Según el marco presentado, se trata de una fuerza de seguridad palestina que operará bajo el Comité Nacional para la Gestión de Gaza (NCAG) y será entrenada en Egipto. Paralelamente, una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF) deberá desplegarse en la Franja en cinco sectores y, a largo plazo, alcanzar un contingente de unos 20.000 soldados, junto con un dispositivo de policía civil de hasta 12.000 personas.
La fórmula que se repitió en los discursos de los oradores fue clara: “una sola autoridad, una sola ley, una sola arma”. Todas las armas en Gaza deben concentrarse bajo esa nueva autoridad civil, como parte de un proceso de desmilitarización total de la Franja.

En el propio evento no se proporcionaron detalles técnicos sobre los tipos de armas que estarán en manos de la fuerza policial palestina, su cantidad ni el mecanismo de suministro. Tampoco se dijo quién, en la práctica, aprobará la transferencia de armas o cómo se hará cumplir la supervisión sobre el terreno.
Sí se dijo explícitamente que la fuerza palestina está destinada a hacer cumplir la desmilitarización de todas las facciones, que todas las armas deben estar bajo un único control civil y que no existe “otra alternativa”: la desmilitarización total de Gaza como condición para la reconstrucción. Es decir, el mandato de la fuerza no es militar sino de policía civil, y debe actuar a la sombra de una amplia fuerza internacional y bajo la supervisión de un mecanismo de alto comisionado, completamente distinto de Oslo.

Desde una perspectiva israelí, el significado es que el modelo estadounidense no propone una “policía armada independiente”, sino una combinación de policía palestina con una fuerza internacional y una cadena de supervisión externa. Con todo, las preguntas centrales —quién aprueba, quién detiene y quién desmantela en la práctica— quedaron abiertas.
Aquí entra en juego la memoria israelí. En los Acuerdos de Oslo se creó una fuerza policial palestina armada, destinada a hacer cumplir el orden y combatir el terrorismo. También entonces se habló de “armas únicamente policiales”, también entonces se prometió supervisión y también entonces se afirmó que se trataba de una medida temporal que conduciría a la estabilidad civil. El eslogan que nació entonces, “no les den fusiles”, se convirtió con los años en un símbolo de profunda decepción por la brecha entre las intenciones políticas y la realidad de seguridad.

Las diferencias con respecto a Oslo son importantes y no pueden ignorarse: entonces no existía una fuerza internacional de estabilización significativa, no había una oficina de representante (y no de alto comisionado) con facultades de supervisión, y no se estableció la desmilitarización total como condición previa para la reconstrucción.
Y aun así, el punto de similitud es claro: una vez más se crea una fuerza palestina armada, con entrenamiento externo, con la promesa de supervisión y con el objetivo de la estabilidad. Para muchos israelíes, sobre todo en la derecha, el simple retorno al modelo de “un policía palestino con armas” despierta una sensación de déjà vu, aunque esta vez la arquitectura sea más compleja y cautelosa.
De manera llamativa, ninguno de los oradores del pasado jueves anunció el regreso de la Autoridad Palestina al control pleno de Gaza. En su lugar se presentó un nuevo gobierno tecnócrata palestino (NCAG), bajo la supervisión del Consejo de Paz.

No obstante, la Autoridad Palestina sí aparece en la estructura organizativa como parte del sistema de coordinación, junto a Israel, la fuerza ISF y el comité en Gaza. Es decir: Ramala no es quien manda, pero tampoco está fuera del juego. Para Jerusalén, esta es una zona gris. No hay un retorno oficial de la Autoridad, pero tampoco un corte total con ella.
En Washington se habla de una década de estabilidad. En Jerusalén recuerdan que Oriente Medio no siempre funciona según presentaciones. La pregunta que vuelve a emerger no es ideológica, sino práctica: ¿esta vez el mecanismo de policía palestina, aunque esté envuelto en supervisión internacional, funcionará a largo plazo exactamente como se planificó?

Tres días después del evento festivo, en Israel ya está claro: incluso antes de que terminen los días decisivos frente a Irán, comienza otra decisión: ¿es esta una corrección de Oslo, o un retorno cauteloso a aquella misma vieja apuesta, en una versión estadounidense actualizada?
