El derribo de un Shahed-139 en el mar Arábigo anticipa cómo el F-35C puede combinar defensa naval y penetración en un espacio aéreo disputado.
El episodio del mar Arábigo y la lógica del despliegue naval
A comienzos de febrero, un F-35C operado desde el USS Abraham Lincoln derribó un dron iraní Shahed-139 que se aproximaba al grupo de combate en el mar Arábigo. El hecho precisó una función que el avión puede cumplir si Washington ejecuta una operación sobre Irán, porque el F-35C puede cubrir de forma simultánea la defensa inmediata de la fuerza naval y los requisitos técnicos de un ataque que exige entrar y sostener operaciones dentro de un espacio aéreo disputado.
Ese empleo quedó asociado a un despliegue más amplio tras el cruce del Abraham Lincoln y destructores de misiles guiados hacia el área del Mando Central a finales de enero. En febrero, el gobierno estadounidense anunció el envío de un segundo portaaviones, el USS Gerald R. Ford, junto con aeronaves adicionales y plataformas de vigilancia. En paralelo, el presidente Donald Trump endureció el plazo para un acuerdo nuclear y mantuvo abierta la opción de ataques, lo cual empujó la planificación hacia alternativas ya definidas.
La arquitectura que acompaña a esos movimientos da al F-35C una ventaja operativa que no depende de autorizaciones para usar bases en tierra. El grupo aeronaval actúa como base móvil, y el caza embarcado permite proyectar poder aéreo desde aguas internacionales incluso si socios regionales limitan el uso de su territorio, su espacio aéreo o sus aguas para acciones hostiles. Esa característica gana peso cuando Washington concentra buques, cazas y defensas antiaéreas cerca del Golfo y debe proteger a sus fuerzas.

La función del F-35C no nació con la tensión actual, ya que la Marina impulsó el programa mediante hitos de integración embarcada durante la década pasada. El avión realizó sus primeras tomas en un portaaviones en 2014 y completó rondas de ensayos en el mar en 2015, tras lo cual quedó establecida la evaluación institucional de que el modelo C aportaba capacidades necesarias para escenarios de alta amenaza. Esa secuencia explica que hoy opere como parte de la postura militar que Estados Unidos desplaza en Oriente Medio.
Señales operativas que definen el rol del F-35C en el teatro
- El derribo del Shahed-139 mostró patrullas de combate aéreo para proteger al portaaviones, a sus escoltas y a los ciclos de despegue y aterrizaje.
- El despliegue incorpora al USS Gerald R. Ford, aeronaves adicionales y plataformas de vigilancia, además del Abraham Lincoln y destructores de misiles guiados.
- El grupo aeronaval funciona como base móvil y reduce la dependencia de permisos para usar territorio, espacio aéreo o aguas de socios regionales.
- La integración embarcada del F-35C se consolidó con tomas en 2014 y ensayos en el mar en 2015, con énfasis en escenarios de alta amenaza.
Antecedentes de 2025 y el corredor de acceso dentro del espacio aéreo
El antecedente operativo más cercano para un ataque sobre Irán quedó definido por la guerra aérea iniciada en junio de 2025. Israel abrió las hostilidades el 13 de junio con ataques contra instalaciones nucleares y mandos militares, e Irán respondió con salvas de misiles. Después, Teherán reconoció daños en su red de defensa antiaérea y afirmó que sustituyó sistemas con recursos propios, incluidos equipos que ya tenía almacenados, lo cual marcó el contexto de una defensa que busca recomponerse.

En paralelo, inteligencia estadounidense detectó preparativos iraníes para cargar minas navales en buques del Golfo durante un periodo posterior al inicio de esos ataques. Ese indicio subrayó el valor que Irán asigna al estrecho de Ormuz como factor para intensificar la escalada. A partir de ese conjunto de hechos, una operación estadounidense exige abrir un corredor de acceso aéreo, porque un ataque eficaz requiere reducir la capacidad de detección y respuesta de las defensas antiaéreas iraníes.
El F-35C cumple esa tarea por diseño, ya que combina baja observabilidad con sensores capaces de detectar emisiones, clasificar amenazas y formar una imagen táctica que el piloto traduce en decisiones de ataque. Esa lógica permite destruir un radar, neutralizar un nodo de mando o designar un objetivo para otras armas. Con ese marco, el inicio de una campaña suele priorizar la degradación de defensas antiaéreas, y después llegan los golpes contra fuerzas navales del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria asociadas a ataques a petroleros y amenazas sobre Ormuz.
La ventaja de operar desde un portaaviones se vuelve central cuando el plan incorpora medios distintos en una misma secuencia. Al reducir el riesgo para otras plataformas, el F-35C facilita que misiles lanzados desde buques y aeronaves no furtivas actúen con menor exposición. La combinación de sensores y capacidad de ataque también ayuda a sostener operaciones en un espacio aéreo disputado sin depender de infraestructura terrestre. En ese sentido, el caza embarcado refuerza la coherencia entre el despliegue naval y la necesidad de entrar y permanecer en el teatro.
Ormuz, golfo de Omán y defensa de la fuerza frente a drones y misiles
La segunda tarea se concentra en el mar, porque Ormuz y el golfo de Omán forman parte del problema militar en términos comparables al espacio aéreo iraní. En febrero de 2026, Irán cerró durante horas partes del estrecho para ejercicios y, días antes, fuerzas iraníes acosaron un petrolero con bandera estadounidense, el M/V Stena Imperative. Un destructor estadounidense escoltó al buque con el objetivo de reducir la tensión y evitar incidentes mayores.

En un operativo de mayor escala, el F-35C puede actuar como sensor y como interceptor sobre esa franja marítima. Su aporte incluye la identificación de embarcaciones rápidas, drones y perfiles de amenaza que buscan saturar a una escolta naval. Además, el avión puede designar blancos costeros vinculados a minas, lanchas, depósitos y puestos de control asociados a la presión iraní sobre el tráfico comercial. Esa capacidad vincula la protección inmediata con acciones que reducen la amenaza sobre la navegación.
La tercera tarea combina defensa antiaérea y preservación de fuerzas, y el derribo del Shahed-139 frente al Abraham Lincoln mostró el empleo más inmediato. Las patrullas de combate aéreo protegen al portaaviones, a sus escoltas y a los aviones que operan en ciclos continuos. En una campaña contra Irán, esa defensa no se limita al grupo naval, porque Irán ha amenazado con atacar bases estadounidenses en la región y Washington mantiene presencia militar en varios países del arco que rodea el teatro.
Dentro de esa protección ampliada, el F-35C aporta detección temprana, capacidad de interceptación y transmisión de datos a buques y centros de mando. Esos elementos resultan relevantes si un adversario intenta combinar misiles, drones y hostigamiento marítimo para forzar pausas operativas. En ese mismo marco, la concentración de buques, cazas y sistemas de defensa antiaérea en torno al Golfo exige una plataforma que contribuya a la defensa de la fuerza y, a la vez, preserve la libertad de acción en el área.
Ataques contra mando y control y sostenimiento del ritmo de operaciones
La cuarta tarea se dirige al mando enemigo, ya que la planificación estadounidense contempla opciones que incluyen ataques contra individuos y estructuras de control iraníes. Ese tipo de acción exige inteligencia precisa y capacidad de ejecución con poco aviso. El F-35C encaja en esa misión porque puede penetrar con menor firma y también puede cumplir misiones de vigilancia y reconocimiento para confirmar la presencia de un objetivo, actualizar coordenadas y emplear munición guiada bajo criterios estrictos de identificación.

En esa línea, el precedente de 2020, cuando Trump autorizó el ataque que mató a Qassem Soleimani, y la experiencia de 2025, cuando ataques selectivos mataron a mandos militares iraníes durante la guerra, se integran en un mismo patrón operacional. La lógica apunta a interrumpir la cadena de mando y degradar la coordinación con el fin de limitar la respuesta. Por eso, la capacidad de combinar observación, confirmación y ataque en una misma plataforma adquiere valor dentro de una campaña que busca efectos rápidos sobre la conducción enemiga.
La quinta tarea se vincula con la duración prevista y el control de la escalada, porque autoridades estadounidenses han descrito un dispositivo de combate centrado en buques y aeronaves, con posibilidad de apoyo de bombarderos desde territorio continental. Además, han descrito una ventana temporal que incluye la llegada completa de fuerzas hacia mediados de marzo. Ese horizonte obliga a sostener el ritmo de salidas, mantenimiento y reabastecimiento, y sitúa al F-35C como un elemento que reduce la necesidad de grandes formaciones para cada misión.
Dentro de ese esquema, un número menor de aviones con sensores avanzados puede formar la imagen operativa, asignar blancos y permitir que otros medios ataquen. El F-35C puede cumplir misiones de ataque y, a la vez, actuar como nodo de datos y coordinación en el aire, mientras el portaaviones mantiene la postura política y militar sin dependencia de infraestructura terrestre. En febrero de 2026, con negociaciones, ultimátums y cierres temporales en Ormuz, esa función dual ya visible adquiere peso para proteger fuerzas y ajustar una operación desde los primeros golpes hasta la protección sostenida de rutas marítimas.
