Yaakov Agam, el artista israelí más conocido a nivel internacional y una de las figuras decisivas del arte cinético del siglo XX, murió hoy a los 98 años. Su trayectoria, desarrollada durante más de seis décadas entre Israel, Europa y Estados Unidos, lo convirtió en un creador de prestigio excepcional dentro de la escena artística moderna.
El reconocimiento estatal llegó tarde: solo el año pasado, cuando tenía 97 años, recibió el Premio Israel por sus logros artísticos internacionales. La distinción cerró una deuda simbólica con un artista cuya obra había marcado museos, espacios públicos y colecciones de primer nivel mucho antes de obtener ese homenaje oficial.
Yaakov Agam transformó el arte israelí moderno al integrar movimiento, tiempo y cambio visual en obras que dependen de la mirada y el desplazamiento del espectador.
Un lenguaje visual basado en movimiento, color y transformación
Nacido en 1928 en Rishón LeZión, en una familia religiosa numerosa, Agam es considerado el principal pionero del arte cinético. Esta corriente, desarrollada en la segunda mitad del siglo XX, buscó romper con la idea de la obra fija e incorporar el movimiento, el cambio y el tiempo como elementos inseparables de la creación artística.
Agam desafió la estaticidad de la obra de arte y propuso un “presente en devenir”, según su propio lenguaje pictórico y cabalístico. En su obra no existe un único punto de vista ni una imagen definitiva: el espectador completa la pieza al moverse frente a ella y descubrir nuevas combinaciones visuales.
Su formación comenzó en 1948 en la Escuela Bezalel de Jerusalén y continuó en Europa, donde estudió con Johannes Itten, uno de los principales profesores vinculados a la Bauhaus. La espiritualidad recibida en el hogar de su padre, rabino y cabalista, se fusionó con principios modernistas de color, forma y composición para crear un lenguaje visual propio.
En sus composiciones geométricas, Agam otorgó a los colores una expresión rítmica, vibrante y cambiante. Esa lógica también se extendió a su escultura geométrico-arquitectónica, donde el público podía modificar la percepción de la obra al desplazarse e incluso, en algunos casos, al interactuar con partes móviles de la pieza.
París, los grandes museos y el desarrollo del agamógrafo
Aunque mantuvo una relación constante con Israel, Agam pasó la mayor parte de su vida adulta en París, donde se integró en la escena artística internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su gran salto llegó con una exposición individual presentada en 1953, que abrió el camino a una proyección global.
Desde entonces, sus obras fueron exhibidas en instituciones como el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el MoMA, el Museo Solomon R. Guggenheim y el Centro Pompidou. El “Salón Agam”, creado en 1974, se convirtió en uno de los entornos artísticos más identificados con la colección permanente del centro parisino.
A partir de la década de 1970, Agam amplió su producción hacia relieves, grabados y entornos arquitectónicos que generaban una sensación constante de movimiento de color y forma. En esa etapa desarrolló el agamógrafo, una técnica de impresión en relieve que cambia según el ángulo de visión.
Con el paso del tiempo incorporó motivos judíos y sionistas, además de imágenes figurativas de líderes como Theodor Herzl y David Ben-Gurión. También creó objetos decorativos y rituales, entre ellos libros bíblicos, copas de kidush y rollos de Ester coloridos, una faceta que generó críticas por su dimensión comercial, aunque no anuló el valor pionero de sus primeras investigaciones visuales.
Obras públicas, la fuente de Dizengoff y el Museo Yaakov Agam
La fama internacional de Agam derivó en numerosos encargos para espacios públicos de alto perfil, desde el Palacio del Elíseo en París hasta la Casa Blanca en Washington, además de proyectos en La Défense, Nueva York, Miami y Tokio. En Israel, sus obras quedaron asociadas a la Residencia Presidencial, la fachada del Hotel Dan de Tel Aviv y otros espacios urbanos relevantes.
Su creación más popular en Israel fue la fuente “Fuego y Agua” de la plaza Dizengoff, en Tel Aviv, convertida durante décadas en uno de los símbolos visuales de la ciudad. En los últimos años, la restauración de sus paneles de colores generó una disputa entre el artista y el Ayuntamiento, y la fuente permanece sin recuperar plenamente su aspecto original.
En 2018 se inauguró en Rishón LeZión el Museo Yaakov Agam, dedicado por completo a su obra. El proyecto incluyó inicialmente un espacio residencial pensado para el artista, en línea con su visión de que el museo también podía funcionar como una extensión de su hogar creativo.
Con su muerte se cierra uno de los capítulos más singulares del arte israelí moderno: el de un creador que salió de Rishón LeZión hacia París y Nueva York, y dejó una huella tangible en el lenguaje visual del siglo XX. Su obra, centrada en el movimiento, el tiempo y la transformación, seguirá presente en museos, espacios públicos y en la memoria cultural de Israel.