El F-22 refuerza el control del espacio aéreo, protege activos críticos y sostiene la continuidad de una campaña aérea, en un contexto de presión y represalias posibles.
Presión militar en el Golfo y negociación nuclear con plazo fijado
Washington concentró en el Golfo un dispositivo de combate de una escala que no aparecía desde la invasión de Irak de 2003. Ese movimiento elevó la presión política y militar sobre Irán, después de que el presidente Donald Trump hablara de un plazo de 10 a 15 días para alcanzar un acuerdo nuclear y admitiera que evaluaba un ataque limitado. En respuesta, Teherán advirtió que atacaría bases estadounidenses en la región si ocurría una acción militar.
Las conversaciones se estancaron en el punto principal del desacuerdo, centrado en el alcance del enriquecimiento de uranio. En el mismo ciclo, Israel preparó opciones para una acción conjunta sin una decisión final. El Departamento de Estado anunció una reunión de Marco Rubio con Benjamin Netanyahu para el 28 de febrero. Al mismo tiempo, la secuencia del despliegue sugirió un periodo de referencia a mediados de marzo para completar la llegada de fuerzas al teatro.

En ese marco, la utilidad de los F-22 no depende de su empleo como plataforma principal de ataque. Su relevancia se apoya en una exigencia operativa recurrente en cualquier operación aérea contra Irán: asegurar el control del espacio aéreo y sostener la campaña cuando la defensa iraní intenta interrumpirla con acciones en el aire y en la retaguardia. Esa lógica encaja con el aumento de presión que acompaña el despliegue.
En los últimos días de ese periodo, la Casa Blanca ordenó el envío de decenas de aviones de combate adicionales, con una combinación que incluyó F-22 junto con F-35 y F-16. Ese dato permitió deducir una distribución de tareas: los cazas furtivos de superioridad aérea reducen la capacidad de reacción del adversario, mientras otros medios ejecutan ataques de precisión, defensa de punto y cobertura de rutas. La suma de capacidades apuntó a sostener presencia y flexibilidad operativa.

Claves del despliegue y del marco de decisión
- Washington concentró en el Golfo un dispositivo de combate comparable al visto desde 2003.
- Donald Trump mencionó un plazo de 10 a 15 días para un acuerdo nuclear y evaluó un ataque limitado.
- Teherán advirtió que atacaría bases estadounidenses en la región si ocurría una acción militar.
- El Departamento de Estado anunció una reunión de Marco Rubio con Benjamin Netanyahu para el 28 de febrero.
- La secuencia del despliegue sugirió una referencia a mediados de marzo para completar la llegada de fuerzas.
Control del espacio aéreo con tres niveles de misión para el F-22

En una operación estadounidense sobre Irán, el F-22 cumple ante todo un papel de control del espacio aéreo que opera en tres niveles simultáneos. Primero, aporta cobertura a aeronaves que requieren permanencia y exposición prolongadas, como cisternas, plataformas de mando aéreo, aeronaves de reconocimiento y transporte. Ese respaldo reduce la vulnerabilidad del conjunto, ya que sostiene las piezas que permiten alcance, coordinación y persistencia en el tiempo.
En segundo lugar, limita el margen de maniobra de la aviación iraní mediante patrullas de combate que obligan al adversario a operar con mayor cautela. Al despegar con menos libertad, la fuerza aérea iraní asume la posible presencia de un interceptor furtivo a distancia de empleo. Esa presión constante no requiere un ataque directo para imponer costos, porque modifica la conducta del adversario y condiciona sus ventanas de oportunidad.

En tercer lugar, aporta capacidades de detección y fusión de información que alimentan el cuadro táctico de otras unidades. Esa contribución adquiere más valor si el oponente intenta saturar defensas con drones o con vuelos oportunistas sobre el mar. Washington ya recurrió a cazas, incluidos F-22, como parte de refuerzos defensivos durante la guerra Israel–Irán de junio de 2025, con el argumento explícito de proteger fuerzas y aliados ante drones y proyectiles.
Ese empleo se integra a una distribución de tareas en la que el F-22 no aparece como el medio central de ataque, pero sí como el elemento que reduce la capacidad de reacción del adversario. Con ese respaldo, otras plataformas pueden sostener ataques de precisión, defensa de punto y cobertura de rutas. La presencia del F-22, combinada con otros cazas, se orienta a sostener el ritmo de la campaña sin abrir ventanas de vulnerabilidad frente a interceptores o incursiones inesperadas.
Apertura operativa y escolta en el momento de mayor vulnerabilidad inicial

La cobertura aérea se ajusta a la secuencia habitual de una apertura operativa: degradar o inutilizar defensas antiaéreas, abrir corredores y, después, atacar blancos de alto valor. En esa segunda fase aparecen objetivos como el componente naval de la Guardia Revolucionaria, vinculado durante años con amenazas a petroleros y al estrecho de Ormuz. Ese orden establece una prioridad táctica: asegurar condiciones para que el conjunto de fuerzas opere con menor interferencia.
En esa primera jornada, el F-22 no reemplaza a los medios dedicados a atacar radares y baterías, pero sí asume misiones de escolta y despeje del espacio aéreo. De ese modo, reduce la probabilidad de que un interceptor enemigo, una aeronave no identificada o un dron armado ingrese en el eje de avance. Además, cubre transiciones de mayor riesgo, que suelen coincidir con el momento en que los aviones de ataque aún no alcanzan superioridad aérea local.

Con ese patrón, el objetivo operativo consiste en permitir que el resto del conjunto actúe con menos maniobras evasivas y menor exposición a sorpresas. Esa condición reduce consumo de combustible y pérdida de tiempo sobre la ruta, dos variables críticas cuando una campaña depende de reabastecimiento y de ventanas de coordinación. El F-22 actúa como un factor de estabilidad táctica y reduce interrupciones durante el tramo en que todavía se construye el dominio local.
El despliegue de decenas de aviones de combate adicionales, con F-22 junto con F-35 y F-16, reforzó esa lectura de roles diferenciados. Los cazas furtivos de superioridad aérea se orientan a reducir la reacción del adversario, mientras otras aeronaves pueden concentrarse en ataques de precisión, defensa de punto y cobertura de rutas. En conjunto, la estructura sugiere una campaña que prioriza continuidad, control y protección del paquete aéreo.
Defensa de retaguardia ante represalias y continuidad de la campaña

La segunda función del F-22 aparece cuando Irán opta por represalias y desplaza el esfuerzo hacia la retaguardia. Un antecedente cercano se registró el 23 de junio de 2025, cuando Irán lanzó 19 misiles contra la base aérea de Al Udeid, en Qatar, como represalia por bombardeos estadounidenses sobre instalaciones nucleares. Un misil impactó y el resto no superó la defensa, sin bajas reportadas entre personal estadounidense o qatarí.
Ese episodio anticipó un patrón relevante para cualquier operación posterior: Irán puede intentar producir efectos políticos al atacar bases, puertos y concentraciones logísticas, incluso si el centro de gravedad de la campaña se encuentra lejos. En esa lógica, el F-22 contribuye a proteger los elementos que sostienen la continuidad de la operación aérea, con foco en pistas, reabastecimiento, mando y capacidad de salida sostenida. La prioridad pasa por evitar que un golpe en retaguardia obligue a suspender el ritmo de salidas.

Las medidas de enero y febrero de 2026 apoyaron esa lectura defensiva. Qatar confirmó pasos precautorios en Al Udeid, incluida la salida de parte del personal, y diplomáticos describieron un cambio de postura más que una evacuación. En paralelo, el mando estadounidense anunció en enero la apertura en Al Udeid de una célula de coordinación destinada a reforzar la defensa antiaérea y antimisil integrada con socios regionales.
Ya en febrero, imágenes satelitales indicaron que fuerzas estadounidenses instalaron misiles Patriot sobre camiones para aumentar movilidad y que la base amplió su parque aéreo. La presencia visible incluyó plataformas de reconocimiento, transporte y reabastecimiento, además de un aumento de cisternas y aviones de carga frente a enero. Con esos elementos, el F-22 encaja como componente aéreo de una defensa escalonada que busca detectar e interceptar amenazas antes de que obliguen a frenar operaciones.
Presencia disuasiva y control de incidentes en un espacio aéreo tensionado

Un tercer nivel, menos visible, se relaciona con el control del comportamiento del adversario en el espacio aéreo. A comienzos de febrero de 2026, un F-35 derribó un dron iraní que voló hacia el portaaviones Abraham Lincoln con conducta descrita como “agresiva”. Ese mismo día, fuerzas iraníes hostigaron a un petrolero con bandera estadounidense en el estrecho de Ormuz, episodio que obligó a una escolta naval.
Incidentes de ese tipo no exigen que el F-22 emplee munición para producir efectos, pero sí exigen presencia, patrulla y capacidad de respuesta rápida si un contacto cruza umbrales operativos predefinidos. La utilidad se apoya en la posibilidad de reaccionar sin avisos largos, con una plataforma que reduce el margen del adversario para operar con ambigüedad. En ese sentido, el F-22 actúa como un elemento que impone cautela y reduce la probabilidad de escalada por acumulación de contactos.
En Siria, años antes, aviones F-22 realizaron acciones de advertencia para reducir el riesgo en un espacio aéreo con múltiples actores armados. El Pentágono suele considerar esa experiencia aplicable a teatros donde coexisten contención y posibilidad de escalada. Ese antecedente ayuda a entender por qué la misión del F-22 puede concentrarse en patrullar, controlar y responder, aun cuando otras plataformas ejecuten el volumen principal de ataques o de vigilancia.
Además, el despliegue adelantado del F-22 cumple una función político-operativa que Washington repitió en crisis previas. En febrero de 2022, el Pentágono envió F-22 a una base en Emiratos Árabes Unidos tras ataques con misiles y drones contra Abu Dhabi, con una orden de despliegue acelerado coordinada con el liderazgo emiratí. El objetivo declarado consistió en reforzar defensas y apoyar a la fuerza anfitriona, bajo presión inmediata.
Refuerzo inmediato, blancos endurecidos y equilibrio entre ataque y protección
Ese precedente importa porque muestra el uso del F-22 como refuerzo inmediato: su llegada modifica el nivel de riesgo, cubre un periodo de vulnerabilidad y permite que otros activos asuman tareas específicas sin dedicación permanente a la defensa antiaérea de punto. En una crisis con Irán, ese criterio facilita que Washington asigne otros aviones a ataque o vigilancia, mientras el F-22 mantiene superioridad aérea y reduce la probabilidad de incidentes inesperados.
La tensión de febrero de 2026 añadió un factor material que condiciona el papel del F-22. Irán reparó y reforzó instalaciones sensibles tras ataques de 2024 y tras la guerra de 12 días del año siguiente, con obras de protección, túneles y reconstrucción visibles en imágenes satelitales. Esa evolución obliga a combinar ataques sobre blancos endurecidos con una defensa robusta ante represalias y una presencia aérea que limite la escalada por incidentes.
Con ese equilibrio, el F-22 actúa como componente principal del control del perímetro aéreo del conjunto de fuerzas y como elemento que reduce interrupciones en las bases desde donde despegan los aviones destinados a ejecutar los ataques. Esa misión conecta el inicio de la campaña con su sostenimiento, ya que protege rutas, reabastecimiento y mando. El resultado buscado consiste en preservar el ritmo de salidas aun cuando el adversario intente trasladar la presión a la retaguardia.
Al cierre de ese periodo, Irán preparó una contrapropuesta para las conversaciones y Washington mantuvo el despliegue previsto para completarse hacia mediados de marzo, con el F-22 integrado en esa postura de presión y cobertura. En ese esquema, el caza no define por sí solo el ataque, pero sí sostiene las condiciones que permiten que el resto de la fuerza opere con continuidad. Su papel se concentra en proteger, disuadir y asegurar superioridad aérea en un teatro con riesgo de represalias.
