Algo poco habitual aparece en el norte de África: de acuerdo con fuentes extranjeras y material disponible en la red, aviones de combate rusos de quinta generación Sukhoi Su-57 se vieron en Argelia. Si esas versiones se confirman, el hecho marca un giro relevante, ya que sería la primera ocasión en que el principal caza sigiloso de Moscú llega a un cliente extranjero.
A partir de esa posibilidad surgen dos interrogantes. Por un lado, por qué la elección recae en Argelia y no en otro socio. Por otro, si el “felon”, como lo denomina la OTAN, equivale a un rival real para el F-35 o si se trata de una variante de exportación limitada frente a la configuración rusa.
La comparación refleja filosofías opuestas. Estados Unidos configuró el F-35 como un francotirador sigiloso, compacto y con integración en red. Rusia tomó un camino distinto: un fuselaje ancho y plano que produce sustentación desde múltiples ángulos, con la maniobrabilidad extrema como elemento central en el diseño.

En esa lógica, el Su-57 incorpora vectorización de empuje tridimensional, con toberas que se mueven de forma independiente hacia arriba, abajo y a los lados. Ese esquema apunta a mejorar el control en condiciones exigentes y a sostener capacidades posteriores a la pérdida. En teoría, permite orientar la nariz con ángulos extremos y lanzar misiles en geometrías inusuales.
A lo anterior se suma una afirmación rusa sobre un sistema láser defensivo pensado para “cegar” la cabeza buscadora de misiles entrantes. En Occidente reconocen que el sistema existe, pero discuten su eficacia ante misiles veloces y con algoritmos avanzados. La discrepancia se centra en el rendimiento real en escenarios de combate.
En materia de sigilo, el Su-57 no se ubica al nivel del F-35. Su disposición de motores y el acabado de la zona posterior lo vuelven más visible al radar. Aun así, Rusia integró un conjunto de sensores especialmente amplio, incluidas antenas L-Band en las alas con un fin orientado a la detección general.
La propuesta rusa no prioriza “desaparecer”, sino “encender la luz” en el cielo, privar al adversario del factor sorpresa y forzar un combate de maniobra donde la aerodinámica y la física favorezcan al avión. En esa lectura, el objetivo consiste en detectar y presionar, más que en ocultarse por completo ante sensores rivales.

En este punto aparece la principal reserva sobre la eventual entrega a Argelia. Rusia arrastra antecedentes de ventas externas con recortes de capacidades. Según estimaciones, Argelia no habría recibido el motor nuevo previsto para el programa y operaría con los AL-41 más antiguos, con impacto en rendimiento, firma térmica y consumo.
Las dudas también alcanzan la electrónica y las bibliotecas operativas. En exportaciones, suele predominar un paquete genérico en lugar del “cerebro” completo de la versión rusa. Bajo ese esquema, el avión puede mantener rasgos llamativos sin representar la configuración definitiva en la que se apoya Moscú para sus propias fuerzas.
La explicación sobre el destino y el momento remite a antecedentes recientes. En 2018, India abandonó la asociación de desarrollo con Rusia tras señalar problemas de sigilo y aviónica, y Moscú quedó con un programa costoso y con compradores indecisos. En ese escenario, Argelia aparece como un socio con recursos energéticos y una tradición de compras rusas.
A ello se suma la competencia regional con Marruecos, que recibió F-16V de Estados Unidos. Para el Kremlin, Argelia reúne características convenientes: paga, no copia tecnología y no queda sujeta a sanciones occidentales del modo en que se menciona en el caso de Irán. Esa combinación refuerza el incentivo de consolidar la relación militar.

Sin embargo, el planteo agrega un elemento más delicado: el aumento de las relaciones de seguridad entre Argelia e Irán. Algunas estimaciones sostienen que el norte de África puede ofrecer una zona de entrenamiento relativamente “limpia” respecto del seguimiento intenso de inteligencia occidental, a diferencia de bases en Rusia bajo observación satelital constante.
También pesan condiciones ambientales específicas. Los desiertos argelinos se asemejan más al clima de Medio Oriente que a los entornos helados rusos, un factor relevante para sensores, motores y firmas de radar en escenarios de calor y polvo. Ese marco convertiría al país en un espacio útil para probar sistemas en parámetros distintos.
En cuanto al significado para Israel, la hipótesis de un “espacio de prueba” para tecnologías rusas avanzadas en el norte de África, con posible participación iraní, se traduce en un cambio en la ecuación regional. El cuadro no implica que la ventaja de sigilo del F-35 desaparezca, pero sí puede obligar a ajustes.
Ese tipo de evolución impacta en planificación, inteligencia y preparación. La conclusión práctica es doble: el Su-57 quizá no sea un monstruo que devore al F-35, pero tampoco un actor irrelevante. En ocasiones basta con que alguien encienda un reflector en el cielo para alterar las reglas del juego.
