En enero de 2026, la posibilidad de acción militar de Estados Unidos contra Irán recupera relevancia, con el B-2 Spirit como factor operativo clave por su rol en ataques de 2025.
Relevancia estratégica del B-2 Spirit en tensiones con Irán durante 2026
En enero de 2026, la posibilidad de una nueva acción militar de Estados Unidos contra Irán recuperó relevancia en la agenda estratégica en Washington. Ese cambio no respondió a un anuncio formal de operaciones, sino a una secuencia de hechos verificables: amenazas públicas del presidente Donald Trump sobre una eventual intervención, advertencias iraníes de represalias contra bases estadounidenses y, como medida de protección, el inicio de traslados de personal y equipos en instalaciones militares de la región.
En ese marco, el bombardero B-2 Spirit volvió a figurar como factor operativo relevante, ya que en junio de 2025 sostuvo el ataque estadounidense contra instalaciones nucleares iraníes y reúne capacidades que no aparecen en otras plataformas. El B-2 no funciona como un elemento retórico dentro del arsenal estadounidense, sino como un sistema de armas con atributos concretos que condicionan la planificación.
La Fuerza Aérea de Estados Unidos lo define como un bombardero polivalente apto para munición convencional y nuclear, con características de baja observabilidad, alcance intercontinental y capacidad de penetración frente a defensas avanzadas; su autonomía sin reabastecimiento se sitúa en torno a 6.000 millas náuticas y su base operativa es Whiteman (Misuri).

Ese diseño técnico resulta especialmente pertinente en el caso iraní, porque las instalaciones más protegidas del programa nuclear, en particular las construidas bajo roca, han sido descritas por fuentes oficiales y técnicas como objetivos que requieren municiones de penetración de gran potencia, asociadas de forma recurrente al empleo del B-2.
Características técnicas y operativas del bombardero B-2 Spirit
- Autonomía sin reabastecimiento en torno a 6.000 millas náuticas.
- Base operativa principal en Whiteman, Misuri.
- Inventario de 20 aparatos en activo con uno de pruebas.
- Capacidades de baja observabilidad y penetración en defensas avanzadas.
Despliegues del B-2 en 2025 y preparación para operaciones en Irán
La Fuerza Aérea opera una flota reducida: la ficha técnica oficial consignó un inventario de 20 aparatos en activo (con uno de pruebas) con fecha de referencia de 2015, y su despliegue no suele responder a rutinas ordinarias. En 2025 se observaron dos modalidades: el estacionamiento temporal en una base avanzada, con el fin de acortar distancias y sostener ritmos de vuelo, y la ejecución de misiones de ida y vuelta desde Estados Unidos, siempre que el dispositivo de reabastecimiento en vuelo y la coordinación de escoltas resulten viables.
Ese margen de opciones quedó documentado, primero, con el despliegue a Diego García en primavera de 2025 y, después, con la operación de junio ejecutada desde Whiteman. En marzo y abril de 2025, en plena campaña estadounidense de bombardeos contra objetivos hutíes en Yemen y con tensiones simultáneas con Teherán, Reuters informó, según funcionarios estadounidenses, de la reubicación de hasta seis B-2 en la base conjunta de Estados Unidos y el Reino Unido en Diego García, en el océano Índico.
El 10 de abril, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, evitó caracterizar el despliegue como “mensaje” dirigido a Irán y afirmó que Teherán debía interpretarlo por sí mismo. El 1 de abril, Reuters encuadró ese movimiento en una ampliación de activos aéreos en Oriente Próximo y en una presión política explícita de Trump dentro del contencioso nuclear. La relevancia de Diego García deriva de su función logística: la instalación ha servido de forma recurrente como base para operaciones de largo alcance en el espacio que conecta el océano Índico con el golfo Pérsico.

La magnitud del despliegue contó con respaldo adicional mediante análisis de imágenes satelitales citados por Associated Press, que identificaron al menos seis B-2 en la isla a comienzos de abril. Semanas más tarde, el 12 de mayo, Reuters informó de que el Pentágono sustituía los B-2 por otro tipo de bombardero en esa ubicación, un cambio compatible con la idea de un despliegue temporal y ajustable, no con una presencia permanente en la zona. Ese ciclo de despliegue y relevo antecedió por meses a la guerra de junio de 2025 entre Israel e Irán y a la entrada directa de Estados Unidos en la campaña contra sitios nucleares.
Operación Martillo de Medianoche y evaluación de daños en instalaciones iraníes
En Washington, la preparación militar se hizo visible antes de la decisión final. El 19 de junio de 2025, Reuters informó de que la Casa Blanca afirmaba que Trump decidiría “en dos semanas” si Estados Unidos se implicaría en la guerra aérea. Dos días después, Reuters reveló que varios B-2 se trasladaban a Guam, en el Pacífico, según dos funcionarios estadounidenses, sin confirmación sobre un vínculo directo con la guerra; la misma información añadía que observadores consideraban un posible regreso a Diego García por su utilidad para operar sobre Oriente Próximo.
Reuters situó además, en ese período, movimientos complementarios: reposicionamiento de aviones cisterna y refuerzos navales en tránsito. La madrugada del 22 de junio de 2025, el componente esencial de esa disposición de fuerzas tomó forma en la operación denominada “Martillo de Medianoche”. Reuters describió la operación como un ataque sorpresa contra los tres principales complejos nucleares iraníes, con una maniobra de engaño: mientras se observaba a bombarderos en dirección a Guam, el grupo de ataque de siete B-2 voló hacia el este durante unas 18 horas, con silencio radioeléctrico y reabastecimientos en vuelo; de manera sincronizada, un submarino estadounidense lanzó misiles de crucero Tomahawk y los cazas cumplieron funciones de señuelo.

La Fuerza Aérea, en su comunicación pública de aquel día, presentó la misión como una acción destinada a impedir que Irán desarrollara un arma nuclear. En términos de munición, el episodio marcó un dato verificable: el primer uso operacional de la GBU-57, una bomba convencional de penetración de 30.000 libras que Estados Unidos asocia a blancos “endurecidos y profundamente enterrados”. Reuters y otros medios estadounidenses recogieron que los B-2 lanzaron 14 de estos penetradores masivos durante el ataque, mientras que los Tomahawk complementaron la acción sobre el complejo de Isfahán.
Ese detalle técnico ayuda a explicar por qué el B-2 mantiene relevancia en escenarios futuros: el debate público de 2025 vinculó de forma explícita esa munición y ese tipo de objetivos a la disponibilidad del Spirit como plataforma de empleo. La ejecución de una misión de ese tipo también aportó información sobre el modo de operación del bombardero. Reuters publicó, días después, un reportaje centrado en la preparación cotidiana para vuelos de larga duración, con atención a la logística de tripulaciones, alimentación y rutinas dentro de la aeronave, y añadió un dato de costo operativo por hora citado en documentación del Pentágono.
Análisis posterior al ataque e incertidumbres nucleares en enero de 2026
Ese reportaje destacó un elemento necesario para interpretar los desplazamientos del B-2: aunque el despliegue en bases avanzadas puede aparecer en imágenes satelitales, la preparación real depende de una cadena que incluye aviones cisterna, planificación de rutas y un nivel de discreción operativa que limita la capacidad de anticipación pública, incluso cuando existen señales parciales. Tras los bombardeos, la discusión pública pasó de los métodos de ataque a la evaluación de daños.
Reuters sintetizó en enero de 2026 que los ataques alcanzaron las tres plantas de enriquecimiento de uranio (dos en Natanz y una en Fordo, bajo una montaña) y un complejo amplio en Isfahán con instalaciones del ciclo del combustible y un área subterránea donde, según diplomáticos citados por la agencia, se habría almacenado parte del uranio enriquecido. El OIEA no recibió acceso a las instalaciones bombardeadas desde el ataque; sí inspeccionó otras que no resultaron dañadas, pero el estado exacto de Natanz y Fordo quedó descrito como incierto, con la planta piloto sobre superficie en Natanz dada por destruida y con daños probables en complejos subterráneos.

El asunto más sensible, por su relación directa con el riesgo nuclear, fue el destino del material enriquecido. Reuters indicó que el OIEA estimaba que Irán tenía 440,9 kilogramos de uranio enriquecido al 60% cuando comenzó el bombardeo y que, sin un informe iraní sobre lo ocurrido en las instalaciones atacadas y sobre sus existencias, el organismo no podía verificar qué cantidad se destruyó, qué cantidad se trasladó o qué cantidad permaneció en su lugar.
Associated Press, en un análisis publicado en el contexto de las protestas de 2026, subrayó que el OIEA reconoció la pérdida de “continuidad de conocimiento” sobre inventarios declarados en instalaciones afectadas y que seguía sin disponer de información verificable sobre la localización de ese material. Ese contexto ayuda a entender por qué, a comienzos de 2026, el temor regional a una nueva acción militar estadounidense volvió a asociarse a la disponibilidad del B-2 como opción operativa.
Amenazas actuales y rol continuo del B-2 en crisis nuclear iraní
El 14 de enero, Reuters informó de que los gobiernos árabes del golfo mostraban alarma ante la posibilidad de ataques estadounidenses y de que Estados Unidos retiró parte de su personal en la región después de que un alto funcionario iraní afirmara que países vecinos habían sido advertidos de que bases estadounidenses recibirían ataques en represalia. Al día siguiente, The Washington Post detalló que el Pentágono reubicaba personal y equipo desde instalaciones clave, incluida Al Udeid, en Qatar, una base que aloja miles de efectivos y donde, según el propio diario, operan distintos tipos de aeronaves, entre ellas bombarderos, aviones cisterna y aparatos de vigilancia.
En ese mismo marco, Reuters consignó que Trump no descartó una intervención militar y que las amenazas de intervención se intensificaron en paralelo a la represión de las protestas iniciadas a finales de diciembre. La dimensión nuclear apareció en el debate público como un riesgo documentado por las propias fuentes: Reuters subrayó, con base en el OIEA, la incertidumbre sobre el estado del material enriquecido y la falta de acceso a las instalaciones bombardeadas; AP añadió que analistas advertían sobre riesgos de seguridad del material en escenarios de inestabilidad interna.

En ese contexto, la relevancia del B-2 no depende de una predicción sobre el curso de la crisis, sino de un antecedente operativo demostrado: en junio de 2025, la plataforma seleccionada para penetrar y atacar los objetivos nucleares más protegidos fue el B-2. A diferencia de la primavera y el verano de 2025, cuando Reuters y AP documentaron despliegues concretos a Diego García y traslados a Guam, en enero de 2026 los hechos disponibles en fuentes públicas de alta reputación describieron sobre todo medidas de protección y reposicionamiento de personal y equipos, junto con amenazas y advertencias cruzadas.
Esa limitación de información también define el cuadro disponible: la experiencia de “Martillo de Medianoche” mostró que la maniobra de engaño y el silencio de comunicaciones formaron parte integral del plan, y que los movimientos visibles no siempre señalan el eje real de una operación. En el estado verificable más reciente, el OIEA seguía sin acceso a las instalaciones bombardeadas y esperaba de Irán un informe calificado como “urgente y atrasado” sobre el destino de su uranio enriquecido; Reuters recogió que, sin esa verificación, la magnitud del retroceso del programa nuclear continuaba bajo discusión, incluso dentro de la evaluación técnica internacional.
En este expediente, la participación del B-2 queda resumida en dos hechos documentados: el despliegue previo a una crisis, visible en Diego García, y el empleo central en el ataque de junio de 2025 contra Natanz, Fordo e Isfahán. A partir de enero de 2026, el desarrollo posterior depende de decisiones políticas y militares que no han quedado formalizadas públicamente, pero los hechos documentados se mantienen: cuando Washington plantea ataques contra instalaciones nucleares profundamente enterradas en Irán, el B-2 constituye la plataforma que ya se empleó para ejecutar ese tipo de operación.
