Israel no enfrenta por ahora una escasez de crudo ni de productos derivados del petróleo, pese a la turbulencia del mercado y al cierre efectivo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, según expertos del sector energético. El impacto más inmediato llegará a los consumidores: el precio de la gasolina regulada por el Estado subirá el próximo mes.
Amit Mor, director ejecutivo de Eco Energy y profesor titular de la Universidad Reichman, afirmó el domingo que el país conserva reservas estratégicas y comerciales sólidas. Esas existencias, indicó, están en línea con la recomendación de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que plantea almacenar al menos tres meses de combustible.
Mor calculó que el precio de la gasolina aumentará en NIS 1 por litro, equivalente a 1.21 dólares por galón. Ante ese escenario, el Ministerio de Finanzas estudia, según informes, reducir en NIS 0.5 por litro el impuesto al combustible para impedir que el precio supere la barrera de NIS 8 por litro, o 9.69 dólares por galón. La medida apunta a contener la inflación.
Desde el inicio de los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra el régimen iraní, el 28 de febrero, la actividad de los buques petroleros cerca de Israel cayó con fuerza. Datos en tiempo real del portal de tráfico marítimo Marine Traffic muestran un movimiento mínimo en las inmediaciones de los puertos de Haifa, Ashdod y Ashkelon.
La terminal de la estatal Europe Asia Pipeline Company en Eilat sigue sin actividad después de los ataques hutíes lanzados desde Yemen durante la guerra de Gaza. A esa parálisis se suman las afectaciones en infraestructura crítica dentro del país.
En Haifa, la refinería Bazan, que ya había sido alcanzada dos veces en junio, sufrió el jueves daños menores por fragmentos de interceptación de misiles. La compañía comunicó el lunes a la Bolsa de Tel Aviv que su infraestructura está en fase de reinicio y que tanto los daños físicos como la pérdida de beneficios serán insignificantes.
La guerra también elevó con fuerza la demanda energética. Mor destacó el volumen de combustible que exige la campaña aérea contra el régimen iraní. Según explicó, un solo vuelo de ida y vuelta de un caza hacia Irán consume entre 12,000 y 24,000 litros de combustible, es decir entre 3,170 y 6,340 galones. Esa cifra equivale al consumo de una o dos décadas de un conductor promedio de automóvil.
La presión sobre el sistema energético aumentó aún más con la salida temporal de dos de las tres plataformas de gas natural. Esa situación obligó a las centrales eléctricas a operar con diésel y carbón. Aunque esas fuentes de respaldo garantizan el suministro eléctrico, su costo es mucho más alto.
Mor sostuvo que el diésel cuesta 20 veces más que el gas natural, mientras que el carbón duplica o triplica ese valor. El cambio también agrava el impacto ambiental, ya que eleva las emisiones de dióxido de carbono, óxidos de nitrógeno y material particulado. Ese aumento añade riesgos para la salud respiratoria de la población israelí.
Ni el Ministerio de Energía ni el operador de red NOGA han ofrecido detalles concretos sobre el estado del suministro. Ambos organismos evitaron divulgar información específica por las restricciones propias del tiempo de guerra.
En paralelo, los especialistas ya proyectan las consecuencias de un conflicto más prolongado. Yigal Newman, profesor de la Universidad Hebrea, señaló que el consumo diario de Israel, estimado en 200,000 barriles, representa una porción reducida frente al mercado mundial de 100 millones de barriles al día. Aun así, advirtió que una guerra extensa podría empujar los precios a aumentos mucho más severos.
Mor planteó que la principal lección de esta guerra pasa por descentralizar la producción energética. A su juicio, una expansión de la energía solar permitiría a Israel avanzar hacia un modelo con decenas de miles de productores individuales, lo que dificultaría que un enemigo dejara fuera de servicio toda la red eléctrica nacional.
