De forma discreta, sin grandes titulares ni preparación previa de la opinión pública ante los acontecimientos en el escenario libanés, Israel firmó un acuerdo con el Líbano. El acuerdo en cuestión es una medida estratégica cuya importancia se comprenderá con mayor claridad dentro de algunos años.
Su importancia inmediata radica, sobre todo, en que modifica algunas de las ecuaciones que acompañaron a Israel durante décadas. Precisamente por eso, el debate sobre si Hezbolá se desarmará ahora y si el ejército libanés logrará hacer cumplir el acuerdo pasa por alto lo esencial. Son preguntas importantes, pero no constituyen el núcleo del asunto.
Quien quiera comprender este acuerdo debe mirar primero hacia Teherán. Durante años, el régimen iraní construyó un frente chií unificado, un eje estratégico que se extiende desde Irán, pasa por sus aliados regionales y llega hasta la frontera norte de Israel. Hezbolá no es una organización terrorista más dentro de ese entramado: es un activo estratégico de primer orden para Irán. En la práctica, forma parte del régimen de los ayatolás.
Al comprender esto, también se entiende por qué Teherán insiste en vincular la cuestión iraní con el escenario libanés casi a cualquier precio. El Líbano fue la trampa que Irán tendió a Estados Unidos, y en ella también quedó arrastrado Israel contra su voluntad. El acuerdo actual empieza a desmontar esa trampa y, por primera vez, crea una situación en la que Israel, Estados Unidos y el Estado libanés se encuentran del mismo lado, mientras que Irán y Hezbolá quedan situados en el lado opuesto. Se trata de un cambio estratégico que habría sido difícil imaginar hace apenas unas semanas.
No menos importante es que este acuerdo marca el colapso definitivo de la concepción de “territorios a cambio de paz” asociada a los Acuerdos de Oslo. Durante décadas, Israel se acostumbró a que los acuerdos políticos se alcanzaran mediante concesiones, retiradas territoriales y el pago de un precio territorial. Esta vez, Israel mantiene la franja de seguridad mientras persista la amenaza de Hezbolá y actúa desde ella contra cualquier amenaza, con el respaldo de la superpotencia estadounidense y, más importante aún, con el consentimiento del Líbano, “el país ocupado”, que en la práctica pide a Israel ayuda para liberarse de una amenaza islamista chií radical.
Este es el resultado de un acuerdo alcanzado desde una posición de fuerza. Israel llega a esta negociación con ventaja, después de traducir sus logros en el campo de batalla en logros políticos. El logro es significativo también por su momento y por el contraste que plantea frente a la visión expresada en el memorándum estadounidense con Irán y sus pobres resultados políticos.
Considero que el acuerdo entre Israel y el Líbano también conducirá a un cambio en la percepción estadounidense respecto a Irán después de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, y que tendrá relevancia en la definición de quién encabezará al Partido Republicano en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses. Es un mensaje claro para el Líbano y también para Irán y para cualquiera que observe a Israel: las reglas del juego cambiaron. Por encima de todo, Israel no renuncia a la lección más importante que aprendió en carne propia el 7 de octubre: el Estado de Israel es el único responsable de su seguridad.
Quien observe este acuerdo solo desde la perspectiva del desarme de Hezbolá probablemente se sentirá decepcionado. Yo tampoco creo que Hezbolá deponga las armas por voluntad propia, ni considero que el ejército libanés vaya a derrotarlo. Del mismo modo, el régimen iraní no renunciará a sus aspiraciones de destruir a Israel ni a su programa nuclear.
Por eso, las Fuerzas de Defensa de Israel seguirán actuando en el Líbano, e Israel seguirá actuando frente a Irán y empleando la fuerza en cualquier lugar donde surja una amenaza. Ese es precisamente el punto: este acuerdo no sustituye la acción militar, sino que la complementa. Amplía la legitimidad para actuar contra Hezbolá y abre una brecha entre el Estado libanés y el eje chií liderado por Irán. Por eso tampoco sorprende la ira con la que el acuerdo fue recibido entre la Guardia Revolucionaria y Hezbolá. A veces, la reacción del enemigo es el mejor indicador para entender si una medida es buena o mala para los judíos.
Han pasado mil días desde el 7 de octubre. Israel pagó un precio alto, pero también produjo un cambio profundo en la forma en que concibe su seguridad y su lugar en Oriente Medio. Hoy ya está claro que Israel reacciona ante la realidad y también la moldea. Su concepción de seguridad cambió y se liberó de la idea de “territorios a cambio de paz” y de la premisa de que la calma superficial equivale a seguridad real.
El acuerdo con el Líbano forma parte de ese cambio. No pone fin a la campaña contra Irán y Hezbolá, ni constituye la última palabra, pero sí representa otro paso en el desmantelamiento de las ecuaciones que Irán construyó durante cinco décadas, en el fortalecimiento de la posición estratégica de Israel y en la reconfiguración de Oriente Medio. A veces, para comprender el significado de un movimiento histórico, hay que dejar de mirar solo la batalla del día y observar la campaña completa.