El programa antimisiles de Washington amplió su ambición y su costo, pero aún discute la arquitectura básica y no alinea misión, calendario ni gasto.
La orden ejecutiva amplió la misión sobre una base previa costosa
Aunque Washington situó el Golden Dome en el centro de su política de defensa, con una etiqueta pública de 175.000 millones y una arquitectura objetivo que después subió a 185.000 millones, el proyecto llegó a su segundo año con la base del sistema todavía en debate y con gran parte del primer tramo de recursos sin ejecución amplia. Su obstáculo principal, por eso, nace de una ecuación presupuestaria todavía sin resolver.
Cuando la Casa Blanca firmó la orden ejecutiva del 27 de enero de 2025, no pidió una mejora acotada del escudo existente, sino un plan en sesenta días para defender el territorio estadounidense frente a misiles balísticos, hipersónicos y de crucero avanzados. El mandato exigió acelerar la capa HBTSS, desplegar interceptores espaciales proliferados, ampliar la Proliferated Warfighter Space Architecture, sumar capacidades previas al lanzamiento y capas terminales, y presentar un plan de financiación.
Como ese mandato cayó sobre una infraestructura previa y no sobre un folio en blanco, Golden Dome debe absorber programas ya caros. La defensa continental ya descansa en el sistema GMD, con interceptores en Fort Greely y Vandenberg, sensores, centros de mando y un radar de discriminación en Alaska. Además, existen prototipos HBTSS, satélites Tranche 0 y 54 satélites de la Tranche 2 con lanzamiento previsto hasta abril de 2027.
Las cifras chocan porque la misión cambia el costo del sistema entero

Si se comparan los montos que acompañan al programa, aparece una brecha que no cabe en un matiz contable. La presentación política de mayo de 2025 habló de 175.000 millones; en marzo de 2026 la dirección elevó la arquitectura objetivo a 185.000 millones para acelerar componentes espaciales; ese mismo año, la Oficina Presupuestaria del Congreso calculó que una constelación de interceptores espaciales durante veinte años podía costar entre 161.000 y 542.000 millones según la alternativa examinada.
Como la fase de impulso de un misil balístico dura entre uno y cinco minutos, la defensa necesita vigilancia continua del globo desde órbitas bajas. La Oficina Presupuestaria del Congreso recordó que incluso una defensa mínima exigiría cientos o miles de interceptores orbitales. También mostró que treinta segundos extra antes de abrir fuego podían duplicar la constelación, de 1.000 a 2.000 unidades, y que el lanzamiento queda por debajo del diez por ciento del costo total.
Después del primer impulso político, un paquete extraordinario reservó entre 25.000 y 27.000 millones para el arranque, pero meses después el Pentágono aún retenía gran parte de ese dinero porque el debate sobre la arquitectura seguía abierto. A comienzos de 2026 el programa esperaba decisiones clave antes de liberar recursos. Pocas semanas después, la dirección añadió 10.000 millones para acelerar la Advanced Missile Tracking Initiative, una red espacial de datos y el HBTSS.
Claves presupuestarias que explican la escala del problema
- La presentación política de mayo de 2025 fijó una cifra pública de 175.000 millones.
- En marzo de 2026, la arquitectura objetivo subió a 185.000 millones para acelerar componentes espaciales.
- La Oficina Presupuestaria del Congreso calculó un rango de 161.000 a 542.000 millones para veinte años.
- Treinta segundos extra antes de abrir fuego pueden elevar una constelación de 1.000 a 2.000 interceptores.
- Con los precios actuales, el lanzamiento aporta menos del diez por ciento del costo total.
El gasto recurrente condiciona un escudo todavía sin forma final clara

Aunque el debate suele fijarse en satélites e interceptores, Golden Dome hereda un problema clásico: la suma de capas produce gasto recurrente antes de ofrecer cobertura completa. La GAO recordó que la Missile Defense Agency recibió más de 174.000 millones entre 2002 y 2021 y planeaba otros 38.000 millones hasta el año fiscal 2025 para sostener el sistema ya existente. Sobre esa base, el nuevo programa compra integración, reposición orbital, pruebas y cadenas de suministro.
Como la dirección del programa identifica a los interceptores espaciales como el elemento de mayor riesgo, su apuesta por inteligencia artificial y energía dirigida busca reducir el costo por intercepción. Esa decisión confirma el diagnóstico central: el programa necesita abaratar cada respuesta operativa, no solo el contrato inicial. Además, cada ampliación de la misión, desde el territorio continental hasta el espacio y desde amenazas limitadas hasta adversarios pares, multiplica satélites, enlaces, centros de mando e interceptores.
En abril de 2026, el estado verificable del proyecto volvió a mostrar la tensión entre ambición y recursos. El presupuesto de 2027 priorizó otra vez sensores e interceptores espaciales, capacidades cinéticas y no cinéticas y una defensa en capas. Sin embargo, la factura total, el ritmo de ejecución, la arquitectura definitiva y la forma final del sistema seguían todavía abiertos, de modo que el gasto volvió al centro del debate.
Por eso, el mayor reto del Golden Dome no reside en escoger contratistas o probar un radar en Alaska. Su dificultad central consiste en pagar un sistema que quiso abarcar el territorio continental y el espacio, la alerta temprana y la destrucción en fase de impulso, así como amenazas limitadas y adversarios pares. Cada ampliación de misión multiplica satélites, enlaces, centros de mando e interceptores antes de fijar la arquitectura definitiva.