El primer ministro del Líbano, Nawaf Salam, suspendió este sábado 11 de abril su viaje previsto a Washington, a tres días de la primera reunión programada en el Departamento de Estado de Estados Unidos para tratar un alto el fuego y abrir un canal de negociación entre Beirut e Israel. El jefe de Gobierno atribuyó la decisión “a la luz de las actuales circunstancias internas”, en medio de protestas en el centro de Beirut, junto al Gran Serail, donde manifestantes quemaron retratos suyos y lo llamaron “sionista” entre banderas de Hezbolá.
Pese al aplazamiento, el contacto previsto para el martes sigue en pie por ahora al nivel de embajadores. La presidencia libanesa había informado el viernes de esa cita, convocada tras una llamada entre el embajador israelí en Estados Unidos, Yechiel Leiter, y la embajadora libanesa, Nada Hamadeh Moawad, con la participación del embajador estadounidense en Beirut. Beirut presenta el encuentro como un paso para discutir un alto el fuego y poner en marcha negociaciones bilaterales con mediación de Washington. Israel lo enmarca como el inicio de negociaciones formales de paz y sostiene que no negociará un alto el fuego con Hezbolá.
La suspensión del viaje de Salam expuso el nivel de presión interna que rodea cualquier aproximación con Israel. Poco antes del anuncio, Ali Akbar Velayati, asesor del líder supremo de Irán para asuntos internacionales, lanzó una advertencia pública al primer ministro libanés: “El señor Nawaf Salam debe saber que ignorar el papel sin parangón de la resistencia y del heroico Hezbolá expondrá al Líbano a riesgos de seguridad irreparables”. La declaración resumió un pulso que se arrastra desde hace semanas dentro del país.
En marzo, el Gobierno libanés prohibió las actividades militares de Hezbolá y trata de consolidar el monopolio estatal de las armas. La organización rechaza su desarme, mantiene capacidad militar y conserva respaldo en una parte significativa de la comunidad chií. Ese choque se agrava ahora con la apertura de contactos con Israel, a la que Hezbolá se opone de forma directa mientras parte de su base acusa al Ejecutivo de no proteger al país.
La reunión del martes se prepara además en un contexto de guerra abierta. La presión para activar ese canal diplomático aumentó después de la tregua de dos semanas pactada entre Washington y Teherán, un acuerdo que Irán considera incompleto mientras el frente libanés continúe activo. Sobre el terreno, la escalada no ha cedido. Israel intensificó sus ataques después del lanzamiento de misiles de Hezbolá el 2 de marzo y más tarde amplió su ofensiva terrestre en el sur del Líbano.
Según el balance oficial más reciente, la ofensiva israelí ha dejado al menos 1.953 muertos en territorio libanés. El miércoles 8 de abril, una oleada de cerca de 100 bombardeos en diez minutos causó más de 300 muertos y convirtió esa jornada en una de las más letales para el país desde el final de la guerra civil. El viernes, otro ataque israelí en Nabatieh mató a 13 miembros de las fuerzas de Seguridad del Estado.
El deterioro militar ha empujado a más de un millón de personas fuera de sus hogares y ha dejado zonas de la capital arrasadas. En ese escenario, las autoridades libanesas intentan evitar que la presión externa desemboque en una fractura interna. Los dirigentes del país temen que una confrontación directa con el movimiento chií abra una nueva crisis interna, mientras la calle rechaza las conversaciones y el Gobierno trata de sostener una vía diplomática bajo fuego.
Así, la apertura de contactos con Israel arranca en condiciones de extrema fragilidad: con objetivos distintos a cada lado de la mesa, con rechazo en sectores de la calle libanesa y con el primer ministro obligado a aplazar su desplazamiento a Washington antes de una cita que, por ahora, permanece fijada para el martes.