El fin de semana marcó una escalada y reabrió la disputa por petróleo; expropiaciones, sanciones y deterioro operativo explican el declive prolongado de PDVSA.
Operación de Estados Unidos y la reaparición de “petróleo robado”
Los acontecimientos del fin de semana en Venezuela renovaron la atención mundial sobre un país que, en teoría, debería figurar entre las grandes potencias energéticas. Posee las mayores reservas probadas de petróleo, aunque su industria acumula dos décadas de declive. Para explicar ese contraste conviene ir más allá de los titulares y revisar decisiones técnicas, legales y políticas que, durante años, desmantelaron una de las piedras angulares del sistema petrolero mundial.
Estados Unidos confirmó que Nicolás Maduro se encuentra bajo custodia estadounidense tras una operación militar dentro de Venezuela. El presidente Trump anunció públicamente la operación, y el vicepresidente JD Vance afirmó que la administración ofreció múltiples salidas, aunque mantuvo dos condiciones firmes: que el narcotráfico debe detenerse y que lo que definió como petróleo robado debe regresar a Estados Unidos sin condiciones adicionales.
Esa frase remite a una disputa prolongada y con consecuencias profundas sobre la industria petrolera venezolana. la guerra ayuda a explicar por qué un país con las mayores reservas de crudo del mundo acumula más de una década de colapso económico, y por qué la energía conserva un lugar central en su importancia geopolítica. El trasfondo energético, por tanto, enmarca la lectura de cualquier giro político que afecte a Venezuela.
Entender el alcance del episodio exige colocar en contexto la estructura real del sector. La industria venezolana sostiene reservas enormes, aunque depende de procesos y apoyos que no siempre aparecen en la discusión pública. La referencia a petróleo robado reabre, además, debates legales y comerciales que involucran arbitrajes internacionales y disputas con compañías que operaron en el país. Ese legado define expectativas, riesgos y la interpretación de futuros pasos.
Puntos clave del episodio y su impacto petrolero
- Estados Unidos ubicó a Nicolás Maduro bajo custodia tras una operación dentro de Venezuela.
- Donald Trump anunció la operación y JD Vance fijó dos condiciones: frenar el narcotráfico y devolver petróleo que calificó como robado.
- La frase petróleo robado retoma disputas de expropiaciones y laudos no pagados.
- La energía permanece en el centro de la importancia geopolítica de Venezuela.
Reservas récord y límites físicos del crudo de la Faja del Orinoco
Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, Venezuela posee aproximadamente 303.000 millones de barriles de reservas probadas de crudo, el mayor total mundial. Esa cifra, sin embargo, oculta una realidad decisiva: gran parte corresponde a crudo ultrapesado concentrado en la Faja del Orinoco. Se trata de un petróleo denso y viscoso que presenta dificultades de transporte y requiere tratamientos previos antes de llegar a las refinerías con volúmenes sostenibles.
Producir ese crudo a escala exige calor, dilución con hidrocarburos más livianos y mejoramiento en instalaciones especializadas antes del refinado. Ese nivel adicional de procesamiento eleva el umbral de rentabilidad y obliga a operar con precios del petróleo más altos. Durante décadas, asociaciones con compañías estadounidenses y europeas aportaron tecnología, capital y pericia operativa para sostener un sistema complejo donde cada eslabón condiciona el siguiente.
Ese entramado no sobrevivió a la década de 2000. Aunque Venezuela había nacionalizado su industria en los años setenta, a comienzos de los dos mil, bajo Hugo Chávez, el país superó el modelo previo y lanzó una ola de expropiaciones que transformó el sector. Operadores extranjeros aceptaron posiciones minoritarias junto a PDVSA o enfrentaron la incautación directa de activos que resultaban estratégicos para la cadena.
Empresas estadounidenses de peso, como ExxonMobil y ConocoPhillips, abandonaron el país y recurrieron al arbitraje internacional por expropiaciones sin compensación. Tribunales internacionales concedieron miles de millones de dólares en laudos que Venezuela, en gran medida, no pagó. Ese periodo asentó el lenguaje de petróleo robado que ahora reaparece en la comunicación política estadounidense y ordena parte del debate actual sobre el sector.
PDVSA tras expropiaciones, sanciones y el freno de la producción de crudo
Las consecuencias resultaron graves. PDVSA perdió acceso a capital extranjero y soporte técnico, y numerosos ingenieros cualificados salieron del país. Las plantas de mejoramiento y los oleoductos entraron en deterioro acelerado. La producción cayó de forma constante y pasó de superar 3 millones de barriles diarios antes de las expropiaciones a quedar por debajo de 1 millón de barriles por día en los últimos años, con un impacto directo sobre exportaciones y finanzas.
Cuando Nicolás Maduro asumió la presidencia en 2013, el sector ya mostraba un declive estructural. La corrupción, la mala gestión y las sanciones estadounidenses durante su mandato restringieron aún más la producción y las exportaciones. Mantener el petróleo pesado exige reinversión constante, suministro eléctrico fiable y acceso continuo a diluyentes, muchos con origen histórico en la Costa del Golfo de Estados Unidos. Sin esos insumos, y sin precios lo bastante altos, los sistemas fallan con rapidez.
Tras la salida de socios extranjeros, PDVSA perdió capacidad para sostener el ecosistema complejo. La extracción con asistencia de vapor se estancó, la capacidad de mejoramiento se deterioró y campos que requerían mantenimiento continuo quedaron inactivos. Incluso cuando los precios del petróleo se recuperaron a nivel global, Venezuela no logró capitalizar esa ventana para levantar volúmenes, reestablecer confiabilidad operativa y reordenar flujos de exportación.
Funcionarios estadounidenses sostuvieron durante años que el sector petrolero de Venezuela terminó entrelazado con la evasión de sanciones, redes de transporte ilícitas y actividad criminal. En los últimos años, las exportaciones circularon cada vez más por intermediarios bajo presión de sanciones. Con Maduro ahora bajo custodia estadounidense, el futuro petrolero del país entra en incertidumbre. Un gobierno de transición podría volver a involucrar a operadores, reabrir arbitrajes y reconstruir marcos contractuales, aunque una recuperación rápida luce improbable.
