Tras tres décadas Colombia conserva el liderazgo del suministro de cocaína pese a cambios de estrategia y acuerdos fallidos; la producción y los cultivos crecen.
Treinta años de oferta de cocaína y respuestas estatales fallidas
Durante tres décadas, la oferta colombiana se salió de control, pese a la caída de los carteles de Medellín y Cali y la muerte de Escobar; en los noventa Colombia rebasó a Perú como proveedor mundial. Hoy aporta más del 67% del suministro global. Washington impulsó la guerra contra las drogas con asesores, armas y miles de millones, sin cortar el flujo. Gobiernos sucesivos buscaron explicar el salto y frenar redes.
Desde los años noventa, varios presidentes intentaron reducir los narcóticos. La estrategia combinó represión de economías ilícitas y búsqueda de paz en un país bajo guerra interna. Hubo normas más duras contra lavado, armas e interdicciones, pero los cultivos y la producción crecieron. Con Andrés Pastrana empezó un auge que desbordó al Estado y marcó el debate nacional, pese a metas que prometían contener la expansión y recuperar control territorial.
El detonante fue el Proceso del Caguán, abierto en 1999 para buscar un acuerdo con las FARC, guerrilla de izquierda en guerra asimétrica con el Estado desde los sesenta. Las FARC eran el actor armado ilegal más grande, con estimaciones de hasta 17.000 combatientes. El grupo participó en el comercio de cocaína y acumuló secuestros, extorsiones y asesinatos. Esa capacidad militar y criminal influyó en el diseño y el alcance de la negociación.
Un punto clave fue la entrega de un enclave desmilitarizado de 16.000 millas cuadradas, casi como Suiza, en el sureste. Las fuerzas se retiraron y la guerrilla prometió excluir fines ilícitos o militares, promesa que se rompió de inmediato. En esa zona, las FARC acumularon armas, reforzaron entrenamiento y diseñaron ataques. El tráfico de cocaína ganó impulso y las víctimas de secuestro quedaron retenidas allí; en 2000, se registraron más de 3.000 casos.
Cifras clave y hitos para dimensionar el salto de la cocaína
- Más del 67% del suministro global de cocaína proviene de Colombia.
- Enclave desmilitarizado de 42.000 kilómetros cuadrados entregado a las FARC en 1999.
- En 2000, más de 3.000 secuestros situaron al país como capital mundial.
- En 2006: 78.000 hectáreas de coca y 610 toneladas métricas de cocaína.
- En 2023: 253.000 hectáreas y 2.664 toneladas; versión no publicada estima 3.001 en 2024.
Del Caguán al Plan Colombia: ofensiva de Uribe y caída de la coca
En febrero de 2002, las FARC secuestraron un vuelo doméstico y raptaron a un senador; ese episodio obligó a Andrés Pastrana a cerrar el diálogo. Después ordenó el despliegue del ejército para recuperar la zona desmilitarizada y restablecer autoridad estatal. El giro llegó tarde: el país concentró actividad ilegal y superó a Perú como mayor cultivador de coca. Las utilidades del narcotráfico sostuvieron estructuras armadas ilegales y reforzaron una guerra civil multipartidista.
Con la llegada de Álvaro Uribe en agosto de 2002, la producción cayó con fuerza. El exsenador, señalado por presuntos vínculos con el extinto Cártel de Medellín y con Pablo Escobar, recibió apoyo de la Casa Blanca de Clinton mediante el paquete Plan Colombia. Esa inyección aportó asesores militares estadounidenses, armas, apoyo logístico y capacitación, y reforzó al Estado frente a las FARC. Uribe lanzó una ofensiva integral que revirtió posiciones clave.
Tras ese avance, Uribe abrió una negociación con las Autodefensas Unidas de Colombia. Sus orígenes se conectan con la contrainsurgencia de Estados Unidos aplicada en los sesenta; la coalición nació en 1997 y, en 2001, Washington la catalogó como organización terrorista extranjera. Las AUC manejaban una red nacional de tráfico de cocaína y armas; hacia 2003 controlaban el 40% de las exportaciones colombianas de cocaína y financiaban el 70% de sus actividades con ese negocio.
En ese periodo, la fumigación aérea de coca quedó como eje de la política antidrogas. Junto con la ofensiva contra las FARC y el acuerdo con las AUC, esa receta redujo el cultivo y la producción. La recuperación territorial avanzó y el negocio perdió impulso. En 2006, el área con coca bajó a 78.000 hectáreas y la producción a 610 toneladas métricas; en 2013, ambos indicadores alcanzaron registros mínimos de casi dos décadas.
Del giro de Santos a Petro: repunte récord, fragmentación y efectos
El repunte siguió al giro de Juan Manuel Santos. En 2015, su administración suspendió la fumigación con glifosato tras la evaluación de la OMS que lo calificó como probable carcinógeno. Desde ese punto, el cultivo y la producción crecieron otra vez. En 2021, bajo Iván Duque, Colombia alcanzó marcas históricas de 204.000 hectáreas de coca y unas 1.400 toneladas métricas de cocaína, pese a decomisos anuales récord entre 2018 y 2021.
El gobierno priorizó la erradicación manual y una ofensiva contra economías ilícitas y grupos armados. Sin embargo, el volumen fabricado casi no se movió. La presión aumentó, aunque la cadena productiva mantuvo su ritmo y su capacidad de adaptación territorial. Con la llegada de Gustavo Petro en agosto de 2022, la estrategia apuntó al mando y a las finanzas de estructuras ilegales, no a los campesinos que siembran coca, en regiones rurales.
En 2023, la UNODC registró 253.000 hectáreas de coca y 2.664 toneladas métricas, otro récord; el país fabricó 29 veces más cocaína que en 1990. El incumplimiento del acuerdo de 2016 con las FARC facilitó el resurgimiento de grupos armados. La desmovilización dejó vacío y el comercio se fragmentó. Para julio de 2025, fuentes citadas por Reuters estimaron 21.958 integrantes, 45% más que a mediados de 2022 y triple del cálculo de fines de 2018.
Una razón clave fue el fin de los cárteles integrados verticalmente. Tras su caída, el comercio se fragmentó y sindicatos más pequeños accedieron a las ganancias. Las bandas se repartieron la cadena de valor: unas cultivan hoja de coca y elaboran pasta; otras custodian sembradíos y rutas; otras convierten la pasta en clorhidrato y transportan el narcótico. Esa especialización complica la contención: al caer una red, otra ocupa con rapidez el espacio.
Demanda, geografía y costos fiscales elevan la inestabilidad rural
La demanda internacional de cocaína se mantiene alta y el tráfico ofrece efectivo rápido. Ese incentivo, junto con geografía difícil, pobreza persistente y débil presencia estatal rural, impide eliminar cultivos y producción. La frontera con Venezuela funciona como refugio para grupos armados ligados al negocio. El escenario se tensó en zonas cocaleras y en áreas petroleras; grupos armados ilegales de izquierda, sostenidos por ganancias de cocaína, provocan la mayor parte de la violencia interna.
Ante el auge del cultivo, Gustavo Petro anunció el retorno de la fumigación aérea con drones de vuelo bajo en focos priorizados. Todo indica que la medida llega tarde y no basta para revertir la expansión. La cadena mantiene resiliencia y los incentivos persisten. La presión territorial y las disputas por rentas elevan la tensión en regiones sensibles, mientras continúan las pugnas por zonas cocaleras, rutas de contrabando y laboratorios.
Circula la versión de que un informe de la UNODC, aún sin publicación, elevó la estimación de 2024 en 12% interanual, hasta 3.001 toneladas métricas. Ese cálculo refuerza la idea de una expansión persistente pese a cambios de estrategia estatal y mayores decomisos. Las cifras consolidan a Colombia como fabricante dominante y exhiben el límite de enfoques centrados en erradicación o interdicción que no alteraron la tendencia en el país.
El aumento del cultivo y de la cocaína impulsa la inestabilidad en la Colombia rural. La población sufre más violencia y coerción, y sectores estratégicos sienten el impacto, en especial el energético. Las finanzas de Bogotá se resienten por el gasto en seguridad y control territorial. El costo de operaciones empujó al gobierno Petro a aumentar impuestos; ese giro frenó inversión extranjera, en especial para la industria petrolera. Además, crecieron las fricciones entre Bogotá y Washington.
