La campaña que Israel y Estados Unidos han puesto en marcha contra el régimen de los ayatolás en Irán —a la que, como era previsible, se ha sumado Hezbolá, el tentáculo libanés de Teherán— vuelve a colocar ante nosotros una lección aprendida con sangre desde el 7 de octubre: cuando una amenaza se perfila como existencial para Israel, no se la administra con paciencia ni se la deja madurar; se la desactiva. Se la elimina.
“Cuando una amenaza se perfila como existencial para Israel… se la desactiva”.
En Irán esa verdad es evidente, pero en Hezbolá lo es todavía más. Hace apenas un año le permitimos recomponerse, levantarse entre los escombros después de los golpes severos que le propinamos en la última guerra. Sin embargo, en lugar de cerrar el ciclo, aceptamos un alto el fuego que, en la práctica, le funcionó como respirador y salvavidas. Ese error, precisamente, es el que no puede repetirse ahora.
Derrocar al régimen iraní debe figurar como el objetivo de fondo, el horizonte que ordena todo lo demás. Y si ese es el destino perseguido, el paso previo resulta inevitable: destruir sus capacidades militares. Su infraestructura nuclear, su entramado balístico, y la constelación de emisarios que ha dispersado por Oriente Medio para guerrear por delegación y negar responsabilidades con cinismo.
“Derrocar al régimen iraní… debe figurar como el objetivo de fondo”.
En esta fase, eso parece ser lo que guía los esfuerzos de Israel y Estados Unidos. Porque cuando el régimen de los ayatolás pierda la aptitud real de amenazar a Israel, de intimidar a sus vecinos árabes e incluso de someter sin freno a su propio pueblo, quedará condenado en el largo plazo. De ahí que lo crucial sea mantener el foco en la tarea militar inmediata, sin perder de vista lo que debe venir después del éxito táctico: el objetivo final, el único capaz de garantizar paz y seguridad duraderas, para Israel y para toda la región.
Teherán también lo entiende, y por eso maniobra para ponerle fin a la guerra. Los ataques contra países del Golfo y sus instalaciones petroleras no son un arrebato: buscan sembrar caos y elevar el costo político, con la esperanza de que, bajo ese clima de alarma, crezca la presión desde el Golfo, desde Europa y también desde dentro de Estados Unidos sobre el presidente Trump para que ordene detener los ataques. Entonces, calculan, podrán ofrecer un acuerdo: uno más en la larga serie de acuerdos que han firmado para ganar tiempo, reducir el cerco y seguir avanzando hacia su “trinidad” estratégica —nuclear, misiles de largo alcance y una red de organizaciones armadas repartidas por todo Oriente Medio—. Pero, mientras tanto, están cosechando el efecto contrario: empujan a los países árabes a una posición más frontal y refuerzan la determinación de Israel y Estados Unidos de golpearlos con mayor fuerza.
“Los ataques… buscan sembrar caos y elevar el costo político”.
La lucha contra Hezbolá debería ser, en teoría, más simple, sobre todo después del castigo acumulado que ha recibido en los últimos dos años. Su entrada en la campaña no sorprendió a nadie: Hezbolá no es un actor autónomo, sino una criatura diseñada por Irán, alimentada con miles de millones de dólares y armada con los misiles que hoy se disparan contra nosotros. Se lo creó para un momento específico: el día en que Teherán necesitara un escudo ofensivo. Ese “momento de la verdad” llegó la semana pasada, y para eso existe Hezbolá.
Cómo derrotar a Hezbolá sin repetir el error del alto el fuego
Derrotar a Hezbolá es tan decisivo como abatir al régimen de los ayatolás en Teherán. También aquí la clave es la determinación. Hezbolá no es únicamente una milicia: es una maquinaria con brazo militar, sí, pero también con brazo político, económico y social. Si de verdad se pretende desmantelarlo, no basta con golpear una extremidad y dejar intactas las demás: hay que cortar esos brazos al mismo tiempo.
“Hezbolá no es únicamente una milicia: es una maquinaria”.
Si Israel se limita a cazar líderes y depósitos de armas, el resultado será limitado, quizá vistoso, pero incompleto. Por eso, cualquier integrante de Hezbolá debe considerarse objetivo legítimo, del mismo modo que cualquier edificio de la organización: instituciones económicas, centros que sostienen su red social, estructuras desde las que recluta, adoctrina y consolida su influencia. Conviene recordarlo sin autoengaños: pese a las voces que se elevan desde el Líbano, nadie hará este trabajo por nosotros; ni el ejército libanés ni el Gobierno libanés, que esperan que seamos nosotros quienes ejecutemos lo que ellos temen enfrentar.
Nada de esto se resuelve de un plumazo. Durante décadas permitimos que el régimen iraní y Hezbolá prosperaran, se afianzaran y se sofisticaran. La campaña, por tanto, puede prolongarse mucho tiempo. Pero los objetivos militares planteados son alcanzables, y para lograrlos se requiere continuidad: avanzar con todas nuestras fuerzas y, sobre todo, no detenernos a mitad de camino.
