Durante años, Jeffrey Epstein se convirtió en blanco de teorías conspirativas. Varias lo presentaron como colaborador del Mossad, lo describieron como “el mayor aliado de Israel” y vincularon sus delitos con el Talmud. Esas versiones circularon de forma persistente en internet y en debates públicos.
Sin embargo, la última tanda de archivos del caso Epstein no sostiene esas imputaciones. Pese a ello, su divulgación reactivó una hostilidad antisemita y antiisraelí que aparece tanto en sectores de izquierda como , con mensajes que aprovechan el caso para atacar a judíos e Israel.
En ese contexto, “Bien podrían llamarlos los archivos de Israel”, afirmó el popular streamer de extrema izquierda Hasan Piker. El comentario se propagó en redes sociales y se incorporó a publicaciones que vinculan la divulgación documental con Israel, pese a que el material no respalda las acusaciones reiteradas.
También se difundió el comentario de la personalidad de internet y exestrella de MMA Jake Shields: “El libelo de sangre pega muy distinto después de leer los archivos Epstein. Los goyim lo saben”. Ese mensaje reforzó la carga antisemita que varios usuarios atribuyeron a la discusión.
Los archivos Epstein agrupan documentos que investigadores recopilaron sobre el depredador sexual y financiero, ya muerto, desde su arresto en 2005 por abusar de niñas. El conjunto traza, además, la vasta red internacional de relaciones influyentes que lo rodeó durante años en distintos ámbitos públicos.
El archivo suma millones de documentos y muchos no se relacionan con la trata sexual. Revisarlos exige tiempo y esfuerzo: los textos aparecen sin contexto, muestran nombres censurados, repiten materiales y adoptan formatos que complican las búsquedas. Los investigadores registran pistas recibidas, acierten o no.
En numerosos casos, la veracidad de lo consignado resulta imposible de comprobar. Ese volumen abrumador dificulta armar relatos coherentes y precisos, pero facilita la selección interesada y su circulación en redes sociales. A la dificultad de refutar se suma un terreno fértil para la conspiración.
En ese marco se instaló la acusación de que Epstein actuó como agente de inteligencia israelí. La promovieron figuras como Tucker Carlson, quien en una cumbre el año pasado dijo que Epstein trabajaba para un “gobierno extranjero”, sin mencionar a cuál se refería en concreto.
En esa misma intervención, Carlson dijo: “Nadie puede decir que ese gobierno extranjero es Israel”. El comentario se citó después en publicaciones que retomaron su insinuación sobre un vínculo con Israel, dentro de una discusión que se alimenta de fragmentos sueltos del archivo en redes sociales.
El Mossad se menciona con frecuencia en los archivos, junto con la CIA, los servicios de inteligencia británicos y la KGB. En casi todos los casos, esas referencias provienen de artículos de prensa que Epstein recibía por correo electrónico. Israel aparece en miles de documentos, pero con menor frecuencia que Rusia, China, Canadá y Francia.
En uno de esos correos, después de recibir una invitación para viajar a Israel, Epstein la rechazó con una respuesta tajante: “No me gusta Israel. EN ABSOLUTO”. La nota quedó incorporada al conjunto documental y se citó en discusiones que buscaban evaluar su postura personal.
El Mossad también surge en parte de la correspondencia personal de Epstein. No obstante, esos intercambios no ofrecen indicios de que trabajara para esa agencia. Las menciones aparecen como comentarios sueltos o referencias indirectas, sin elementos que acrediten un vínculo operativo con los servicios de inteligencia israelíes.
Epstein mantuvo amistad con el exprimer ministro Ehud Barak y se reunió con él decenas de veces. Ese vínculo se conoce desde hace años y forma parte de los contactos políticos atribuidos al financiero. La relación reaparece en varios documentos y en mensajes que ambos intercambiaron.
En 2018, al coordinar por correo una reunión, Epstein escribió a Barak: “Deberías dejar claro que no trabajo para el Mossad”, seguido de un emoticono sonriente. Para entonces ya circulaban los primeros rumores sobre supuestos lazos con la inteligencia israelí, que el propio correo aludía.
En 2017, Barak preguntó a Epstein si otro conocido “¿llegó a los tipos del Mossad a través de ti?”. Más tarde, Epstein consultó, quizá por confusión, si Barak ayudó a facilitar trabajos con exagentes del Mossad. Barak pidió que lo llamara, pero Epstein no atendió.
Una grabación de audio de más de tres horas, que recogió una conversación entre Epstein y Barak, llamó la atención por su banalidad. En ese intercambio privado no apareció ninguna mención al Mossad. El contenido no aportó elementos sobre inteligencia y se limitó a asuntos cotidianos.
Más allá de su relación con Barak, Epstein trató con otros líderes mundiales. Entre ellos figuraron el presidente estadounidense Donald Trump, el expríncipe Andrew del Reino Unido y críticos acérrimos de Israel, como Noam Chomsky. Los documentos reflejan contactos diversos en entornos políticos y académicos.
Otras imputaciones que aparecen en los archivos proceden de fuentes desconocidas y no incluyen pruebas. Los investigadores registraron mensajes y señalamientos que llegaron a sus manos, aun cuando se presentaron como rumores. En varios pasajes, los documentos solo trasladan sospechas sin información verificable que las respalde.
Un remitente identificado como Mark Iverson escribió en 2021, después de la muerte de Epstein, que sospechaba que Epstein, su pareja Ghislaine Maxwell y el padre de esta, Robert Maxwell, “eran todos agentes del Mossad”. Basó su argumento en el funeral de Robert Maxwell en Israel. El destinatario del correo aparece censurado.
Otro mensaje citó a una fuente anónima que decía tener un supuesto soplo al FBI. Según el texto, esa persona había estado “convencida de que Epstein era un agente del Mossad cooptado”, pero el correo no aportó datos adicionales. La afirmación quedó sin soporte documental y sin identificación de quien la transmitió.
Ambas acusaciones se formularon como sospechas. Es posible que quienes las emitieron recibieran la influencia de las mismas conspiraciones antisemitas sobre judíos intrigantes que impulsaron a comentaristas a difundir esas versiones después de publicarse los archivos. El material, por sí mismo, no confirma esos señalamientos.
Con esas menciones se agotan las referencias al Mossad entre millones de documentos. No es imposible que Epstein tuviera vínculos con la inteligencia israelí, pero en medio de montañas de material no aparecen pruebas. La ausencia de evidencias concretas contrasta con la seguridad con que algunas voces presentan la acusación.
Los archivos también reúnen afirmaciones ajenas al caso: desde la idea de que la Tierra fue plana en el pasado hasta alusiones a una abducción extraterrestre. También aparece la noción de que los humanos podían controlar el clima “con los superláseres”. Ese tipo de entradas muestra el carácter heterogéneo del archivo.
Como ocurrió con entregas anteriores del caso, la difusión de esta semana desencadenó otra oleada de conspiraciones centradas en el Mossad. Las versiones circularon desde medios estatales iraníes hasta influencers de la Generación Z. En plataformas sociales, la mezcla de datos y rumores alimentó lecturas que apuntan a Israel.
Las declaraciones vinculadas a esa discusión reactivaron la llamada teoría de la herradura del antisemitismo. Según esa tesis, el espectro político no forma una línea recta, sino casi un círculo, y la extrema izquierda y convergen, en especial en lo referido a judíos e Israel.
Carlson encarna ese patrón: su hostilidad hacia Israel coincide con posiciones de invitados de izquierda como la relatora especial de la ONU para los palestinos Francesca Albanese y Ben Cohen, de Ben & Jerry’s. En ese cruce, sus conversaciones reunieron voces distantes que compartieron acusaciones y alusiones sobre Israel.
El viernes, Carlson invitó al activista progresista Cenk Uygur a su programa. Conversaron sobre los “archivos Epstein, JFK y 9-11” y enlazaron los tres episodios con Israel y con la guerra de Irak. La charla presentó el caso como parte de un relato más amplio de poder y geopolítica.
Durante esa conversación, Uygur sostuvo sobre Epstein: “No hay ninguna duda al respecto. Definitivamente es inteligencia, y en cada momento busca ayudar a un país y es Israel”. Su afirmación se incorporó a la cadena de interpretaciones que atribuye intenciones estatales a los vínculos de Epstein sin exhibir evidencias en los documentos.
Carlson cerró con una reflexión: “Te da la sensación de que revela la superestructura subyacente. Te ofrece un vistazo a cómo se ejerce el poder a nivel global”. La frase condensó el enfoque del programa: leer la publicación como ventana a redes de influencia, pese a la falta de pruebas sobre el Mossad.
