Durante décadas, una ideología extremista y sofisticada se ha filtrado desde los salones de mezquitas y los sótanos de movimientos islamistas hasta el corazón mismo de las instituciones educativas del mundo occidental. Uno de los principales escenarios de esta lucha –a menudo invisible a simple vista– es el ámbito académico estadounidense, donde el dinero proveniente de Catar ha logrado adquirir una influencia sin precedentes.
Un nuevo informe del Instituto para el Estudio de la Antisemitismo Global y de Políticas Públicas revela cómo un proceso silencioso, pero persistente de financiación, reclutamiento y orientación ideológica ha penetrado en las aulas universitarias y también en los centros donde se toman decisiones de política exterior en Estados Unidos, siendo la Universidad de Georgetown su caso más emblemático.
El informe titulado “Infiltración extranjera: la Universidad de Georgetown, Catar y los Hermanos Musulmanes” expone cómo el emirato islamista ha facilitado la entrada de ideología extremista al núcleo mismo de la élite estadounidense. Página tras página, año tras año, el documento detalla minuciosamente el funcionamiento de esta vasta operación de manipulación ideológica que se desarrolla a plena vista, pero en contra de los intereses occidentales.
“El caso de Georgetown representa lo que ocurre en muchos otros campus universitarios de Estados Unidos y del mundo occidental en general”, afirma el Dr. Charles Asher Small, fundador y director del instituto. “Detectamos financiación no reportada por valor de diez mil millones de dólares desde Catar hacia la Universidad de Cornell. Documentamos cómo los cataríes alimentaron el antisemitismo en la Universidad de Columbia. Identificamos mil trescientos millones de dólares transferidos por Catar a la Universidad de Texas A\&M, lo que motivó una votación secreta de la universidad para cancelar su colaboración con el emirato, al comprobarse que parte de esos fondos se destinó a proyectos con implicaciones militares, incluidos trece estudios de investigación nuclear con aplicaciones castrenses, lo que proporcionó a los cataríes acceso a hallazgos y capacidades altamente sensibles”.
El régimen catarí, como es sabido, mantiene buenas relaciones con Hamás, que constituye la rama palestina de los Hermanos Musulmanes y también con los talibanes y con el régimen de los ayatolás en Irán. En este contexto, la Universidad de Georgetown adquiere una importancia crucial, pues es el principal centro de formación de embajadores y diplomáticos estadounidenses. Los Hermanos Musulmanes identificaron ese valor estratégico y dirigieron su atención hacia dicha institución con plena conciencia de sus implicancias. Su objetivo era influir tanto en el ámbito académico como en el gubernamental.
Catar no inventó este método: lo perfeccionó y lo potenció hasta niveles extremos. A lo largo de décadas, grandes sumas de dinero provenientes de Arabia Saudita, Omán, Kuwait, Egipto y Jordania fluyeron hacia la Universidad de Georgetown, una institución privada de renombre que hunde sus raíces en la tradición católica. Esa financiación permitió desviar a la universidad de su trayectoria original. De hecho, junto con los fondos también se sembraron en su campus las primeras raíces del apoyo al islamismo y de un odio profundo hacia sus supuestos enemigos: Occidente e Israel.
De semillas a plantas venenosas
El Centro Príncipe Alwaleed bin Talal para la Comprensión Islámico-Cristiana se consolidó como el eje de la campaña de adoctrinamiento antiisraelí y antiestadounidense dentro del mundo académico. Fue fundado en la década de 1990 como parte de la Facultad de Política Exterior de Georgetown, y al principio estuvo financiado principalmente por el empresario palestino Hasib Sabbagh. Posteriormente, el peso financiero –y con él el control de la agenda– pasó a manos del príncipe saudí Alwaleed bin Talal, un islamista radical que llegó a declarar: “No visitaré Jerusalén ni rezaré allí mientras no sea liberada del enemigo sionista”.
Bajo un nombre edulcorado (¿quién se atrevería a oponerse al “diálogo interreligioso” entre musulmanes y cristianos?), el centro fue estructurado como una herramienta eficaz para promover la agenda de Alwaleed bin Talal y de otros actores afines. El cuerpo docente fue cuidadosamente seleccionado para representar una única línea ideológica: islamista y marcadamente antiisraelí. El dinero compró influencia, financió publicaciones académicas y formó a miles de estudiantes. Muchos de ellos continuaron su formación de posgrado y accedieron a cargos dentro del aparato gubernamental, llevándose consigo conocimientos tergiversados y posturas extremas. Así fue como las semillas del islamismo germinaron hasta convertirse en plantas venenosas. El centro se transformó en un núcleo poderoso del islamismo y del antisemitismo contemporáneo, blanqueó figuras y organizaciones que, de otro modo, habrían permanecido marginales, y demostró que los dólares producen resultados concretos.
En Catar tomaron nota del éxito y quisieron replicarlo. Las dificultades económicas que atravesaba Georgetown, sumadas a la “generosidad” catarí, dieron origen a un proyecto conjunto: el campus de Georgetown en Doha. Según los reportes presentados por la universidad al Departamento de Educación de EE. UU., desde comienzos del siglo XXI Catar transfirió más de $927 millones a la institución. Los registros financieros de Georgetown revelan además otros $146 millones provenientes del emirato que, por motivos poco claros, no fueron declarados por las autoridades universitarias, señala el Dr. Small.
Gracias a esas donaciones, Georgetown fundó en Doha la sucursal catarí de su Escuela de Política Exterior. En términos concretos, la institución más importante en la formación de diplomáticos estadounidenses quedó en manos de un régimen que promueve una ideología abiertamente antiestadounidense. Delegados cataríes y enviados de su confianza penetraron los órganos de decisión, impusieron contenidos curriculares y designaron profesores.
La oleada de antisemitismo que estalló en los campus universitarios de Estados Unidos tras la masacre del 7 de octubre no sorprendió al Dr. Small. “expusimos los fondos que la propiciaron y también el mecanismo de influencia que esos fondos activaron”, detalla. Este mecanismo, cabe señalar, es sofisticado y eficaz, y se basa en una fórmula muy simple: aprovechar los recursos financieros para moldear la conciencia colectiva de una superpotencia. Si el informe del instituto no resulta suficiente, basta recordar que entre 2012 y 2024, Catar transfirió más dinero al sistema universitario estadounidense que cualquier otro país del mundo.
“Esos montos representan únicamente lo que se ha hecho público a través de fuentes abiertas”, añade el Dr. Small. “No se puede descartar la existencia de otros canales de financiación más opacos. En todo caso, nadie discute ya el impacto devastador que el dinero catarí ha tenido sobre la educación universitaria en Estados Unidos y en el resto del mundo libre”.
Odio en el núcleo de la ideología
El que tiene el dinero, impone la agenda. ¿Quieres saber qué ideas se inculcan a los futuros diplomáticos de EE. UU.? He aquí solo un ejemplo reciente. En septiembre de 2024, el campus catarí de Georgetown organizó un evento abiertamente antiisraelí bajo el título “Reimaginar Palestina”. Los anuncios del acto en el sitio web de la universidad prometían la participación de “académicos y profesionales destacados”, y no faltaron a la verdad. En efecto, se trató de figuras relevantes, pero por sus vínculos con el terrorismo y la incitación antisemita más extrema. Entre ellos figuraban Shawan Jabarin, exalto cargo del Frente Popular para la Liberación de Palestina y actual director ejecutivo de Al-Haq, organización declarada terrorista en 2021, y Wadah Khanfar, exdirector de Al Jazeera y figura destacada de Hamás Sudán y de los Hermanos Musulmanes. Khanfar celebró la masacre del 7 de octubre y afirmó que había llegado “en el momento preciso para generar un cambio real y radical en el camino hacia la lucha y la liberación”.
Catar no se conforma con controlar su sucursal de Georgetown: también ha extendido su influencia hacia el campus principal en EE. UU. Así, por ejemplo, es el emirato quien financia los programas de posdoctorado del Centro de Estudios Árabes de la universidad, y no hace falta mucha imaginación para deducir qué tipo de “académicos” egresan de allí. No sorprende, por tanto, que en abril de este año la universidad haya concedido su Medalla Presidencial a Mozah bint Nasser, madre del emir de Catar, una mujer que elogió a Yahya Sinwar después de que fuera abatido en Gaza.
El informe también destaca otro instrumento catarí de influencia ideológica, camuflado bajo una fachada legítima: programas de becas financiados por el gobierno de Catar y otorgados a estudiantes de instituciones de educación superior de prestigio (13 en EE. UU., 3 en Australia, 4 en el Reino Unido y otros). Georgetown, hasta ahora, ha evitado informar al Departamento de Educación de EE. UU. sobre los montos específicos, pero según los autores del informe, esta universidad habría recibido más de $100 millones solo a través de ese canal.
La toma hostil de Georgetown no es más que un síntoma. “Debemos entender el problema de fondo: la lealtad espiritual del régimen catarí está con los Hermanos Musulmanes”, explica el Dr. Small. “La familia gobernante del emirato se rige por las fetuas y dictámenes religiosos de esa organización, nacida hace aproximadamente un siglo en Egipto. Esta adoptó los Protocolos de los Sabios de Sion y las ideas que condujeron al exterminio del pueblo judío durante la Shoá, y los convirtió en el centro y fundamento de su ideología. Ese antisemitismo genocida no es exclusivo de ciertos extremistas ni de una facción armada del movimiento: es la esencia misma de los Hermanos Musulmanes. Tomaron el antisemitismo europeo, incluso elementos del nazismo, y lo mezclaron con una deformación del islam. Esa es la ideología de la familia real catarí”.
¿Y esa ideología se combina con una estrategia estructurada de adoctrinamiento en los centros de poder occidentales?
“Sin duda. Catar es un país con menos de 350 mil ciudadanos. Es diminuto, pero posee una riqueza descomunal. Según nuestras estimaciones, ha canalizado miles de millones de dólares hacia la adquisición de ‘poder blando’: compra de empresas, instituciones culturales, clubes deportivos, universidades, agencias de relaciones públicas y bufetes de abogados. Todo con el objetivo de ampliar su influencia. Esta no es una estrategia empresarial: adquieren incluso negocios deficitarios si poseen un valor ideológico o cultural. Su meta es influir en Occidente. Nosotros demostramos que solo en universidades de EE. UU. invirtieron alrededor de $100 mil millones. Es una inversión ideológica. Los jóvenes en las universidades aprenden qué significa ser ciudadano y luego aplican ese aprendizaje como periodistas, profesores, líderes industriales o representantes políticos. Si influyes en las universidades, influyes en el futuro de la sociedad”.
“Esa estrategia de los Hermanos Musulmanes funciona. Socava los principios democráticos y representa un peligro real. El plan estratégico del movimiento, revelado hace cerca de cuarenta años por los servicios de inteligencia de EE. UU. y Suiza, proponía fracturar el vínculo entre Israel y las democracias occidentales para aislar, debilitar y eventualmente eliminar al Estado judío. También identificaba el antisemitismo como un medio para desintegrar a Estados Unidos desde dentro. Eso es exactamente lo que estamos presenciando hoy: el antisemitismo prolifera en Occidente como consecuencia directa de la acción de Catar al servicio de los Hermanos Musulmanes”.
Parece que Occidente, incluida EE. UU., no hace nada por enfrentar ese plan siniestro.
“Los ideólogos islamistas de los Hermanos Musulmanes comprenden Occidente. Conocen nuestra cultura, nuestras estructuras de gobierno, y esa comprensión les permite saber cómo influir. Nosotros, en cambio, no estudiamos a sus líderes espirituales, a quienes desarrollan estrategias políticas y militares a partir de teorías religiosas extremistas. Para poder responder, debemos comprender su tradición, que se ha formado a lo largo de siglos”.
Y para ello es necesario primero reconocer que Catar y su ideología son el enemigo, algo que muy pocos en Occidente están dispuestos a decir abiertamente.
“Es cierto. Espero que lo ocurrido en EE. UU. y Europa tras el 7 de octubre –esa explosión de conciencia antisemita y también antiestadounidense y antidemocrática, que irrumpió en nuestras calles y amenazó la estabilidad y el tejido social de nuestras instituciones– sirva como señal de alerta. Jóvenes marchando en apoyo a Hamás o incluso a Irán, intelectuales defendiendo al régimen iraní, personas que se autodenominan progresistas, pero respaldan a las fuerzas más oscuras. Incluso dejando de lado el componente judío o israelí, se trata de fuerzas opresivas, que violan todos los derechos humanos, discriminan a las mujeres, asesinan a homosexuales y no creen en los valores de ciudadanía ni de democracia. Y aun así, los educadores y alumnos de nuestras universidades los defienden”.
¿Es posible que Catar también esté comprando su entrada a las estructuras gubernamentales de EE. UU., como lo hizo con las universidades?
“Esa es la pregunta más importante. Sabemos que líderes de ambos partidos en EE. UU. han colaborado con el régimen catarí. Figuras cercanas al poder han mantenido y mantienen vínculos económicos sustanciales con Irán. Las democracias occidentales deben preguntarse qué consecuencias tendrá esa colaboración, a nivel internacional y también en su política interna. ¿Qué ocurrirá con quienes se alían con una ideología que abiertamente busca destruir la democracia?”.
Por otro lado, Catar es muy vulnerable. No tiene ejército y depende de EE. UU. y de Occidente.
“Estimo que, una vez que Israel concluya la guerra en Gaza, la utilidad de Catar se reducirá. Si se amplían los Acuerdos de Abraham y más países de la región –que detestan a los Hermanos Musulmanes– se suman al marco de paz con Israel, Catar quedará muy aislado. Tal vez entonces se vea obligado a romper con el movimiento, expulsar a sus miembros y cesar su adhesión espiritual a esa ideología”.
¿Es realista pensar en un escenario donde Catar se separe de la ideología que ha promovido durante tanto tiempo?
“Es una cuestión de supervivencia. Antes de hallar refugio en Catar, los Hermanos Musulmanes ya habían sido expulsados de Arabia Saudita y de Egipto. Si se ejerce suficiente presión sobre el régimen y este desea sobrevivir, no tendrá más opción que cortar lazos con ellos y expulsarlos. Pero para que eso ocurra, debe aplicarse una presión seria sobre Catar”.