Para evaluar si un ataque se acerca de verdad, conviene apartar la vista de los radares y fijarse en lo que ocurre dentro del gobierno estadounidense y en la distancia deliberada entre “lo que se ve” y “lo que se decide”. Desde Jerusalén surge una señal: Estados Unidos autorizó la salida voluntaria de personal “no esencial” en Israel y de sus familiares, y aconsejó a sus ciudadanos considerar la salida mientras haya vuelos comerciales.
En el comunicado oficial también figura la razón “terror y disturbios civiles” (civil unrest, en inglés) para Israel y Judea y Samaria, una fórmula que, al menos hacia fuera, no siempre refleja con exactitud la rutina diaria sobre el terreno y, en especial, sin aludir a Irán. Lo que sí encaja es la lógica administrativa del Departamento de Estado: “generar un margen de seguridad” antes de un hecho que pueda cortar la aviación, el transporte y los servicios consulares.
Otra señal se ubica en la Casa Blanca, incluso si no aparece ante el público en la agenda. El comandante del Comando Central estadounidense, el almirante Brad Cooper, informó anoche al presidente sobre opciones militares contra Irán, en una reunión que también incluyó al presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Kane. Este punto tiene peso: cuando quien ejecuta la operación entra en la Oficina Oval y expone “objetivos y opciones”, el mecanismo operativo ya está listo, aunque falte la orden.
A la vez —y esta es la paradoja de la semana— la vía diplomática siguió activa. Las conversaciones en Ginebra terminaron sin acuerdo, pero mediadores de Omán hablaron de “progreso significativo”, y se informó la preparación de conversaciones técnicas en Viena la próxima semana. En síntesis: Estados Unidos sostiene dos palancas al mismo tiempo —presión militar y negociaciones— y procura llevar ambas al límite.
En esa ecuación aparece una tercera variable que no se puede dejar al margen: la política interna de Trump y su coalición. El vicepresidente J.D. Vance, en una entrevista con el “Washington Post”, trazó una línea nítida: incluso si hay ataques, “no hay ninguna posibilidad de que nos arrastremos a una guerra en Oriente Medio durante años, sin fin a la vista”. También se muestra como una figura escéptica frente a intervenciones militares en el exterior.
Además, se reunirá esta noche (hora de Israel) con el ministro de Relaciones Exteriores omaní para recibir un informe sobre las conversaciones de Ginebra, en las que este último actuó como mediador. En otras palabras: dentro del gobierno de Trump hay quienes buscan transmitir a la base, al Congreso y a los mercados mundiales un límite claro entre “un golpe” y “otro pantano iraquí”. Al mismo tiempo, en el sector MAGA del Partido Republicano avanza un debate tóxico sobre si Estados Unidos “se arrastra” a un choque.
Si Trump opta por atacar, deberá definir el momento, los objetivos y también el encuadre político: ¿“previene un arma nuclear” como interés estadounidense, o “salva a un aliado” como respuesta a una escalada? También entra en juego su calendario. Trump visitará esta noche (hora de Israel) Texas para impulsar mensajes económicos y energéticos, y para influir en diversas primarias rumbo a las elecciones de medio término. Esto no bloquea una decisión militar, pero sí pesa sobre “el escenario” y el timing.
Los presidentes suelen buscar el control del relato. Y si resulta posible conservar la tensión, prolongar las negociaciones y ofrecer a los iraníes otra “ventana final” bajo una amenaza creíble, ese es el tipo de acuerdo que Trump suele preferir. Estos son los indicios a vigilar. Indicios operativos: nueva ampliación de la salida de personal y familiares, cierres de aviación y avisos inusuales de embajadas y de países extranjeros.
También conviene observar un cambio de tono desde la Casa Blanca: pasar de “todas las opciones sobre la mesa” a un lenguaje de plazo límite definido, una declaración de “fracaso diplomático” o una fórmula de “defensa de América”. El sábado, en su mansión, habrá una reunión política de MAGA: si Trump decide atacar, buscará un mínimo de oposición pública en su propio campo, o al menos un relato compatible con lo que planteó Vance sobre evitar una guerra larga, y surge la duda de si entrará en guerra en un momento así.
La conclusión es que el metal ya está en la zona, los informes ya llegaron a la Oficina Oval y la evacuación diplomática ya comenzó. Precisamente por eso, tampoco resulta descabellado que Trump intente estirar un poco más la disuasión para obtener una concesión antes de convertir la amenaza en acción. Y, como siempre, advertimos: todo puede ocurrir en cualquier momento.
