Dimona, el principal reactor nuclear de Israel, se ha instalado como uno de los puntos más sensibles de la escalada con Irán. Levantado en el desierto del Néguev durante la década de 1960 con apoyo de Francia, el complejo arrastra desde hace años la misma atribución: ser la instalación donde se produciría el plutonio destinado a las ojivas nucleares israelíes.
Israel nunca ha reconocido de manera oficial la existencia de un arsenal atómico. Aun así, para especialistas Dimona funciona como el eje práctico de esa capacidad militar. Las estimaciones sobre el tamaño de ese arsenal varían ampliamente: se ubican entre 80 y 400 armas nucleares.
Para Teherán, el reactor condensa la prueba del dominio nuclear israelí en la región. En medio del deterioro de la confrontación bilateral, desde marzo de 2026 Irán ha emitido amenazas dirigidas a esta instalación. En los episodios más recientes, los misiles activaron las sirenas en Dimona, en una secuencia presentada como represalia por bombardeos israelíes contra instalaciones iraníes.
El valor estratégico del reactor no se mide solo por lo que representa, sino por lo que podría desencadenar un impacto directo. Un ataque sobre Dimona abriría la posibilidad de contaminación radiactiva por plutonio y combustible gastado, con riesgo para la población del Néguev y con la capacidad de cruzar una de las líneas rojas más graves para el Estado israelí.
Incluso un golpe parcial tendría un alcance político y militar que excedería el daño material. Un ataque exitoso forzaría el fin de la ambigüedad nuclear de Israel y quebraría uno de los tabúes centrales de Oriente Medio en materia de disuasión atómica.
Ese mismo escenario podría empujar a los Estados del Golfo a acelerar sus propios programas estratégicos, aumentar la implicación de Estados Unidos en la guerra y sacudir los mercados petroleros. En ese marco, Dimona queda expuesto como la última póliza de seguro de Israel y, al mismo tiempo, como el blanco que empuja a Oriente Medio hacia un umbral todavía más peligroso.
