El prototipo soviético concentró visibilidad, blindaje y potencia de fuego, pero la mayor velocidad de los cazas y defensas densas volvió insuficiente su concepto de ataque lento.
Un concepto heredado del ataque a baja cota perdió eficacia táctica
Después de la Segunda Guerra Mundial, la oficina de Serguéi Ilyushin buscó prolongar el avión de ataque terrestre de baja cota mediante blindaje, potencia de fuego y empleo estricto, y llevó al vuelo el Il-20. Sin embargo, el programa avanzó junto a una evolución rápida de la aviación de combate, que pasó a operar con cazas más veloces y con defensas antiaéreas más densas. En ese marco, la misión de apoyo cercano exigió algo más que tolerancia a impactos.
Ese punto tuvo peso porque el prestigio de Ilyushin procedía del ataque al suelo, y la lógica de la guerra anterior resultaba directa: vuelo bajo para identificar el blanco y uso de armamento de tiro directo, con blindaje para proteger al piloto y sistemas vitales durante los segundos de mayor intensidad del fuego cercano. Aun así, ese perfil acumuló desventajas conocidas, ya que el vuelo bajo facilitó la puntería desde tierra y la baja velocidad amplió oportunidades de interceptación.
Cuando el combate aéreo incorporó mayores velocidades y alcances, la supervivencia de un avión de apoyo lento pasó a depender menos del espesor del blindaje y más de la reducción del tiempo de exposición. También influyeron la elección del instante de ataque, la coordinación para entrar en el objetivo y la salida rápida del área antes de que un caza estableciera una persecución efectiva. En ese entorno, un avión grande, de pistón y muy protegido quedó lejos de las variables decisivas.
Con esos requisitos, la amenaza ya no procedía solo de ametralladoras ligeras y cañones antiaéreos cerca del blanco. También procedía de cazas capaces de elegir el ángulo de ataque y repetir pasadas con poca demora. Bajo esa presión, la idea de “aguantar” impactos tendía a prolongar la permanencia dentro de un área donde el adversario decidía el momento y la geometría de la intercepción, y cada kilo extra reducía velocidad y margen de maniobra.

Elementos clave del diseño y sus efectos en el rendimiento
- Cabina situada sobre el motor para ampliar la visibilidad hacia delante y hacia abajo durante la aproximación al objetivo.
- “Casco” blindado portante que encerró cabina, motor y elementos de combustible y servicios para concentrar la protección en zonas críticas.
- Defensa posterior con torreta controlada a distancia y medidas para disuadir ataques desde el plano inferior.
- Cañones automáticos en el ala con montajes ajustables en tierra para disparo normal o con depresión, con pasadas más niveladas.
- Incremento de masa, volumen y resistencia aerodinámica que afectó de forma directa a la velocidad útil y la maniobrabilidad.
Ingeniería orientada a la visibilidad y el blindaje elevó los costes
A partir de limitaciones ya identificadas, el Il-20 tomó forma como respuesta de ingeniería a un problema concreto: la visibilidad durante la aproximación. Para ampliar el campo de visión, Ilyushin ubicó la cabina cerca del eje de la hélice y diseñó un parabrisas que descendía hacia la zona del buje. La célula integró un blindaje portante para proteger cabina, motor y sistemas, y añadió defensa trasera como parte de un conjunto pensado para el apoyo cercano.
El proyecto también buscó modificar el modo de ataque mediante decisiones de armamento. El ala alojó cañones automáticos con capacidad de disparo en posición normal o con depresión, lo que permitió pasadas de ametrallamiento sin recurrir a picados pronunciados. Ese planteamiento atendió un problema habitual: un mayor ángulo para apuntar expone más la silueta y reduce el tiempo disponible para corregir la trayectoria, mientras que un vuelo más nivelado aporta una plataforma más estable y una salida más controlada.
En los documentos del programa, el Il-20 combinó visibilidad, blindaje, potencia de fuego y defensa posterior, pero cada adición elevó penalizaciones físicas. La masa extra y el aumento de resistencia aerodinámica afectaron la velocidad y la maniobrabilidad, justo las variables que el entorno posterior volvió imprescindibles. La mejora de protección, por sí sola, no resolvió la necesidad de entrar y salir del área antes de una interceptación, ni compensó la desventaja frente a cazas con mayor energía.

Durante las pruebas de vuelo aparecieron costes operativos asociados a esa arquitectura. El avión presentó problemas del motor propios de una categoría de potencia elevada, con vibraciones que afectaron la operación y exigieron cautelas impropias de una plataforma lista para primera línea. La cabina sobre el motor, pese a su ventaja de observación, complicó el acceso para mantenimiento rutinario y alargó tareas básicas. Además, la proximidad entre cabina y hélice añadió un riesgo de seguridad en evacuaciones o aterrizajes forzosos con el tren retraído.
Cancelación del Il-20 y lección sobre cazas frente a plataformas lentas
Bajo esas condiciones, el “fracaso” del Il-20 describió una incompatibilidad entre concepto y requisitos operativos más que un problema aislado. El diseño intentó resolver el apoyo cercano con herramientas eficaces en la guerra anterior: blindaje concentrado, cañones para objetivos puntuales y una plataforma estable para apuntar desde baja altura. Sin embargo, la generalización de cazas más rápidos modificó el factor de riesgo principal, y la comparación con su antecesor inmediato no mostró una ventaja clara en un momento de ventanas de ataque cada vez más cortas.
Por esa razón, la decisión de no llevar el proyecto a producción cerró una línea de continuidad técnica dentro del ataque al suelo de Ilyushin. El fabricante llevó el enfoque al límite con una cabina orientada a observar el terreno, sistemas encapsulados en una estructura protegida y un esquema de fuego para el ataque sostenido. El resultado indicó que la solución ya no podía basarse en acumular funciones en un único fuselaje, sino en ajustar el empleo del poder aéreo con superioridad local y perfiles de entrada y salida que redujeran exposición.
La cancelación también dejó una conclusión para la industria: el problema no derivó de falta de audacia técnica, sino de un cambio tecnológico que impuso requisitos nuevos. Cuando una plataforma nace cerca del límite del enfoque anterior, defectos menores dejan de ser aceptables porque las alternativas del nuevo enfoque ofrecen ventajas operativas netas. En ese giro, la velocidad, la coordinación y la gestión del tiempo en zona ganaron relevancia frente a la idea de resistir el fuego mediante blindaje.
Décadas después, el nombre Il-20 reapareció asociado a otra misión, y ese uso posterior ayuda a entender el riesgo persistente que generan los cazas para aeronaves grandes y relativamente lentas. En la guerra de Siria, un Il-20 de reconocimiento ruso cayó durante un episodio de fuego aliado en un entorno saturado por operaciones de combate; el suceso dejó una cifra concreta de víctimas y mostró el peligro de operar cerca de ataques de cazas. En ese tipo de teatro, un avión de mayor tamaño depende de corredores, coordinación y tiempos precisos para evitar sectores de tiro asignados.
