Muchos iraníes agitan las banderas de Israel y de Estados Unidos y desean que esos países derroten al régimen islamista del terror en Irán. Eso, desde luego, nos conmueve. Pero hay algo más en juego. Los judíos vivimos bajo un odio sin límite visible y sin final a la vista; por eso, quizá más que otros pueblos, damos un valor especial a las muestras de afecto, respeto y gratitud que llegan desde afuera.
Desde luego, es preferible una simpatía que no nazca de la compasión hacia una víctima, como ocurrió, por ejemplo, durante la Shoá, sino del reconocimiento al valor de las FDI y del Mossad, a la capacidad del aparato de inteligencia y a la determinación del liderazgo político. Es mejor estar del lado correcto de la historia como un pueblo soberano que sostiene su destino con sus propias manos: como combatientes y protagonistas, no como víctimas inerme. Pero aquí no se trata solo de una cuestión emocional. También está en juego la moral. No solo nos odian: también nos condenan moralmente en todas partes. Y la guerra que libramos desde octubre de 2023 es una guerra para erradicar el mal, y resulta importante ver que muchos, no solo iraníes, así lo entienden.
El ataque actual busca apartar de nosotros una amenaza existencial de genocidio. Esa amenaza ha sido formulada de manera explícita, pero además está respaldada por hechos: un proyecto nuclear-balístico de destrucción masiva. Y su realidad quedó confirmada de la manera más brutal en numerosos atentados terroristas de gran escala, entre ellos la masacre de la comunidad judía de Buenos Aires en 1994, dirigida por el actual comandante de la Guardia Revolucionaria, así como la masacre del 7 de octubre. ¿Puede haber un propósito moral más alto que impedir un genocidio?
A ello se suma otra dimensión moral: la esperanza —que no es certeza— de que el ataque de Estados Unidos e Israel contribuya a que la nación iraní se libere del terror de un régimen asesino que somete a Irán desde hace casi 50 años. Netanyahu acierta cuando describe esta guerra como una lucha moral de liberación, comparable a la Segunda Guerra Mundial.
En cierto sentido, ambas fueron guerras civiles globales libradas en torno a un principio moral que atraviesa y divide a los países. Hitler tuvo partidarios en Occidente y enemigos dentro de Alemania. Francia, como muchos otros países de Europa y del resto del mundo, se partió entonces en esa guerra civil, y hoy vuelve a dividirse.
El islam yihadista, sea chií o suní, se ha expandido por todo el mundo y amenaza al mundo entero. Sin embargo, los aislacionistas de Estados Unidos y los apaciguadores de Europa, como si nada hubieran aprendido y nada hubieran olvidado, han convertido la expresión “cambio de régimen” en un término peyorativo. Habría que hablar, más bien, de “liberación”: la liberación de las tierras del islam del dominio de los yihadistas, que empezará con la liberación de Irán, de sus vecinos y del mundo entero frente al imperialismo opresivo y asesino de los clérigos chiíes.
Es cierto que nuestros ataques contra sus aparatos de asesinato y opresión responden, antes que nada, a un interés existencial israelí. Después de todo, no podremos neutralizar en la medida necesaria la amenaza iraní si el régimen sobrevive al actual ataque estadounidense e israelí. Pero que Israel actúe en defensa de sus intereses vitales no invalida otra verdad: que la guerra de Israel y Estados Unidos es, desde cualquier perspectiva humana universal concebible, una guerra inequívocamente moral.
De hecho, un Estado no puede ser moral si renuncia a sus propios intereses existenciales. Ahí reside la doble falla de los Estados apaciguadores de Europa: padecen al mismo tiempo debilidad moral y torpeza estratégica. No reconocen sus intereses existenciales del mismo modo en que han dejado de distinguir entre el bien y el mal.
Es evidente que Israel y Estados Unidos no intentarían ayudar a los iraníes a liberarse si sus propios intereses existenciales no los empujaran a hacerlo. La prueba está, por ejemplo, en que Israel bajo el liderazgo de Netanyahu y Estados Unidos bajo el liderazgo de Obama, y después de Trump y Biden, no intentaron ayudar a los sirios a liberarse de un régimen del terror que asesinó en masa a sus ciudadanos, incluso con armas químicas de destrucción masiva, porque no existían intereses existenciales que justificaran asumir ese riesgo.
