Donald Trump lanzó este sábado 21 de marzo un ultimátum a Irán y condicionó la reapertura total del estrecho de Ormuz a una amenaza directa contra la red eléctrica iraní, en una nueva escalada de la guerra que ya lleva más de tres semanas.
En un mensaje publicado en Truth Social, el presidente de Estados Unidos dio a Teherán un plazo de 48 horas y advirtió: “Si Irán no ABRE TOTALMENTE, SIN AMENAZAS, el estrecho de Ormuz, en un plazo de 48 HORAS a partir de este preciso momento, los Estados Unidos de América atacarán y arrasarán sus diversas CENTRALES ELÉCTRICAS, ¡EMPEZANDO POR LA MÁS GRANDE!”.
La advertencia llegó en medio del aumento de la presión militar de Washington y Tel Aviv sobre Irán, mientras el paso marítimo más sensible para el mercado mundial de petróleo sigue bajo amenazas y restricciones que alteran el tráfico de buques y elevan los precios de la energía.
El mensaje de Trump supuso un cambio de tono en la guerra. Hasta ahora, la presión militar de Estados Unidos e Israel se había concentrado sobre capacidades nucleares, de misiles y de ataque costero, mientras la infraestructura energética iraní había quedado fuera de los objetivos por el riesgo de provocar un golpe mayor sobre la economía global.

El estrecho de Ormuz concentra una porción decisiva del comercio marítimo de crudo. Cualquier cierre prolongado o un régimen de navegación condicionado repercute de inmediato en los precios, los seguros, los fletes y el abastecimiento.
Al mismo tiempo que emitía el ultimátum, Washington anunció una flexibilización temporal sobre cargamentos iraníes ya embarcados. La medida buscó aliviar tensiones en la oferta, aunque no incrementa la producción disponible ni resuelve el principal cuello de botella mientras la navegación siga bajo amenaza.
La ofensiva verbal de Trump coincidió con una nueva expansión del alcance militar de la guerra. Irán lanzó por primera vez misiles de largo alcance contra la base conjunta estadounidense-británica de Diego García, en el océano Índico, a unos 4.000 kilómetros de distancia, y abrió así un frente de riesgo más allá del escenario inmediato de Oriente Medio.
Casi al mismo tiempo, misiles iraníes impactaron en Dimona y Arad, en el sur de Israel. El ataque dejó decenas de heridos y daños en edificios residenciales cerca del principal centro nuclear israelí.

Las fuerzas armadas israelíes reconocieron que sus defensas no interceptaron esos proyectiles en esa zona. Ese hecho alteró el cálculo operativo de las últimas semanas y empujó a la dirigencia israelí a prometer la continuación de los ataques en varios frentes.
La crisis también se agravó en el plano marítimo. Veintidós países, entre ellos varias potencias europeas y asiáticas, expresaron su disposición a participar en operaciones de paso seguro por Ormuz, mientras el mando central estadounidense sostuvo que la capacidad iraní para atacar buques en ese corredor se ha deteriorado por los bombardeos de los últimos días.
Pese a ello, Washington ordenó el despliegue adicional de tres buques anfibios y unos 2.500 marines hacia la región, en una señal de que la Casa Blanca prepara opciones de presión sostenida si Teherán no cambia de postura.
Con más de 2.000 muertos en Irán desde el inicio de los ataques del 28 de febrero, 15 muertos en Israel por misiles iraníes y nuevas alertas en el Golfo, la guerra entró en una fase marcada por un ultimátum presidencial, refuerzos militares y una disputa abierta por el control del corredor energético más crítico del mundo.
