La presentación del 21 de marzo de 2025 confirmó pruebas casi quinquenales, un contrato superior a 20.000 millones y un concepto con sistemas no tripulados.
Revelación en Washington y desarrollo bajo clasificación prolongada
Cuando el 21 de marzo de 2025 el gobierno de Estados Unidos presentó en Washington el F-47, lo definió como un nuevo caza tripulado destinado a reemplazar al F-22 y a operar junto a aeronaves no tripuladas. En esa comparecencia, el presidente afirmó que una versión experimental ya acumulaba vuelos de prueba durante casi cinco años sin exposición pública. El Pentágono mantuvo clasificados el diseño y la mayor parte de los parámetros operativos.
Esa actividad aérea previa marcó el modo de desarrollo del programa, porque el aparato avanzó en fase de pruebas antes de que el debate público abordara presupuestos, proveedores y calendario industrial. La clasificación no se limitó a un gesto político, sino que delimitó qué información salía al dominio público y en qué momento. Con ese marco, la propia cronología de ensayos adquirió valor operativo, al quedar fuera de la observación abierta.
El Pentágono vinculó el F-47 a un concepto anterior descrito como una “familia de sistemas”. Esa formulación sitúa a un caza tripulado como coordinador de sensores, armas y plataformas no tripuladas en entornos con defensas antiaéreas densas. Documentos de comparación de programas ubicaron el origen en estudios impulsados desde 2014 por la agencia estadounidense dedicada a tecnologías emergentes, y situaron la entrada en servicio en la década de 2030.

Con esa base, los vuelos tempranos permiten evaluar la madurez técnica antes de asumir compromisos de producción y refuerzan la posición del programa en la competencia presupuestaria. La secuencia habitual arranca con demostradores y artículos de prueba que validan aerodinámica, firma electromagnética, refrigeración, integración de sensores y arquitectura de misión. Más adelante aparecen iteraciones que ajustan la compatibilidad entre aviónica, enlace de datos y empleo de aeronaves no tripuladas.
Claves que definieron el programa desde su fase de pruebas
- El presidente afirmó que una versión experimental acumuló vuelos de prueba durante casi cinco años antes de la revelación pública.
- El Pentágono mantuvo clasificados el diseño y la mayor parte de los parámetros operativos, y trató el calendario de ensayos como información reservada.
- El concepto se enmarcó como una “familia de sistemas” en la que un caza tripulado coordina sensores, armas y plataformas no tripuladas.
- Los documentos situaron el origen de la iniciativa en estudios impulsados desde 2014 y ubicaron la entrada en servicio en la década de 2030.
Contrato con Boeing, objetivos operativos y presión presupuestaria
Tras la presentación, la adjudicación inicial colocó a Boeing al frente de la fase de ingeniería y desarrollo mediante un contrato valorado por encima de los$20.000 millones, con la expectativa de pedidos posteriores durante décadas. El anuncio comunicó dos objetivos: la Fuerza Aérea buscó mayor alcance y menor carga logística que el F-22, y Boeing obtuvo un proyecto central para su negocio de defensa en un periodo de presión por pérdidas y sobrecostos.

Desde el primer día, la Casa Blanca mencionó la posibilidad de ventas a aliados, aunque el gobierno evitó detallar configuraciones o restricciones. En paralelo, el motivo de la clasificación se sostuvo en una lógica operativa: cada vuelo aporta información sobre hábitos de operación, patrones de mantenimiento, limitaciones de combustible y ventanas de empleo. Ese conjunto también incluye el patrón de emisiones que terceros pueden medir, por lo que el gobierno mantuvo esos datos fuera del dominio público.
La presentación llegó cuando el Departamento de Defensa sostiene otros programas de alto consumo de recursos. El Pentágono aún financia la flota de F-35, con más de 1.100 aeronaves construidas para Estados Unidos y socios, y afronta proyecciones de costo de ciclo de vida superiores al billón de dólares. Además, el país impulsa el bombardero furtivo B-21, con una flota planificada de alrededor de 100 unidades y un costo total estimado en decenas de miles de millones.
En ese contexto, el F-47 se presentó como respuesta a una necesidad concreta: operar a mayor distancia y con menos reabastecimiento, mediante una combinación de sigilo, sensores y coordinación con sistemas no tripulados. Aunque el gobierno evitó precisar el volumen de fabricación, reconoció que la Fuerza Aérea pretende superar la escala del F-22. Otras comunicaciones oficiales y debates presupuestarios situaron la intención de compra por encima de 185 aparatos, como objetivo de fuerza.
Escala prevista, reorganización en St. Louis y debate sobre el caza
Esa cifra no equivale a una orden firme, pero describe un objetivo que prevé rotación, entrenamiento, despliegues y reemplazo de pérdidas sin inmovilizar el resto de la capacidad operativa. Por lo tanto, el tamaño potencial de la compra condiciona la cadena de suministro, el ritmo de producción, la formación de técnicos, los inventarios de repuestos y la capacidad de las bases. La trazabilidad pública gana peso a medida que aparecen compromisos de personal, presupuesto y producción.

La continuidad de las pruebas sin presentación formal también admitió una lectura industrial. Boeing describió la adjudicación como un proyecto que justificaba inversiones propias en su negocio de defensa. En 2025, la empresa anunció medidas para reorganizar espacio y mano de obra en su complejo de St. Louis con el objetivo de sostener programas futuros y liberar capacidad. Trasladará fuera de la región el trabajo de extensión de vida del F/A-18 a partir de 2026 y cerrará esa actividad local en 2027.
Ese nivel de clasificación convivió con una discusión pública impulsada por declaraciones y comparecencias. Voces internas y externas cuestionaron el valor de otro caza tripulado de alto costo cuando aumentan las opciones no tripuladas y las capacidades de guerra electrónica. Sin embargo, el debate no alteró el vínculo central: el Pentágono unió el futuro del caza al empleo conjunto con aeronaves no tripuladas, y los responsables defendieron criterios de supervivencia frente a interferencia, engaño y degradación de comunicaciones.
La discusión también se conectó con la relación entre servicios. La Marina persigue su propio caza de nueva generación para portaviones, y el Pentágono evaluó posibles retrasos asociados a la capacidad de ingeniería y producción que puede compartirse con el esfuerzo del F-47. Hacia finales de 2025, el programa se definía por decisiones verificables: el contrato de desarrollo superior a 20.000 millones, la intención de una flota por encima de 185 aparatos, el esquema con sistemas no tripulados y la reorganización industrial en St. Louis.
