El martes, en la Casa Blanca, Donald Trump generó una nueva dosis de incertidumbre al responder con un escueto “ya lo sabrás” a la pregunta sobre hasta dónde estaría dispuesto a llegar para obtener Groenlandia. Además, minimizó las inquietudes sobre el rechazo local y el impacto en la OTAN.
En semanas recientes, Trump colocó a Groenlandia en el centro de su agenda. La isla, la mayor del planeta, constituye un territorio danés semiautónomo y aliado de la OTAN, alberga una base militar clave de Estados Unidos y ocupa una posición decisiva en el Ártico.
El territorio adquiere mayor valor a medida que el deshielo abre rutas marítimas y acceso a recursos críticos en una región cada vez más disputada. Trump describió repetidamente a Groenlandia como una exigencia de seguridad nacional y sostuvo que Rusia y China ganarían espacio sin su control.
El planteamiento reaparece mientras Trump viaja a la nevada Davos, en Suiza, para el Foro Económico Mundial. Allí, el tema domina los márgenes del encuentro, junto a su amenaza de aranceles contra países opuestos y la espera de un fallo del Tribunal Supremo sobre su legalidad en 2025.
Durante el fin de semana, líderes europeos hablaron de represalias por hasta $107.700 millones. Trump ya propuso adquirir la isla en su mandato anterior y afrontó el rechazo danés. El desenlace permanece incierto, mientras la relevancia estratégica de Groenlandia continúa en ascenso en el Ártico.
