El A-10 ostenta el reconocimiento de ser el único avión de ataque comprobado en combate, ganándose el respeto y la admiración de las tropas terrestres.
Las altas esferas de la Fuerza Aérea han alcanzado un logro significativo, marcando el cumplimiento de una aspiración de larga data: han comenzado a hacer realidad una misión que históricamente consideraban secundaria, proporcionando un apoyo aéreo cercano eficiente a las unidades terrestres.
En un movimiento reciente, la Fuerza Aérea ha relegado dos A-10 “Warthogs” a la condición de fuera de servicio, enviándolos al depósito de la Base Aérea Davis-Monthan en Arizona. Estos representan los primeros de un total de 42 A-10 que serán retirados durante el año, anticipando la baja de los 260 restantes en el futuro cercano.
La infantería de los Estados Unidos se apoya enormemente en la habilidad de sus aviadores para proporcionar fuego de precisión y continuo, crucial para ganar superioridad en el terreno de combate. Esta capacidad de fuego resulta vital especialmente cuando las unidades terrestres se encuentran asediadas por el enemigo y necesitan un rescate inmediato.
Para las fuerzas en el terreno, contar con un apoyo aéreo cercano eficaz puede ser decisivo, inclinando la balanza entre la supervivencia y la fatalidad.

El A-10 ostenta el reconocimiento de ser el único avión de ataque comprobado en combate, ganándose el respeto y la admiración de las tropas terrestres por su habilidad sin paralelo para devastar posiciones enemigas fortificadas. En contraste con el F-35, que pese a ser promocionado como un reemplazo adecuado para misiones de apoyo aéreo cercano aún no ha probado su valía, el A-10 fue concebido específicamente para cumplir con tareas de apoyo aéreo cercano, control aéreo avanzado y operaciones de búsqueda y rescate en combate.
Armado hasta los dientes y con un blindaje robusto, el A-10 demostró su eficacia como destructor de blindados en la Guerra del Golfo en 1991, así como una plataforma de apoyo aéreo cercano de alta eficiencia durante sus numerosas misiones en los conflictos de Irak y Afganistán. A pesar de las retiradas programadas, los A-10 continúan desplegándose para fortalecer la presencia militar estadounidense en Oriente Medio.
La verdadera fortaleza del A-10 no radica únicamente en su potente arsenal, su sistema de triple redundancia o la protección de titanio que salvaguarda la cabina, sino en los pilotos del A-10, quienes han forjado una cultura de especialización en el ataque aéreo, siendo este factor el verdadero pilar del éxito del programa.
La integración del A-10 en las filas de la Fuerza Aérea dio origen a una comunidad de aviadores comprometidos con el apoyo a las unidades terrestres, una dinámica inexistente hasta entonces. Es este legado cultural y conocimiento especializado el que corre el riesgo de desvanecerse, a medida que los A-10 se retiren y queden expuestos a los elementos en el desierto.
La habilidad para brindar un apoyo aéreo cercano es una capacidad crítica que, una vez perdida, podría no recuperarse fácilmente.
Evolución y retos del apoyo aéreo cercano desde la Segunda Guerra Mundial

Durante el conflicto global de la Segunda Guerra Mundial, las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos refinaron sus técnicas de coordinación con las unidades terrestres, desarrollando estrategias de colaboración que han perdurado hasta nuestros días. No obstante, tras el cese de las hostilidades y la constitución de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos como entidad independiente, se produjo un giro estratégico significativo. La nueva fuerza aérea abandonó casi por completo sus capacidades de aviación táctica, inclinándose en cambio por una doctrina centrada en el bombardeo estratégico.
Esta decisión tuvo consecuencias notables al estallar la guerra de Corea, menos de cinco años después. En aquel momento crítico, la capacidad de las Fuerzas Aéreas para proporcionar apoyo aéreo cercano era prácticamente inexistente, una deficiencia que se hizo dolorosamente evidente durante los primeros meses del conflicto. En esta fase, las fuerzas norcoreanas estuvieron a punto de aniquilar a las unidades surcoreanas y estadounidenses, confinándolas a un perímetro defensivo en Pusan.
La carencia de un apoyo aéreo cercano adecuado obligó al Ejército y a la Infantería de Marina, que luchaban en el frente coreano, a depender casi exclusivamente de los aviadores de la Armada. Los bombarderos pesados de la Fuerza Aérea, diseñados para misiones estratégicas, resultaron ineficaces para las necesidades inmediatas del combate cercano.
Pese a las lecciones evidentes de la guerra de Corea, los mandos de la Fuerza Aérea parecieron no asimilar completamente la importancia del apoyo aéreo cercano. Algunos optaron por interpretar el conflicto coreano como una excepción en lugar de como un indicativo de las necesidades futuras. Esta percepción errónea se repitió durante el conflicto en Vietnam, donde las fuerzas estadounidenses volvieron a enfrentarse a la realidad de un combate sin el respaldo de un apoyo aéreo cercano efectivo.
El ciclo de desatención hacia el apoyo aéreo cercano, evidenciado en los conflictos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, subraya una falla crítica en la adaptación y preparación militar, un error que no debería haberse permitido bajo ninguna circunstancia.
Definiendo el futuro del apoyo aéreo cercano en la era post-A-10

Tras la segregación del Ejército del Aire del Ejército de Tierra en 1947, los altos mandos de ambas fuerzas se congregaron para delimitar responsabilidades y misiones dentro del naciente Departamento de Defensa. El Acuerdo de Key West, ratificado por el presidente Harry Truman, estipulaba que las Fuerzas Aéreas asumirían la tarea de brindar apoyo logístico y de combate cercano al Ejército.
La aparente renuencia del Ejército del Aire a cumplir cabalmente con estas obligaciones incitó a un grupo insurgente dentro del Pentágono a intervenir. Su esfuerzo por reformar la institución tuvo éxito manifiesto con la incorporación del A-10 al servicio activo en 1976.
En el transcurso de casi cinco décadas, los intrépidos aviadores del A-10 han evolucionado, refinado y heredado una riqueza de conocimientos y habilidades esenciales para ejecutar misiones de apoyo aéreo cercano, control aéreo avanzado aerotransportado y operaciones de búsqueda y rescate en combate de forma excepcional.
Esta generación de pilotos especializados aseguró que el Ejército de Estados Unidos iniciara los conflictos en el Golfo Pérsico en 1991, en Afganistán en 2001 y en Irak en 2003 con una capacidad robusta de apoyo aéreo cercano.
La decisión de prescindir del A-10 no solo implica la retirada de una aeronave icónica; simboliza la renuncia a la misión de apoyo aéreo cercano en su totalidad. Los manuales de entrenamiento del Ejército del Aire revelan que los aviadores asignados a otras aeronaves reciben una formación mínima en apoyo aéreo cercano. Para los pilotos del F-35, aeronave promocionada como el sucesor del A-10, actualmente no se exige cumplir con ningún programa de entrenamiento específico para esta función crítica.
Esta situación configura un escenario propenso a futuras catástrofes. Al relegar la importancia del apoyo aéreo cercano, se compromete la efectividad y seguridad de las operaciones terrestres, poniendo en riesa la vida de los soldados y la eficacia de las misiones. La Fuerza Aérea se enfrenta al desafío de redefinir y revitalizar esta capacidad esencial, garantizando que las lecciones aprendidas a través de las generaciones de pilotos del A-10 no se desvanezcan en el olvido.
Preservación de la sinergia de armas combinadas: Un imperativo en la era moderna

La futura infantería que participe en conflictos bélicos afrontará la ausencia de la sinergia de armas combinadas, una ventaja táctica crucial proporcionada por el A-10 Warthog y sus misiones especializadas. Esta deficiencia no solo compromete la efectividad en el campo de batalla sino que, lamentablemente, resultará en pérdidas humanas evitables.
Es imperativo reconocer que, mientras haya efectivos estadounidenses en combate, la necesidad de un apoyo aéreo cercano y eficiente permanecerá como un pilar fundamental. No obstante, en un futuro cercano, las tropas estadounidenses desplegadas en teatros de operaciones internacionales podrían verse obligadas a depender de la disponibilidad de munición o combustible restante de las nuevas aeronaves de la Fuerza Aérea, tras ejecutar ataques de largo alcance o durante enfrentamientos prolongados en el terreno.
Los responsables de la decisión de eliminar el A-10 de la flota, como Mark Welsh, James Post, C.Q. Brown, entre otros, se han asegurado un lugar de reproche en las páginas de la historia militar por comprometer una capacidad de combate esencial. Organizaciones como el Project On Government Oversight han documentado y criticado esta tendencia deliberada dentro de los mandos de la Fuerza Aérea para evadir responsabilidades vitales hacia las unidades terrestres.
Es crucial recordar que ningún conflicto en la historia militar de los Estados Unidos se ha resuelto exclusivamente por medio del poder aéreo. Los reportes actuales de los campos de batalla alrededor del mundo corroboran que, incluso en la era del siglo XXI, con el avance en armamento, sensores y tecnología, el éxito sostenido y decisivo aún requiere de la integración y cooperación de las fuerzas terrestres, navales y aéreas.
La dependencia exclusiva en una rama militar sobre las demás es una estrategia que ignora las lecciones aprendidas a través de la historia. La verdadera victoria se logra mediante la aplicación sinérgica de todas las capacidades combinadas.
Aún hay tiempo para que el Congreso intervenga y tome medidas correctivas. La preservación de capacidades como el apoyo aéreo cercano no solo es una cuestión de eficacia militar sino también de responsabilidad hacia aquellos que arriesgan sus vidas en el terreno. La implementación de políticas que aseguren el mantenimiento de una ventaja táctica integral es esencial para el éxito de las futuras operaciones militares y la protección de los efectivos en combate.
Salvaguardar el legado del A-10: más allá del avión

La campaña para preservar el A-10 Warthog nunca se ha centrado exclusivamente en la aeronave en sí, sino en la importancia de conservar la capacidad operativa y la sabiduría institucional arraigada en la comunidad de pilotos de ataque. Reconociendo que la flota actual del A-10 representa una tecnología de una era pasada, lo prudente hubiera sido desarrollar y desplegar una versión modernizada que retuviera las características esenciales que han hecho del A-10 una herramienta insustituible en el teatro de operaciones militares.
La resistencia a reemplazar el A-10 con una aeronave de nueva generación que emule sus capacidades no se justifica por la falta de posibilidades técnicas. No existen obstáculos insuperables que impidan a las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos adquirir un avión del siglo XXI que emule al Warthog en su capacidad para realizar despegues rápidos, resistir el fuego enemigo, sostener operaciones prolongadas en el aire y desplegar un poder de fuego devastador.
Los combatientes estadounidenses del futuro merecen contar con una plataforma que no solo iguale sino que mejore las prestaciones del A-10, garantizando así que la esencia del apoyo aéreo cercano se preserve y evolucione con los avances tecnológicos. La creación de tal aeronave aseguraría que la próxima generación de fuerzas armadas disponga de las herramientas necesarias para enfrentar los desafíos que imponen los modernos campos de batalla, manteniendo la ventaja táctica que el A-10 ha proporcionado históricamente.
Esta visión requiere de una voluntad política y de una inversión estratégica por parte de los líderes militares y del Congreso. La apuesta por una plataforma avanzada que continúe el legado del A-10 es una inversión en la seguridad y eficacia futura de las operaciones militares terrestres de Estados Unidos. La defensa de este proyecto protege una capacidad crítica y honra el compromiso con aquellos que se encuentran en la primera línea de defensa de la nación.