“Estábamos en la habitación segura y, de repente, se oyó una explosión descomunal; luego vimos metralla ya dentro de la casa”, contó Yarin, de pie en una calle que hasta hace poco era apacible y que ahora se ofrecía como un tapiz de cristales astillados y metal hecho trizas. Su voz, más que describir, reconstruía el segundo exacto en que la normalidad se quebró.
En sus declaraciones, el vecino explicó que el proyectil —un misil iraní que logró burlar las defensas antiaéreas— cayó sobre el vecindario, mató a nueve personas e hirió a decenas más. El golpe arrasó una sinagoga y dejó un rastro de daños severos en un refugio público antiaéreo y en las viviendas próximas, como si la onda expansiva hubiera pasado página por página sobre el barrio.
“Las paredes se hicieron añicos: los vidrios, el yeso, todo. La puerta principal, simplemente, se desintegró”, añadió. El impacto en Beit Shemesh pasó a ser el episodio más letal en Israel dentro del conflicto en curso con Irán. En la guerra de doce días de junio de 2025, también se registraron nueve fallecidos: una coincidencia numérica que, en el terreno, no alivia nada.
A cierta distancia del punto alcanzado, la ciudad parecía empeñada en fingir continuidad: era domingo y en Beit Shemesh se veían niños caminando disfrazados, anticipando Purim, mientras numerosos comercios mantenían las persianas arriba. Todo ello, pese a las directrices del Comando del Frente Interno, que exigían cerrar escuelas y negocios no esenciales.
Pero bastaba acercarse para que el aire cambiara de textura. El polvo flotaba como una neblina áspera; helicópteros y drones trazaban círculos sobre la zona; el vidrio crujía bajo las suelas. En varios tramos, bloques de hormigón y metal retorcido interrumpían las aceras, como si la calle misma hubiese sido golpeada y deformada.
Los parabrisas de los autos estacionados aparecían reventados o, directamente, habían desaparecido. Y cuanto más se avanzaba hacia el epicentro, más se agravaba el panorama: casas abiertas en canal, techos arrancados por la fuerza del estallido, tejas esparcidas como cartas lanzadas al viento.
Mientras los residentes —muchos aún en pijama— vagaban con la mirada fija y el paso incierto, policías, paramédicos y tropas del Comando del Frente Interno de las FDI se desplegaron entre viviendas dañadas y derrumbadas. Pintaban señales junto a las puertas para guiar a otros rescatistas, en una imagen que evocaba, por su crudeza logística, a Kfar Aza tras la arremetida terrorista del 7 de octubre de 2023.
En una parada de autobús, varias mujeres mayores observaban en silencio, envueltas en mantas y rodeadas de equipaje, aguardando la evacuación. Más abajo, trabajadores municipales levantaban un centro de reubicación improvisado dentro de una carpa, mientras las labores de emergencia seguían su curso con una prisa ordenada.
Al otro lado de la calle, un hombre anciano permanecía frente a lo que quedaba de su casa. Un vendaje apurado dejaba filtrar sangre que manchaba el puño de su camiseta interior blanca, de manga larga. Cuando el reportero se acercó, se identificó como Yaakov.
Restó importancia a sus heridas, pero su inquietud estaba en otra parte: su hogar y su esposa. “Todo se ha ido, todo se ha ido. No se puede ni entrar”, dijo, como si repetirlo fuera la única forma de creerlo. En ese momento, una mujer con uniforme de las FDI corrió hacia él desde la calle.
“¿Papá? ¡Papá! ¿Qué está pasando? ¿Dónde está mamá?”, gritó, y antes de echar a correr le pidió al reportero que cuidara de su padre mientras ella buscaba a su madre. Yaakov señaló que su esposa estaba en la habitación segura, y la mujer se dio media vuelta para entrar.
Tras sentarlo en un banco, un médico haredí, de larga barba blanca, apartó al reportero y afirmó que la esposa probablemente había muerto: dentro de la vivienda habían encontrado varios cuerpos. Los primeros equipos de respuesta decidieron no decírselo a Yaakov de inmediato, a la espera de la llegada de un grupo especializado en psicotrauma.
En una calle cercana, un voluntario de ZAKA avanzaba con un balde y suministros, aparentemente destinado a la tarea más dura: recoger cuerpos y restos humanos para asegurar un entierro conforme a los ritos. La escena se prolongaba entre escombros y fragmentos dispersos, como si el barrio hubiera sido desarmado pieza por pieza.
“Llegamos y había una destrucción extensa. Varios edificios recibieron impactos directos. Además, todas las calles cercanas muestran daños por explosión y metralla. Hay mucha conmoción, mucho pánico”, dijo el paramédico de Magen David Adom, Eli Eisenbach.
Junto a una de las ambulancias estacionadas, Eisenbach señaló que aún no estaba claro hasta dónde podría subir la cifra de víctimas mortales. Los equipos seguían desplegados en el vecindario: evaluando estructuras, atendiendo heridos en el lugar y recorriendo, paso a paso, el perímetro de una tragedia que todavía no terminaba de revelar su alcance.
