El hijo exiliado del último sah de Irán pidió al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que apoye al pueblo iraní y sostuvo que es “hora de poner fin a la República Islámica”. “Al presidente Trump… El pueblo iraní le oyó decir que la ayuda está en camino, y tienen fe en usted. Ayúdelos”, dijo a periodistas en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde intervino Reza Pahlavi, radicado en Estados Unidos.
Trump dijo ayer que un cambio de gobierno en Irán sería “lo mejor que podría suceder”, mientras ordenó el envío de un segundo portaaviones a Oriente Medio para elevar la presión militar sobre la República Islámica. Antes, amenazó con una intervención militar para respaldar protestas callejeras que alcanzaron su punto máximo en enero y recibieron una represión violenta.
Desde entonces, Trump afirmó que emprendería acciones militares si Teherán no acepta un acuerdo nuclear. Pahlavi, que no regresa a Irán desde antes de la revolución islámica de 1979 que derrocó a la monarquía, afirmó en Múnich: “Es hora de poner fin a la República Islámica”. “Esta es la demanda que resuena desde el derramamiento de sangre de mis compatriotas”, añadió.
En el marco de la Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada este sábado en esa ciudad, Reza Pahlavi endureció su campaña internacional para que las potencias occidentales abandonen, o subordinen, la vía de conversaciones prolongadas con Irán y adopten medidas destinadas a acelerar un cambio político. En declaraciones a Reuters, afirmó que el régimen está “cerca del colapso”.
Según Pahlavi, la presión exterior, incluida la opción militar, abreviaría la crisis y “salvar vidas”, aunque el campo opositor permanece fragmentado y carece de una conducción unificada con capacidad orgánica dentro del país. Su llamamiento coincidió con una movilización masiva en la ciudad, convocada como parte de una “jornada global de acción” con réplicas en otros puntos.
La policía de Múnich estimó en torno a 200.000 los asistentes a una manifestación contra el gobierno iraní, en la que aparecieron símbolos previos a 1979 y consignas explícitas a favor de un reemplazo del actual sistema político. En ese contexto, Pahlavi sostuvo que la supervivencia del gobierno iraní enviaría una señal de impunidad a otros actores autoritarios.
Con ese argumento, intentó vincular el debate sobre seguridad europea con la crisis interna iraní y con el comportamiento regional de Teherán. El trasfondo inmediato de su ofensiva discursiva se centró en el saldo de las protestas de enero y en la represión posterior. Organizaciones y redes de activistas en el exterior difundieron conteos divergentes sobre las víctimas.
Las autoridades iraníes presentaron cifras distintas y atribuyeron parte de la violencia a “terroristas” o agentes externos. Al mismo tiempo, los apagones de internet y el control informativo dificultan verificaciones independientes. La Human Rights Activists News Agency (HRANA) habló de al menos 7.005 muertos durante el pico de la represión, mientras el gobierno iraní ofreció un total menor, de 3.117, en reportes recogidos por AP.
Del lado estadounidense, la retórica de Donald Trump se volvió más explícita sobre la posibilidad de “cambio” en Irán, incluso mientras Washington mantiene canales de negociación sobre el expediente nuclear. En declaraciones recientes en una instalación militar, Trump repitió que un cambio de gobierno sería “lo mejor” y confirmó el redespliegue de un segundo portaaviones hacia Oriente Medio.
Ese movimiento eleva la señal de disuasión y amplía opciones de respuesta, mientras la Casa Blanca insiste en que aún busca un acuerdo y que la acumulación de fuerza pretende forzar concesiones. Para Pahlavi, el objetivo político es convertir la presión pública en decisiones concretas de los aliados de Washington: endurecimiento de sanciones, aislamiento diplomático y un umbral creíble de uso de la fuerza si fracasan las conversaciones.
Sus críticos, sin embargo, cuestionan su nivel de representatividad y advierten que, sin una estructura interna cohesionada y una hoja de ruta de transición verificable, la internacionalización de la guerra puede aumentar la escalada sin garantizar un desenlace estable.
