A partir del 7 de octubre de 2023, el pueblo judío contempla cómo un odio milenario vuelve a mudar de piel y a presentarse con ropajes nuevos.
La historia, por desgracia, ha sido pródiga en fabricar embustes monumentales sobre los judíos para volver “razonable” la violencia contra ellos. El faraón señaló a los hebreos como un peligro enquistado en casa. En la Europa medieval se propagó la infamia de la calumnia de sangre, útil para encender hogueras morales y, luego, reales.
Más tarde, los nazis culparon a los judíos del derrumbe alemán y, con la máscara de una supuesta autodefensa, ejecutaron el exterminio de seis millones. La mecánica es casi siempre la misma: se compone una mentira, se inocula temor, y después se cometen atrocidades con la conciencia “tranquila”.
Hoy, una versión contemporánea de ese engranaje se envuelve en el léxico seductor de la liberación nacional: la idea de un “pueblo palestino” ancestral. Según este guion, habría existido una nación palestina nativa, arraigada, soberana, despojada con ferocidad por el sionismo. Sin embargo, cuando se contrastan fuentes históricas y declaraciones de dirigentes árabes, el cuadro que emerge es menos épico y más prosaico.
Antes de la mitad del siglo XX no se halla evidencia consistente de un pueblo árabe palestino diferenciado, con instituciones propias, lengua singular o identidad nacional separada. Bajo el Imperio Otomano, el territorio funcionó como una periferia administrativamente fragmentada, repartida entre diversas jurisdicciones. Sus habitantes solían definirse por su religión, su clan o su ciudad, no por una patria palestina. Viajeros decimonónicos —entre ellos Mark Twain— retrataron una comarca rala, desolada, con poca densidad humana. El impulso económico asociado a la inmigración judía, a su vez, atrajo migración árabe desde áreas vecinas. Pero una corriente laboral y comercial no convierte, retrospectivamente, una etiqueta geográfica en una nación antiquísima.
Lo más revelador es que no solo lo sugieren los archivos: también lo admitieron voces árabes. En 1919, el Congreso Sirio general pidió que no se separara “Palestina” del sur de Siria. En 1946, el profesor Philip Hitti fue tajante: “No existe tal cosa como Palestina en la historia, absolutamente no”. En 1977, el dirigente de la OLP Zuheir Mohsen reconoció que una identidad palestina distinta operaba como construcción política. Incluso el alto terrorista líder de Hamás Fathi Hammad lo dijo sin rodeos: “somos árabes”.
El propio nombre “Palestina” fue impuesto por Roma tras sofocar la revuelta de Bar Kojba, cuando el emperador Adriano rebautizó la provincia como Syria Palaestina con la intención de diluir la ligazón judía con la tierra. Durante siglos, el término funcionó ante todo como designación cartográfica; no como un Estado-nación independiente.
En contraste, el pueblo judío preservó una continuidad religiosa, cultural e histórica que atraviesa dos milenios. La identidad palestina como nacionalidad diferenciada se consolidó recién a mediados de los años sesenta, y lo hizo en gran medida como respuesta a la soberanía judía. La acusación de que los judíos “robaron una patria” descansa sobre una base histórica frágil;, pero una vez que la falsedad se instala, cualquier defensa legítima termina narrada como agresión.
En la próxima parte veremos de qué modo este mito terminó injertándose en el discurso del “derecho internacional”.
