Mientras se acerca el más reciente ultimátum de Donald Trump —“negocien o desato el infierno”, en palabras del presidente de EE. UU.—, en Teherán se instala la convicción de que el régimen está ganando.
En Occidente, buena parte del coro de “expertos” comparte esa lectura. Dan por hecho que Estados Unidos e Israel avanzan hacia un pantano cada vez más hondo o, en el mejor de los casos, hacia una retirada humillante. Nadie puede anticipar cómo terminará la guerra contra Irán, ni siquiera qué traerá el día siguiente. Pero, a primera vista, la idea de que Teherán lleva la iniciativa —una idea repetida por comentaristas occidentales que calificaron la guerra de desastre antes de que empezara, que siguieron llamándola desastre mientras avanzaba y que ahora anuncian que terminará sin duda en desastre— resulta, sencillamente, absurda.
Todas las métricas disponibles apuntan en la misma dirección: el régimen está perdiendo. Sus defensas antiaéreas han quedado prácticamente obliteradas, gran parte de su marina ha sido hundida, sus reservas de misiles y lanzadores han sido diezmadas, sus altos mandos van cayendo uno tras otro y su programa nuclear ha sufrido más daños. En esos frentes, la campaña de Estados Unidos e Israel ha sido hasta ahora espectacularmente exitosa.
Y, sin embargo, el régimen sigue ahí. No ha sido derrotado y todavía conserva capacidad para plantear desafíos temibles. Ha convertido el estrecho de Ormuz en un arma letal al estrangular la mayoría de sus canales normales de navegación. Al mismo tiempo, Israel y los Emiratos Árabes Unidos continúan bajo bombardeo diario de misiles que dejan daños, heridos y muertos.
En Washington, según se informa, se calculan ahora los costes probables para las propias fuerzas estadounidenses si intentan apoderarse de la isla de Kharg para controlar la producción petrolera iraní o abrir el estrecho de Ormuz. Trump, además, probablemente sopesa el impacto que tendría sobre su propio futuro político una guerra impopular dentro de Estados Unidos que empiece a cobrarse sangre estadounidense.
Lo que está en juego rebasa con mucho el campo de batalla inmediato. Si el régimen iraní no es totalmente desarmado, pero sobrevive, se recupera y vuelve a rearmarse, no solo seguirá siendo una amenaza para la región. Un desenlace así también enviará al mundo el mensaje de que el líder del mundo libre es un tigre de papel.
El efecto sería inmediato sobre China, Rusia y Corea del Norte, que saldrían enormemente envalentonadas. El experto israelí en defensa Dan Schueftan sostiene que, si Estados Unidos no se impone en esta guerra, Occidente entrará en el principio de su final. “Estos procesos no ocurren de la noche a la mañana”, dijo al comentarista israelí Haviv Rettig Gur. “Pero si Estados Unidos es incapaz de afrontar el desafío iraní, la capacidad de los chinos para cambiar el orden mundial será mucho mayor que antes”.
La pregunta, entonces, es otra: por qué Occidente no lo ve. Por qué tantos estadounidenses y británicos consideran a Trump y al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu una amenaza mayor que Irán, al que el texto define como el Estado terrorista número 1 del mundo, exportador de violencia y de desestabilización cultural a Occidente, además de pieza bisagra en el eje global de potencias del mal.
Una parte de la respuesta está en la incapacidad de la administración Trump para exponer ante la opinión pública estadounidense un argumento sólido a favor de la guerra. Otra, en la hostilidad abierta de los gobiernos de Gran Bretaña y Europa. También pesa una convicción muy extendida: cada vez que Occidente se interna en el caldero de Oriente Medio, el resultado acaba siendo desastroso.
Irak y Afganistán terminaron en debacle. Pero, según esta tesis, la negativa obstinada de Occidente a actuar con una fuerza proporcional frente a Irán produjo un efecto todavía peor: la guerra actual es infinitamente más difícil y más dañino de lo que habría sido si la amenaza de Teherán se hubiera contenido antes.
Richard Williams, excomandante de la fuerza de comandos SAS británica en Irak y Afganistán, escribió en el Mail británico que vio de cerca a la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán mientras esta, junto con sus apoderados, mataba a cientos de soldados británicos y estadounidenses. Esa experiencia, dijo, le dio una comprensión de la “maldad absoluta que es el régimen iraní”. Y añadió: “Hemos dejado que el régimen se enquiste y crezca desde la revolución de 1979 como resultado de la cobardía y la indecisión de nuestros líderes políticos”.
Esa es, precisamente, la acusación central. Al hacer todo lo posible por evitar la guerra con Irán, Occidente no la evitó: la volvió inevitable, y ahora la enfrenta en su versión más aterradora y desesperada. El acuerdo nuclear de 2015 impulsado por Barack Obama es presentado aquí como un pacto catastrófico que permitió a Irán hacer trampas y avanzar, año tras año, hacia la fabricación de armas nucleares.
El dato que se subraya es este: unos 440 kilogramos de uranio enriquecido —suficientes para fabricar 11 bombas nucleares en dos semanas— seguirían, al parecer, en manos de Teherán. Tampoco las sanciones habrían servido de mucho. El régimen las eludió y siguió vendiendo petróleo a China.
Ese dinero, sostiene el texto, no fue a cubrir necesidades básicas de la población iraní. Fue a financiar ciudades subterráneas de misiles, algunas excavadas en lo profundo de montañas y, aparentemente, fuera del alcance incluso de las bombas más poderosas de Estados Unidos. Desde allí, el régimen continúa lanzando misiles contra Israel y sus vecinos del Golfo.
La muerte y la destrucción que deja esa maquinaria —también sobre el oprimido pueblo iraní— son, en esta lectura, el verdadero desastre. Y la responsabilidad última recae sobre un Occidente que lleva décadas entregado al canto de sirena del apaciguamiento.
Ese apaciguamiento, añade el texto, nace de un dogma: la creencia de que la guerra no sirve y de que todos los conflictos pueden y deben resolverse mediante negociación y compromiso. Al mismo tiempo, Occidente habría dejado de valorar su propia identidad histórica, desmembrada por el multiculturalismo y la cultura del victimismo, hasta caer en un derrotismo suicida, convencido de que ya no hay nada por lo que valga la pena luchar o morir.
Israel aparece, en contraste, como el caso opuesto. Sobrevive y prospera, dice el texto, porque no es derrotista y porque cree que hay mucho por lo que luchar o morir. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos comparten, además, la comprensión de que el régimen de Teherán representa para ellos una amenaza mortal. Por eso, según este enfoque, están presionando a Trump para que lo destruya en vez de declarar una victoria ficticia y marcharse.
Trump, por su parte, no logra creer que el régimen iraní se niegue a admitir que ha perdido la guerra. Eso puede ser, quizá, simple retórica trumpiana para humillar a Teherán. O puede ser algo más inquietante: un intento de moldear la realidad para que coincida con lo que quiere que sea, aunque no lo sea.
Ahí es donde, según el texto, aplica una métrica equivocada. Puede que el régimen no tenga ninguna posibilidad de ganar en una guerra convencional. Pero esos islamistas fanáticos operan con otra lógica. Para ellos, sobrevivir ya equivale a vencer.
Abbas Aragchi, ministro de Exteriores iraní, lo formuló así esta semana: “Ninguna nación en la historia ha resistido durante casi un mes contra la mayor potencia armada con armas nucleares de la Tierra y les ha impedido lograr un solo objetivo. Este es un motivo de orgullo para toda la humanidad”.
Lo que Occidente no entiende, afirma el texto, es el fanatismo religioso que mueve a los dirigentes iraníes. No entiende que, para los islamistas de Teherán, convencidos de que provocar un apocalipsis hará descender a la Tierra al mesías chií, el “martirio” —sus muertes en masa— no es algo que deba evitarse, sino algo que debe abrazarse con éxtasis.
Tampoco comprende, continúa el argumento, una lección que Israel ha debido aceptar durante décadas: el régimen iraní puede estar peor armado que el poder militar superior de Estados Unidos, pero puede compensarlo con astucia mediante la “guerra asimétrica”, una guerra que no reconoce las convenciones fijadas por la comunidad internacional.
Eso significa que, mientras Occidente intenta no golpear a civiles ni destruir infraestructuras esenciales de agua o electricidad, los iraníes atacarán esas líneas vitales del enemigo y además sacrificarán sin vacilar a su propia población. En esa lógica, cada misil que logren seguir disparando les sirve para exhibir, con desafío, que aún tienen todas las cartas y que, por lo tanto, Estados Unidos debe “negociar” en los términos dictados por ellos.
La única respuesta aceptable, concluye el texto, es redoblar el esfuerzo hasta derrotarlos de forma absoluta y completa. La expectativa final queda resumida en una sola frase: que Trump haya llegado ya a esa misma conclusión.
