La cúpula de Irán exhibe señales de ruptura en plena guerra con Estados Unidos e Israel, un choque que sus dirigentes consideran decisivo para la supervivencia de la República Islámica. La disputa estalló tras la promesa del presidente Masoud Pezeshkian de no atacar a los Estados del Golfo, una posición que provocó una reacción inmediata de la Guardia Revolucionaria y de sectores duros del clero.
Las diferencias dentro del poder iraní permanecieron contenidas durante años bajo la autoridad del ayatola Alí Jamenei. Pero la muerte del ayatola Alí Jamenei, ocurrida al inicio de la campaña de bombardeos de Washington y Tel Aviv hace una semana, abrió el paso a tensiones que ahora afloran mientras Teherán soporta una presión militar creciente.
El asedio aéreo amenaza de forma directa la continuidad del régimen y ha empujado al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica a asumir mayor peso en la conducción estratégica, pese a que la ofensiva también ha matado a varios de sus mandos de alto rango.
Fuentes cercanas a la cúpula iraní, consultadas por Reuters dentro del país, señalaron que las fricciones ya son visibles entre los principales dirigentes que siguen vivos tras una cadena de asesinatos atribuidos a los ataques de Estados Unidos e Israel. Hablaron bajo condición de anonimato por la sensibilidad del asunto.
La presión también aceleró la carrera por designar a un nuevo líder supremo. Los clérigos estudian resolver el relevo incluso este domingo, aunque no existe certeza de que el sucesor de Jamenei tenga la autoridad necesaria para imponer disciplina y contener la pelea entre facciones.

Entre los nombres con más fuerza aparece Mojtaba Jamenei, hijo del líder muerto, respaldado por la Guardia Revolucionaria y por la poderosa oficina que controlaba su padre. Sin embargo, su candidatura arrastra debilidades: carece de experiencia comprobada, tiene menor rango religioso que varios ayatolas veteranos y despierta rechazo entre los sectores moderados del sistema.
Muerte de Jamenei y auge de la Guardia Revolucionaria en la guerra
Donald Trump también intervino en la crisis. El presidente de Estados Unidos exigió participar en la selección del próximo líder iraní y calificó de “inaceptable” la posibilidad de Mojtaba Jamenei, hijo del líder muerto, respaldado por la Guardia Revolucionaria. Otros aspirantes tampoco lo tendrían fácil, porque necesitarían garantizar la obediencia plena de la Guardia, una condición clave para sostener el orden interno.
“En tiempos de guerra se aclaran las estructuras de poder y, en este caso, la voz decisiva no es la del liderazgo civil sino la del CGRI”, afirmó Alex Vatanka, investigador sénior del Middle East Institute.
La controversia más visible surgió después de que Pezeshkian ofreciera disculpas a los Estados del Golfo por una ofensiva de una semana sobre sus territorios y prometiera frenar ese tipo de ataques. La declaración irritó a la Guardia Revolucionaria y a miembros de la élite clerical, que forzaron al presidente a corregirse en público.

Uno de los ataques más directos llegó del clérigo y legislador ultraconservador Hamid Rasai, que escribió en redes sociales: “Tu postura fue poco profesional, débil e inaceptable”.
Horas más tarde, Pezeshkian repitió su mensaje en internet, pero ya sin la disculpa que había desatado la furia de los sectores duros.
Pese a ese choque, las figuras principales del régimen mantienen una coincidencia central: defender la República Islámica y su sistema teocrático frente a la ofensiva de Estados Unidos e Israel. La diferencia aparece en el camino para hacerlo y en el margen que debe tener la diplomacia frente a la respuesta militar.
Pezeshkian, Estados del Golfo y la fractura entre moderados y duros
Dos fuentes iraníes de alto nivel sostuvieron que la pelea por las palabras de Pezeshkian reveló divisiones reales, no una representación calculada para negociar con Occidente, una táctica que Teherán utilizó en otras etapas para mostrar una pugna entre moderados y radicales.
Un dirigente de línea dura cercano a la oficina de Jamenei, que aún conserva peso dentro del aparato estatal, dijo a Reuters que las declaraciones del presidente indignaron a numerosos comandantes veteranos de la Guardia. Otra fuente, un exfuncionario moderado, sostuvo que nadie podrá ocupar el lugar del líder muerto, al que describió como un estratega decisivo en varios momentos críticos de Irán.

Con la inquietud en aumento entre las máximas figuras del país, ayatolas veteranos empezaron a presionar en público para que el órgano clerical encargado de nombrar al líder supremo acelere su decisión. “Debe agilizar el proceso para que conduzca a la decepción del enemigo y a la preservación de la unidad y la solidaridad de la nación”, declaró el ayatola Nouri Hamedani en un comunicado difundido por la agencia semioficial Fars.
En el sistema político iraní, el presidente, el gobierno y el parlamento electos están subordinados a un ayatola nombrado por el clero, que ejerce la máxima autoridad como líder supremo y supervisa de forma directa a la Guardia Revolucionaria y a otros organismos centrales del Estado.
Durante 36 años, Jamenei mantuvo el control del régimen al equilibrar y enfrentar entre sí a los sectores duros y moderados, siempre con la última palabra en sus manos. Permitía desacuerdos internos, pero solo dentro de límites que no pusieran en riesgo su mando.
Aunque en ocasiones dejó espacio a posturas moderadas o reformistas, esas corrientes quedaban relegadas cuando el sistema se percibía bajo amenaza. Esa lógica vuelve a imponerse ahora, pero sin la figura que hasta hace una semana concentraba toda la autoridad.
Consejo interino y disputa por el próximo líder supremo de Irán

Tras su muerte, el poder pasó formalmente a un consejo interino previsto en la Constitución e integrado por Pezeshkian, el jefe clerical del Poder Judicial y otro clérigo vinculado al Consejo de Guardianes, un órgano dominado por sectores de línea dura.
Sin Jamenei, las tensiones también quedaron expuestas dentro de ese círculo reducido. El jefe del Poder Judicial, el ayatola Gholamhossein Mohseni-Ejei, afirmó que algunos Estados de la región permitieron el uso de su territorio para atacar a Irán y advirtió que “los fuertes ataques contra esos objetivos continuarán”, en abierta contradicción con el mensaje más conciliador de Pezeshkian.
