Washington despliega dos portaaviones y refuerzos aéreos para disuadir a Irán, mientras combina presión militar con conversaciones indirectas en Ginebra.
Despliegue de portaaviones y defensas eleva la postura militar en semanas
El aumento del poderío aéreo estadounidense en Oriente Medio volvió a niveles comparables a los preparativos de grandes campañas de comienzos de siglo en la región. Entre finales de enero y febrero de 2026, Washington colocó un portaaviones operativo dentro del área del Mando Central y puso en ruta un segundo grupo, mientras trasladó cazas, defensas antiaéreas y plataformas de apoyo con horizonte de fuerzas completas para mediados de marzo, bajo un calendario acelerado.
Donald Trump vinculó esa postura a la disuasión y a la posibilidad de una acción militar contra Irán, aunque evitó anunciar una decisión final de ataque. El movimiento visible comenzó el 26 de enero, cuando el USS Abraham Lincoln entró al teatro de Oriente Medio acompañado por destructores con misiles guiados. La administración encuadró la llegada del portaaviones en un paquete más amplio que incluyó aviones de combate y sistemas de defensa antiaérea.

Washington ordenó además un ejercicio destinado a demostrar capacidad de despliegue, dispersión y sostenimiento del poder aéreo de combate. En paralelo, Emiratos Árabes Unidos comunicó que no permitiría el uso de su espacio aéreo, territorio o aguas para acciones hostiles contra Irán. Esa restricción añade un límite práctico a cualquier operación que dependa de corredores regionales y de autorizaciones para sostener el tránsito de fuerzas.
La acumulación se construyó con un objetivo de permanencia y no solo con presencia simbólica. El Pentágono describió el traslado como un proceso complejo y afirmó que el grupo del USS Gerald R. Ford se uniría al Abraham Lincoln junto con destructores, cazas y aeronaves de vigilancia ya movidos en semanas recientes. Trump sostuvo que enviaba el segundo portaaviones “en caso” de que fracase un acuerdo, sin retirar la opción militar.

Hechos operativos que marcaron la escalada en el estrecho y en el mar
- El 3 de febrero, un F-35C del USS Abraham Lincoln derribó un dron iraní Shahed-139 que volaba hacia el portaaviones, según el Mando Central.
- Ese mismo día, lanchas armadas iraníes se aproximaron al petrolero Stena Imperative en el estrecho de Ormuz; el buque siguió rumbo bajo escolta estadounidense.
- La administración marítima de Estados Unidos emitió directrices para buques con bandera estadounidense, con órdenes de mantenerse lejos de aguas territoriales iraníes y rechazar intentos de abordaje.
- El 17 de febrero, Irán anunció un cierre temporal del estrecho de Ormuz para ejercicios con fuego real, un movimiento inusual en ese paso.
- Fuerzas iraníes y rusas realizaron maniobras conjuntas en el golfo de Omán, mientras Moscú pidió contención ante la escalada alrededor de Irán.
La crisis mezcla pulso naval y señales políticas sobre la situación interna iraní

En los primeros días de febrero, la fricción pasó del plano declarativo al operativo y dejó al estrecho de Ormuz como termómetro diario. Irán acompañó el pulso con señales navales propias mediante cierres temporales y ejercicios, mientras Rusia reclamó contención ante lo que describió como una tensión sin precedentes. El encadenamiento de advertencias dibujó un teatro donde aviación y marina operan bajo el mismo reloj político.
El detonante interno iraní también ocupó un lugar central en el discurso de Washington. Trump afirmó que recibió informes de una reducción de los asesinatos de manifestantes y sostuvo que no veía un plan inmediato para ejecuciones de prisioneros, después de una represión asociada a protestas en todo el país. Con ese marco, la Casa Blanca conectó la presión externa con un mensaje dirigido a la dinámica interna de Irán.

En Irán, ceremonias de duelo y conmemoraciones continuaron semanas después de muertes atribuidas a fuerzas de seguridad. Las autoridades publicaron una cifra de víctimas y organizaciones externas ofrecieron estimaciones superiores, mientras el gobierno combinó medidas de control interno con demostraciones de fuerza. Teherán también emitió mensajes de advertencia contra cualquier intervención extranjera, al tiempo que sostenía ejercicios y anuncios sobre el estrecho.
La situación quedó atravesada por restricciones regionales y por el cálculo sobre costos de escalada. La negativa de Emiratos Árabes Unidos a facilitar su espacio aéreo, territorio o aguas para acciones hostiles contra Irán se sumó al cuadro operativo. En ese entorno, la administración estadounidense mantuvo una postura que busca sostener presión sin descuidar la defensa de bases, la protección de buques y el flujo marítimo en una zona sensible.
Diplomacia en Ginebra y arquitectura aérea para sostener una campaña prolongada

Washington reabrió el carril diplomático sin retirar el instrumento militar. El 18 de febrero, representantes estadounidenses y el canciller iraní Abbas Araghchi sostuvieron conversaciones indirectas en Ginebra con el objetivo de contener la crisis. Un alto funcionario estadounidense afirmó que Irán aceptó presentar una propuesta escrita para atender preocupaciones de Estados Unidos, mientras la Casa Blanca dijo que existieron avances en algunos puntos, con distancia en asuntos clave.
Estados Unidos presionó para ampliar el temario a cuestiones no nucleares, incluida la capacidad misilística. Teherán limitó el alcance a restricciones sobre su programa nuclear a cambio de alivio de sanciones, sin renunciar al enriquecimiento de uranio ni abrir una negociación sobre misiles. El mismo funcionario confirmó una reunión prevista del secretario de Estado Marco Rubio con Benjamin Netanyahu el 28 de febrero para tratar Irán, dentro de una coordinación política paralela.

La dimensión aérea del despliegue no depende solo del número de aviones, sino de la arquitectura que permite sostener operaciones. Un portaaviones aporta ala aérea, mando táctico y capacidad de presencia prolongada; dos portaaviones amplían el ritmo de salidas, la redundancia y la protección por capas. A esa base flotante se suman aviones cisterna, vigilancia, guerra electrónica y comunicaciones que convierten una serie de ataques en una campaña.
El antecedente inmediato que marcó la diferencia entre un golpe y una campaña ocurrió en junio de 2025 con la operación “Martillo de Medianoche”. Estados Unidos atacó tres sitios nucleares iraníes con siete bombarderos furtivos B-2, un submarino que lanzó más de dos docenas de misiles Tomahawk y cazas que actuaron como señuelos. Irán respondió con 14 misiles contra Al Udeid, en Qatar, sin heridos y con avisos previos por canales diplomáticos, según autoridades estadounidenses.
Comparación con Irak 2003 y cierre de febrero con fuerzas listas para marzo

Para dimensionar la comparación histórica, Washington conserva en la memoria institucional el inicio de la guerra de Irak. El 20 de marzo de 2003, fuerzas lideradas por Estados Unidos invadieron Irak desde Kuwait y ampliaron el contingente inicial en las semanas siguientes. Ese periodo consolidó una forma de operar que combinó ataques aéreos de alta intensidad, control del espacio aéreo y logística sostenida para mantener el ritmo operacional durante un esfuerzo prolongado.
Cuando Estados Unidos concentra hoy portaaviones, cazas, defensas y plataformas de apoyo bajo un calendario de semanas, la mecánica recuerda esa experiencia. El problema deja de consistir en ejecutar un golpe puntual y pasa a sostener presión militar sin colapsar la protección de bases, la defensa de buques y el flujo marítimo. En esa lógica, el despliegue se mide por capacidad de permanencia y por el margen para responder a incidentes en mar y aire.

Al cierre de febrero de 2026, la situación quedó definida por hechos observables: el USS Abraham Lincoln opera en el teatro y el USS Gerald R. Ford navega hacia la región. Washington fijó como meta tener el conjunto de fuerzas desplegadas para mediados de marzo. Irán pidió una pausa de dos semanas antes de nuevas conversaciones tras la ronda de Ginebra, mientras el estrecho de Ormuz volvió al centro de la ecuación estratégica con ejercicios y advertencias.
La Casa Blanca espera una propuesta escrita iraní mientras sostiene el despliegue que habilita una campaña prolongada. Con ese marco, el tráfico marítimo y la defensa de bases actúan como termómetros diarios de una crisis que ya se mide en capacidad de permanencia, no en el impacto de una sola noche. Entre la negociación indirecta y la acumulación de activos, la región entra en marzo con un reloj militar que sigue activo.
