El viceministro de Asuntos Exteriores de Irán, Kazem Gharibabadi, advirtió este lunes 23 de febrero en Ginebra de las “consecuencias” de cualquier escalada en Oriente Próximo si Estados Unidos ataca a su país, después de que el presidente Donald Trump planteara la posibilidad de ordenar golpes militares.
“Hacemos un llamamiento a todas las naciones comprometidas con la paz y la justicia para que tomen medidas significativas para evitar una mayor escalada. Las consecuencias de cualquier nueva agresión no se limitarían a un solo país y la responsabilidad recaería en quienes iniciaran o apoyaran tales acciones”, afirmó ante la Conferencia sobre Desarme.

Con esa intervención, situó el foco en el riesgo de que la guerra se amplíe por efectos de represalia y arrastre regional, mientras Washington y Teherán mantienen contactos diplomáticos sobre el programa nuclear iraní y, a la vez, muestran capacidad militar y una retórica de presión. Gharibabadi asoció su mensaje a la necesidad de frenar decisiones que, según su criterio, trasladarían el costo a más de un país y distribuirían responsabilidades entre quienes ejecuten o respalden una acción armada.
Trump aumentó la presión el viernes 20 de febrero al admitir que considera una “acción militar limitada” contra Irán. Consultado en la Casa Blanca sobre esa alternativa como herramienta de presión, respondió: “Creo que puedo decir que lo estoy considerando”. En la misma serie de declaraciones, insistió en que Teherán debía negociar y agregó: “Más les vale negociar un acuerdo justo”.

Ese cruce verbal se produjo después de un ultimátum de entre 10 y 15 días que el mandatario lanzó el jueves 19 de febrero, junto con la advertencia de que “realmente sucederán cosas malas” si las conversaciones no alcanzan un acuerdo. Dos funcionarios estadounidenses describieron planes militares en una fase avanzada y citaron opciones que abarcan desde ataques selectivos hasta escenarios dirigidos a un cambio de liderazgo si Trump emite una orden.
En paralelo, Washington comenzó la retirada de personal no esencial y familiares de su embajada en Beirut, como señal operativa vinculada a la evaluación de riesgos en la región. Trump no precisó el alcance de un eventual ataque, y un alto funcionario de la Casa Blanca señaló que el Gobierno todavía no logra un respaldo interno unificado para avanzar con una operación.

La escalada coincidió con el desplazamiento de un segundo portaaviones estadounidense hacia Oriente Próximo. En el plano diplomático, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, dijo tras conversaciones indirectas en Ginebra que ambas partes alcanzaron un entendimiento sobre “principios rectores”, sin prometer un acuerdo inmediato, y anunció un borrador de contrapropuesta en cuestión de días.
Araqchi situó el eje del diálogo en garantías sobre el carácter pacífico del programa: “Lo que ahora debatimos es cómo garantizar que el programa nuclear de Irán, incluido el enriquecimiento, sea pacífico y permanezca pacífico para siempre”. La Casa Blanca reiteró que Trump exige que Irán no tenga armas nucleares ni capacidad para construirlas y que no enriquezca uranio.

Teherán acumuló, además, semanas de advertencias previas sobre un choque mayor. El 1 de febrero, la cúpula iraní avisó de un conflicto regional si Estados Unidos atacaba, y el líder supremo, Ali Jameneí, afirmó que Irán no actúa como iniciador, pero “asestará un golpe fuerte” contra quien lo ataque o lo hostigue.
En Ginebra, Gharibabadi volvió a trazar líneas políticas al sostener que el programa nuclear iraní persigue fines pacíficos y que “esto no es negociable” por tratarse de “un derecho que no puede ser negado ni suspendido arbitrariamente”, mientras la amenaza de una escalada sigue abierta a la espera de la próxima decisión en Washington y del siguiente contacto diplomático.
