Durante décadas, muchos medios occidentales han descrito así a ejércitos de regímenes hostiles y a organizaciones terroristas. La Guardia Republicana de Saddam Hussein era “de élite”. Las unidades Radwan de Hezbolá, también. El Cuerpo de Guardias Revolucionarios Islámicos de Irán, igual. La palabra aparece tanto que ya parece una marca de puntuación: señala peligro, sofisticación o misterio.
Pero basta mirar el campo de batalla para que esa etiqueta pierda fuerza. Entonces surge la pregunta central: ¿qué las hace, en realidad, de élite?
El problema nace en el origen. Los regímenes autoritarios y los grupos terroristas dominan el arte de fabricarse una leyenda. Llaman “fuerzas especiales” a ciertas unidades no porque hayan probado excelencia, sino porque esa etiqueta refuerza la lealtad interna y proyecta intimidación hacia fuera.
Irán llama “de élite” al CGRI por su fiabilidad ideológica, no porque se parezca a una fuerza occidental de operaciones especiales. Hezbolá hace algo parecido con Radwan. Presenta a sus combatientes como comandos para que israelíes y libaneses crean en capacidades que nunca demostró de verdad en una batalla abierta.
Cuando los medios adoptan esas etiquetas sin someterlas a prueba, lavan propaganda. Sin querer, la meten en la conversación pública. “De élite” deja de ser una condición ganada y pasa a ser un adjetivo prestado.
En muchos casos, además, esas unidades solo están mejor equipadas que el resto de una fuerza débil. La Guardia Republicana de Saddam tenía tanques más nuevos que el ejército iraquí de reclutas, pero se derrumbó rápido en 1991 y otra vez en 2003 frente a una guerra moderna de armas combinadas.
Los combatientes de Hezbolá ganaron experiencia en Siria. Eso es cierto. Pero también sufrieron bajas fuertes y dependieron en gran medida del apoyo iraní y ruso. El CGRI, por su parte, acumula peso político y un amplio programa de misiles, aunque sus fuerzas convencionales sigan siendo obsoletas y frágiles.
Eso no describe a una fuerza de élite. Describe a organizaciones que sobreviven por ideología, intimidación y tácticas asimétricas.
La presión revela lo que el eslogan oculta. Cuando estas supuestas unidades de élite se enfrentan a ejércitos modernos, el patrón se repite: caen comandantes, las unidades maniobran mal bajo fuego, la logística se quiebra, la moral cede cuando la propaganda choca con la realidad, y el poder aéreo deja sus vulnerabilidades a la vista.
Las pérdidas recientes de Hezbolá en el Líbano, incluidos altos mandos e infraestructura crítica, muestran una fuerza menos formidable de lo que su narrativa prometía. Los proxies de Irán en toda la región repiten la fórmula: pueden hostigar y lanzar cohetes, pero no sostienen un combate de alta intensidad.
Una fuerza de élite no mide su eficacia por la cantidad de cohetes disparados a ciegas contra zonas civiles. Una fuerza de élite no depende de escudos humanos. Una fuerza de élite no se desmorona cuando golpean a sus líderes. Ahí se rompe la imagen.
Y en ese punto el contraste con Israel aparece solo. Israel también usa el término “de élite”, pero lo llena con otro contenido. Allí la palabra apunta a una capacidad demostrada, a una selección rigurosa y a un historial operativo de décadas, no a una operación de branding político.
Unidades como Sayeret Matkal, Shayetet 13, Shaldag, Yamam, Maglan, Duvdevan y Egoz atraviesan cribas psicológicas por etapas, estándares físicos extenuantes y entrenamientos de más de un año. Su reputación no descansa en el cartel, sino en los resultados: rescates de rehenes, reconocimiento en profundidad, operaciones contraterroristas, interdicciones marítimas y combate urbano de alto riesgo.
Sus éxitos y sus fracasos se documentan, se analizan y se estudian. No se entierran bajo capas de propaganda. Ni siquiera cuando el resultado incomoda.
Lo mismo ocurre con brigadas convencionales israelíes como Paracaidistas, Golani, Givati y la 7.ª Acorazada. Su prestigio nace del rendimiento repetido, no del eslogan. Y cuando fallan, los fallos se investigan en público. Esa transparencia ya dice algo.
El contraste no es ideológico. Es estructural. Las unidades de élite de Israel ganan esa condición con rendimiento, rendición de cuentas y entrenamiento continuo. Sus adversarios reclaman la etiqueta con branding, intimidación y ausencia de escrutinio.
Las palabras importan. Cuando los medios llaman “de élite” a esos adversarios, los elevan sin querer y a veces exageran la amenaza. El efecto es doble: distorsionan la comprensión pública y tapan la dinámica real sobre el terreno.
Una unidad puede ser peligrosa sin ser de élite. Un grupo puede estar bien armado sin estar bien entrenado. Y un régimen puede ser despiadado sin ser competente.
Hace falta un lenguaje más honesto. En vez de repetir etiquetas interesadas, los periodistas deberían describir estas fuerzas como son: políticamente leales, mejor equipadas que sus pares, hábiles en la guerra irregular, vulnerables en el combate convencional y profundamente dependientes de la propaganda.
Eso no es élite. Es, simplemente, la forma que han tomado muchos adversarios asimétricos modernos.
El público merece claridad. No mitología.