciales y de los lanzadores fue muy rápida, mientras que en Israel se creía que el ritmo de producción era mucho menor.
La pregunta, entonces, es en qué se supone que esta guerra será distinta. Los bombardeos de los aviones de combate israelíes, tal como se describe, provocan daños puntuales en las industrias de defensa iraníes. Esta vez, en cambio, los estadounidenses están a pleno rendimiento, y las bombas lanzadas por los aviones B-1 y B-52 pueden destruir por completo esas mismas industrias cuando se dispone de inteligencia precisa.