¿Qué hace una cisterna antigua llena de huesos pequeños? Esa fue la pregunta que se abrió en Tel Azekah, un sitio bíblico excavado por arqueólogos israelíes. Al principio parecía un hallazgo más. Luego apareció la imagen inquietante: un depósito de casi dos metros de profundidad con restos humanos diminutos. Demasiados. Todo indicaba lo mismo: eran niños.
El profesor Oded Lipschits, de la Universidad de Tel Aviv, y su equipo llevaban unos dos años trabajando en el lugar cuando, en 2013, dieron con la estructura. En el fondo encontraron lo esperable en un antiguo depósito de agua: vasijas de cerámica usadas para sacar agua. Pero más arriba, cerca de la superficie, apareció otra cosa. Cientos de huesos humanos pequeños.
“Excavamos con mucho cuidado y muy despacio, recogimos cada fragmento de hueso y cada objeto, documentamos cada centímetro del área, pero en realidad no entendíamos qué habíamos encontrado”, contó Lipschits. “Me llevó varios años reunir el valor suficiente para investigar este hallazgo”.
Tel Azekah está en la Sefelá, a unos 30 kilómetros al suroeste de Jerusalén. El sitio conserva rastros de ocupación durante miles de años, desde la Edad del Bronce Temprano, hace unos 3.500 años. También aparece en la Biblia como escenario de la batalla entre David y Goliat.
El hallazgo quedó en pausa. Había otras excavaciones menos perturbadoras y más urgentes. El equipo no volvió a estudiar el depósito de huesos hasta 2020. Tras varios años de trabajo, la fosa fue presentada al público por primera vez en un estudio publicado a finales del mes pasado en Palestine Exploration Quarterly.
Los autores calcularon un mínimo de 68 y un máximo de 89 individuos. El 90 por ciento tenía menos de cinco años. El 70 por ciento, menos de dos. Los cuerpos fueron depositados allí durante unos cien años, entre los siglos VI y V a. C., al comienzo del período persa, cuando Tel Azekah era una ciudad judía.
Para Lipschits, la fosa común de bebés, la primera de este tipo hallada en Israel, abre una ventana inédita sobre cómo podían tratarse los entierros de niños pequeños. Por su edad y por la alta mortalidad, quizá no se los consideraba aptos para una tumba individual.
“Los arqueólogos que han excavado cementerios de la Edad del Hierro y del período persa generalmente no han encontrado bebés”, señaló. “Ahora, tal vez hayamos encontrado la solución”.
Hila May, experta en Anatomía y Antropología de la misma universidad y coautora del trabajo, dijo que nunca había visto tantos cuerpos juntos en un mismo contexto. El cálculo se hizo contando huesos y midiendo su tamaño. No era sencillo. Los restos no conservaban esqueletos completos ni parciales.
La dispersión, explicó May, no resulta extraña. Incluso en tumbas más ordenadas los huesos pueden desarticularse, y más todavía en niños pequeños, cuyos esqueletos contienen más cartílago. Esa fragilidad deja pocas certezas. También deja preguntas.
Cuando le preguntaron por la causa de la muerte, May fue directa: los huesos no la revelan. Una fosa común puede responder a muchas razones. Una enfermedad, por ejemplo. Pero aquí esa hipótesis pierde fuerza, porque el pozo se usó durante un siglo. No parece el rastro de una sola catástrofe.
Tampoco cree que se trate de una masacre o de muertes violentas. Eso, dijo, habría dejado señales en al menos parte de los restos. Lipschits y May coinciden en otra explicación: la mortalidad infantil era altísima y cualquier resfriado o herida podía ser fatal.
Lipschits sostuvo que la Biblia, junto con fuentes y hallazgos de otras culturas antiguas, sugiere que los niños que aún no habían sido destetados no eran vistos como personas completas. La razón, cree, era brutal y simple: sus probabilidades de sobrevivir eran bajas. “Cuatro o cinco niños de cada siete morían antes de cumplir cuatro años”, dijo.
Eso no significa, aclaró, que los padres no los quisieran. Recordó el pasaje bíblico de Ana, la madre de Samuel. Después de pedir un hijo y dar a luz, lo conserva con ella hasta destetarlo. Solo entonces, tras una celebración, lo lleva al santuario de Shiloh. Antes no. Todavía no tenía identidad propia.
Lipschits añadió que en la antigüedad la lactancia se extendía mucho más que hoy. Amamantar hasta los tres años no era raro. También mencionó otro episodio bíblico: Abraham organiza una gran celebración cuando Isaac es destetado. Ese momento marcaba un umbral.
El arqueólogo rechazó además la idea de un sacrificio humano. En esas prácticas, comunes entre fenicios y otros pueblos, los huesos solían aparecer quemados y depositados en vasijas. Aquí ocurrió lo contrario. Los cuerpos fueron colocados intactos. May coincidió: ese tipo de rito dejaba entierros más elaborados, no un simple depósito.
Pese a los misterios, la datación del hallazgo parece firme. Según Lipschits, la cisterna se usó desde la Edad del Bronce Medio, hacia mediados del segundo milenio a. C., hasta el final de la Edad del Hierro. En el fondo hallaron medio metro de recipientes rotos de ese último período. Una señal clara: dejó de limpiarse y dejó de usarse.
Sobre esa cerámica apareció una capa de unos 20 centímetros de tierra. Eso sugiere que la estructura quedó abandonada durante varias décadas. Encima de ese nivel, los arqueólogos encontraron dos metros de materiales del período persa: huesos, cerámica, objetos de piedra y joyas. Más tarde, en el período helenístico, la cisterna quedó sellada.
Lipschits dijo que también recurrieron a la datación por radiocarbono. El resultado confirmó lo que ya indicaban la cerámica y la estratigrafía. Para él, además, no hay dudas sobre la identidad del asentamiento en esa época: era judío.
“La cultura material es muy similar a la de Jerusalén”, explicó. El equipo ha descubierto casas, instalaciones agrícolas, huesos de animales y otros restos del período persa. Todo apunta a una vida cotidiana estable en el lugar.
En 586 a. C., los babilonios conquistaron Judá y destruyeron Jerusalén y el Primer Templo. La Biblia dice que los sobrevivientes fueron llevados al exilio. Pero Lipschits sostuvo que hoy se sabe que la mayoría de los judíos siguió viviendo en Judá. Cree que los habitantes de Tel Azekah formaban parte de esa continuidad.
May prefiere no cerrar esa discusión todavía. Dice que solo el ADN podrá ofrecer una respuesta concluyente sobre la etnia de los cuerpos. Varios laboratorios, dentro y fuera de Israel, ya cuentan con muestras de distintas poblaciones antiguas. Eso permitirá comparar y afinar el origen de los individuos.
Extraer ADN de restos antiguos en Israel fue durante mucho tiempo una tarea difícil por el clima y el deterioro de los huesos. Pero la tecnología cambió el panorama. En Tel Azekah, los investigadores ya lograron obtener ADN de varios individuos. No precisan aún cuántos, aunque hablan de un número considerable.
Las preguntas pendientes son muchas. Quieren saber el sexo de los niños, si pertenecían a una misma familia extensa y qué relación guardaban con los pocos adultos hallados en la cisterna. También estudian si esos adultos eran parientes o si pertenecían a otro grupo, quizá enterrado allí como marca de menor estatus.
Para Lipschits, el hallazgo no resuelve el misterio. Apenas lo abre. “Tenemos un misterio sobre qué pasaba con los bebés que morían en la Edad del Hierro, y desde mi punto de vista, esto es solo el comienzo de una nueva investigación”, dijo. Ahora, agregó, arqueólogos, antropólogos y estudiosos de la Biblia pueden seguir tirando de ese hilo.
Mientras tanto, el equipo de Tel Azekah busca el cementerio del resto de la población del período persa. Los entierros, recordó Lipschits, suelen aparecer fuera de los asentamientos. Por eso ampliaron el área de investigación. La cisterna ya habló. Falta escuchar lo que queda alrededor.