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Los iraníes apoyan la derrota de su Gobierno

11 de abril de 2026

¿Qué dice un régimen cuando escribe “No a la guerra” mientras dispara misiles? Esa es la pregunta que deja el mensaje atribuido a Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo de Irán. Según la televisión estatal, y de acuerdo con France 24, afirmó que la república islámica no quería una guerra con Estados Unidos e Israel, aunque defendería sus derechos como nación.

Ni siquiera está claro quién habló en realidad. Pudo ser Jamenei. Pudo ser el CGRI, intentando instalar la idea de que él manda. Pero lo decisivo no es la firma. Es el mensaje.

Y ese mensaje exige atención. En un momento en que Israel y Estados Unidos confrontan directamente a la República Islámica, la claridad importa más que nunca. Teherán no es un actor incomprendido que busca calma. No es una víctima arrastrada por los hechos. Y no es, desde luego, un gobierno que persiga la paz.

Es un régimen que quiere estar en guerra.

Durante años, la República Islámica se cubrió con consignas, teatro diplomático y relatos fabricados para confundir al mundo. Su lema más reciente, “No a la guerra”, difundido en Occidente, es uno de los gestos más cínicos de esa estrategia. No pide paz. Encubre a un régimen que lleva más de cuatro décadas exportando terror, reprimiendo a su pueblo y amenazando la existencia de Israel.

Esa máscara ya se resquebraja.

Irán ha lanzado misiles contra centros de población israelíes. Misiles balísticos dirigidos a barrios, infraestructura civil y grandes ciudades. Eso no es una “escalada” abstracta. Es guerra. Un misil que impacta un edificio en Haifa no describe un “conflicto indirecto”. Describe un ataque deliberado contra vidas humanas.

Hace varios días, cuatro personas murieron en Haifa por un ataque con misiles iraníes. El dato refuerza lo evidente: Israel no enfrenta retórica. Enfrenta a un enemigo que intenta matar civiles.

Sin embargo, buena parte del mundo todavía evita nombrar esa realidad con claridad.

Incluso después de sufrir daños significativos en partes de su infraestructura militar y de producción, el régimen siguió disparando contra Israel todo lo que pudo. Ese solo hecho retrata a la República Islámica. Es un régimen revolucionario decidido a hacer daño mientras conserve medios para hacerlo. El “No a la guerra” no expresa contención. Expresa engaño.

Y, como tantas veces, ese lenguaje está pensado para el extranjero.

El régimen sabe que la batalla también se libra en el relato. Sabe que, si logra parecer acorralado o injustamente atacado, aún puede arrancar simpatías en sectores de la prensa internacional y del establishment político. Quiere que el mundo olvide quién armó a Hezbolá, fortaleció a los hutíes, financió milicias en Irak y Siria, y levantó una arquitectura del terror en torno a Israel.

Quiere, además, que se aparten los ojos de años de proliferación de misiles, guerra por intermediarios y retórica genocida, para fijarlos solo en las consecuencias que hoy golpean su propia puerta.

Pero esta guerra no brotó de la nada. Es el resultado de un régimen que invirtió una enorme riqueza nacional en armas, redes terroristas, guerra ideológica y confrontación militar, en vez de destinarla al bienestar de su pueblo. Los gobernantes de Irán construyeron esta crisis. Y ahora, bajo presión, vuelven a demostrar lo de siempre: prefieren poner en riesgo a los iraníes antes que abandonar su obsesión destructiva.

Por eso la dimensión interna iraní de esta guerra no puede quedar al margen.

El mismo régimen que lanza misiles contra Israel es el que aterrorizó a su propia población durante décadas. El que aplastó con sangre las protestas de 2019. El que intentó sofocar el levantamiento de “Mujer, Vida, Libertad” con balas y celdas. El que todavía depende de ejecuciones, tortura y miedo para sostenerse.

Grupos de derechos humanos y observadores internacionales han documentado de forma reiterada el uso intensivo de ejecuciones y detenciones arbitrarias en Irán, en especial contra disidentes y manifestantes.

No es un rasgo secundario. La violencia exterior y la represión interna no son dos asuntos separados. Son dos caras del mismo sistema. Un gobierno que brutaliza a mujeres, estudiantes, trabajadores, periodistas y manifestantes iraníes puede también lanzar misiles contra civiles israelíes mientras se presenta como fuerza de paz.

De hecho, vive de esa contradicción.

Para muchos iraníes, este no es solo un choque geopolítico. Es un momento de claridad moral y nacional. Saben que la República Islámica no representa a Irán. Saben que sus guerras no son las guerras del pueblo iraní.

Y saben algo más. Mientras este régimen siga en el poder, ni Irán ni la región escaparán del ciclo de represión, violencia y crisis fabricadas que ha sostenido durante décadas. Cada misil lanzado al exterior, cada actor proxy armado, cada agresión cometida en nombre del régimen ha sido financiada por una población condenada a cargar con inflación, corrupción, miedo, aislamiento y generaciones robadas.

Por eso resulta tan ofensivo que el régimen use el lenguaje de la paz como arma.

El pueblo iraní entiende que esta no es una guerra contra Irán, sino una confrontación con la República Islámica, el régimen que mantiene secuestrado al país desde hace más de 46 años. Muchos iraníes ven que las acciones dirigidas a desmontar su maquinaria militar y represiva no apuntan contra la nación, sino contra el sistema que la oprimió, la aisló y la puso en peligro durante décadas.

Por eso, muchos miran las acciones de Israel y de Estados Unidos con gratitud y esperanza. Su temor no es que el régimen sea confrontado con demasiada dureza. Es otro. Que el mundo vuelva a detenerse antes de cerrar el ciclo y deje a los mismos gobernantes en pie, listos para seguir con ejecuciones, represión, agresión regional y destrucción.

El deseo de paz del pueblo iraní no debe confundirse con tolerancia hacia el régimen que le negó paz, libertad y dignidad durante casi medio siglo.

Dentro de Irán y en la diáspora crece el reconocimiento de una evidencia incómoda: el país no puede sobrevivir indefinidamente bajo un régimen que convirtió el militarismo, el extremismo ideológico y la represión interna en los cimientos del Estado. Y, a medida que esa conciencia se expande, también crece la exigencia de una alternativa nacional creíble y de unidad entre quienes buscan un futuro democrático.

Esa exigencia ya no es abstracta. Es urgente.

El régimen es más débil de lo que pretende mostrar, pero también más peligroso de lo que muchos quieren admitir. Los sistemas autoritarios suelen volverse más temerarios cuando se sienten cercados. Y hoy la República Islámica está cercada: bajo presión militar, tensionada en lo económico, expuesta en lo diplomático y profundamente impopular en casa.

Nada de eso la volvió humana. Nada de eso la volvió pacífica. La volvió más desesperada. Y por eso, más dispuesta a matar.

En ese contexto, la posición de Israel exige claridad moral, no evasivas.

Israel no enfrenta una amenaza hipotética. Defiende a su población de un régimen ideológico que pasó décadas prometiendo destrucción y que ahora cumple esa promesa con una franqueza cada vez mayor. Ninguna nación soberana puede recibir fuego de misiles sobre sus ciudades y fingir que solo presencia otra fase de “tensión regional”.

Esto es guerra.

E Israel tiene el derecho y también la obligación de defender a sus civiles y de desmantelar la maquinaria dirigida contra ellos.

Lo mismo vale para Estados Unidos.

La administración Trump ha presentado su objetivo actual como impedir que el régimen conserve su amenaza misilística, reconstruya su capacidad militar y preserve la infraestructura que sostiene su capacidad para hacer la guerra. La Casa Blanca ha descrito de forma reiterada la campaña como un esfuerzo centrado en destruir las capacidades misilísticas, navales y militar-industriales de Irán, y en impedir que el régimen obtenga un arma nuclear.

Más allá de las posiciones políticas, hay un hecho difícil de esquivar. Regímenes como la República Islámica no se moderan porque se les conceda margen. No se vuelven pacíficos porque reciban más tiempo o más ambigüedad diplomática. Se detienen cuando enfrentan consecuencias reales.

Esa es la lección de este momento.

Durante demasiado tiempo, la República Islámica se benefició de la renuencia global a llamar a las cosas por su nombre. Al terror se lo llamó “influencia”. A la expansión de misiles, “capacidad de negociación”. A la guerra por intermediarios, “estrategia regional”. La represión interna quedó reducida a asunto doméstico. Incluso ahora, mientras los civiles israelíes corren a los refugios y los iraníes siguen atrapados bajo un régimen violento, demasiados siguen buscando palabras más suaves.

No debería haberlas.

La República Islámica no es una fuerza de estabilidad. No es un actor incomprendido que busque dignidad o equilibrio. Es un régimen revolucionario construido sobre la violencia: violencia contra los israelíes, contra sus vecinos y contra su propio pueblo.

Su consigna puede decir “No a la guerra”. Pero sus misiles, sus prisiones y su historia dicen otra cosa.

Y el mundo debería, al fin, creer lo que las víctimas supieron desde el principio.

Sobre el autor: Negar Karamati es periodista, antigua editora de noticias en lengua persa y presentadora especializada en temas jurídicos. Escribe sobre cuestiones políticas y sociales de Irán, entre ellas los derechos de la mujer y las minorías religiosas del país, en particular la comunidad bahá’í.
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