Los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea celebraron este jueves 12 de febrero en el castillo de Alden Biesen, en Bilzen-Hoeselt (Bélgica), una reunión de trabajo centrada en competitividad y seguridad económica. El encuentro se enmarcó en fricciones con Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump, presiones comerciales de China y amenazas híbridas asociadas a Rusia.
En la antesala de la cita, el primer ministro belga, Bart De Wever, expuso el dilema político interno ante un grupo de dirigentes reunidos el miércoles. “Todos sabemos que debemos cambiar de rumbo, y todos conocemos la dirección. Sin embargo, a veces parece que estamos de pie en el puente del barco mirando el horizonte sin poder tocar el timón”. La frase condensó el objetivo de la jornada: perfilar propuestas para retomar en otra cumbre a finales de marzo.
El presidente del Consejo Europeo, António Costa, enmarcó el debate en una respuesta económica basada en una política comercial activa y en mecanismos para proteger a las empresas ante competencia desleal y coerción económica. Subrayó el coste de la energía y la reducción de trabas burocráticas al comercio dentro del mercado único. Los participantes llegaron con la idea de que la industria depende de energía, financiación e integración de mercados, más que de un solo paquete legislativo.
Energía y mercado único en el centro del diagnóstico industrial

La energía ocupó un lugar central del intercambio. Varios líderes ligaron la continuidad de las industrias con alto consumo eléctrico a una integración mayor del mercado energético europeo, tras años de discusión sin avances concluyentes. De Wever sostuvo que el coste energético constituye el principal problema industrial y alertó del riesgo de perder sectores como la petroquímica, el acero y los metales, mientras otros insistieron en una respuesta coordinada.
Costa aportó cifras para dimensionar el impacto de la fragmentación interna: las fricciones regulatorias y administrativas equivalen, por su efecto, a aranceles internos del 44% sobre bienes manufacturados y del 110% sobre servicios. Con ese marco, los dirigentes discutieron cómo facilitar que las empresas ganen escala, cómo avanzar hacia una unión de mercados de capitales y cómo recortar dependencias estratégicas.
Esa reducción abarcó ámbitos que van desde la defensa hasta servicios digitales y de pagos dominados por proveedores estadounidenses, además de vulnerabilidades vinculadas a materias primas críticas cuyo procesamiento depende en gran medida de China. A partir de ahí, el debate giró también en torno a cómo financiar inversiones a gran escala sin frenar la actividad dentro del mercado único.
Choque de visiones sobre desregulación y preferencia europea

La discusión exhibió un choque de enfoques. El canciller alemán, Friedrich Merz, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, lideraron un grupo que reclama desregulación y un relanzamiento de la relación económica con Washington, junto con una agenda de acuerdos comerciales que incluye el pacto firmado con el Mercosur en enero. Merz sintetizó esa posición con una frase repetida el miércoles: “Debemos desregular todos los sectores”.
Francia defendió una vía distinta. El presidente Emmanuel Macron impulsó una “preferencia europea” en compras públicas y la prioridad a empresas del bloque en sectores estratégicos, además de insistir en instrumentos financieros comunes para sostener inversiones. En defensa, el desacuerdo se concentró en el alcance de las restricciones: Macron pidió favorecer productores europeos, mientras Merz y Meloni defendieron margen para comprar también a proveedores externos.
Los líderes cerraron la jornada con el compromiso de trasladar estas líneas de trabajo a la preparación de la cumbre de finales de marzo. La presión adicional incluyó la fijación de plazos para decisiones a más tardar en junio, en paralelo a la revisión de la diplomacia y del comercio europeos ante el conjunto de factores expuestos en el encuentro de Bilzen-Hoeselt.
