El despliegue y el precedente de 2025 reactivan el valor del B-2 y la GBU-57 para golpear sitios nucleares iraníes profundamente enterrados.
El precedente de 2025 coloca al B-2 en el cálculo regional con Irán
En febrero de 2026, Irán advirtió que respondería a un ataque con golpes contra bases militares de Estados Unidos en Oriente Próximo. Washington incrementó su presencia naval y mantuvo una vía de conversaciones indirectas en Omán. El antecedente inmediato fue junio de 2025, cuando bombarderos B-2 Spirit participaron en una operación contra Fordo, Natanz e Isfahán. Ese hecho devolvió la penetración estratégica estadounidense al centro del cálculo regional para ambos gobiernos.
El B-2 pesa en ese análisis por el tamaño de su flota y por su misión. La Fuerza Aérea de Estados Unidos mantiene 20 aparatos, con base principal en Whiteman, Misuri, y los asigna a ataques a gran distancia con baja observabilidad. La documentación oficial atribuye esa cualidad a firmas reducidas, un diseño de ala volante, materiales compuestos y recubrimientos. También fija un alcance sin repostaje de unas 6.000 millas náuticas.
El Congreso, al describir el componente de bombarderos estratégicos, subraya el valor político y militar de una presencia visible de bombarderos durante una crisis. Esa visibilidad se apoya en la capacidad de transportar armamento convencional y nuclear, y en la señal que produce sobre plazos de acción. Con solo 20 unidades, cada salida, despliegue o rotación concentra atención y condiciona el cálculo sobre riesgos y escalada en el teatro de Oriente Próximo.

La conexión con objetivos en Irán depende de esa baja observabilidad y del tipo de blanco. En el inventario convencional, el B-2 figura como plataforma certificada para la GBU-57 Massive Ordnance Penetrator, orientada a objetivos endurecidos y profundamente enterrados. Referencias públicas de 2025 describieron Fordo como instalación bajo montaña, a 80 o 100 metros, y Natanz como complejo subterráneo con mayor profundidad según túneles. Esa combinación crea un efecto que otras plataformas no igualan.
Factores que vuelven decisiva la opción del B-2 en Irán
- Flota de 20 aparatos basada en Whiteman, Misuri, con empleo para ataque a gran distancia.
- Alcance sin repostaje de unas 6.000 millas náuticas, con capacidad para reabastecimiento en vuelo.
- Certificación para la GBU-57 Massive Ordnance Penetrator contra objetivos endurecidos y enterrados.
- Referencias de 2025 sitúan Fordo bajo montaña a 80–100 metros y describen a Natanz con estructuras subterráneas.
- La visibilidad de bombarderos durante crisis aporta valor político-militar por su carga convencional y nuclear.
Despliegues a Diego García y rotaciones que amplían la incertidumbre
En marzo de 2025, Estados Unidos trasladó hasta seis B-2 a Diego García, base del océano Índico con radios de acción hacia Oriente Próximo. El movimiento coincidió con una campaña aérea en Yemen y con mayor presión sobre el gobierno iraní. El secretario de Defensa evitó presentarlo como un mensaje explícito, pero el traslado colocó una parte relevante de una flota limitada en un punto de apoyo cercano para una crisis en curso.
Esa postura mostró capacidad de salida, permanencia y retorno desde un enclave próximo. Con Diego García, Washington redujo distancias y abrió opciones para misiones de ida y vuelta con apoyo logístico local. En una flota de 20 aparatos, la concentración de varios B-2 en una sola base altera la disponibilidad global y eleva la señal de preparación, incluso sin declaraciones públicas sobre su empleo ante los objetivos nucleares más protegidos.

En mayo de 2025, funcionarios estadounidenses describieron el relevo de los B-2 por B-52 en Diego García, mientras el Pentágono invocó su política de no detallar ajustes de postura. La sustitución no borró la señal previa; al contrario, la precisó. Estados Unidos podía retirar el activo de mayor sensibilidad y mantener el soporte logístico, con incertidumbre sobre un nuevo despliegue de B-2 cuando lo exigiera la crisis en el mismo teatro regional.
Esa flexibilidad explica por qué una rotación no cierra la opción operativa. El B-2 puede salir desde bases avanzadas y también desde el territorio continental de Estados Unidos si cuenta con repostaje en vuelo. Por eso, un retiro visible puede convivir con la posibilidad de un regreso rápido. Para Irán, esa ambigüedad impone costes defensivos y acorta plazos ante la amenaza de otra penetración sobre instalaciones subterráneas como Fordo, Natanz e Isfahán.
La operación de junio y la crisis de verificación tras los ataques
El 13 de junio de 2025, Israel inició una campaña aérea contra objetivos en Irán que derivó en una guerra de 12 días. En ese periodo, el director del organismo nuclear de la ONU informó al Consejo de Seguridad sobre la destrucción de una planta piloto de enriquecimiento en superficie en Natanz. Durante los combates, el sistema de verificación perdió visibilidad del conjunto del programa, e Irán anunció “medidas especiales” para proteger materiales y equipos.
Cuando Estados Unidos intervino en la fase final, organizó una operación con maniobra de distracción. Observadores detectaron B-2 con rumbo a Guam, pero la fuerza principal tomó dirección hacia el este. Siete B-2 mantuvieron comunicaciones mínimas, recibieron repostaje en vuelo y cubrieron unas 18 horas hasta el área de operación. Al llegar, un submarino estadounidense lanzó más de dos decenas de misiles Tomahawk y cazas volaron por delante para señuelo y cobertura.

La operación incluyó más de 125 aeronaves y empleó 75 municiones guiadas de precisión. Los B-2 lanzaron 14 GBU-57 de 30.000 libras contra Fordo, Natanz e Isfahán, con énfasis en los blancos endurecidos. La autoridad militar estadounidense afirmó que las defensas iraníes no mostraron una respuesta visible durante la misión, ni con cazas ni con sistemas tierra-aire. Ese mismo relato habló de daños “extremadamente severos” y de un impacto significativo en el programa.
En conjunto, el alcance, la baja observabilidad, la munición penetrante y la coordinación aérea redujeron el tiempo de reacción de Irán a un margen mínimo. La secuencia dejó la penetración como hecho ya ejecutado y obligó a recalcular la vulnerabilidad de instalaciones subterráneas. El precedente también mostró el coste de sostener defensas sobre rutas, repostajes y apoyos en una misión de larga distancia, con un activo que puede salir desde bases avanzadas o desde Estados Unidos.
El dilema de 2026: disuasión, bases regionales y negociación nuclear
Después de la operación, la atención pasó de los daños a las existencias. Imágenes satelitales mostraron marcas e impactos en la zona de Fordo, pero el organismo nuclear de la ONU evitó concluir sobre el daño subterráneo inmediato. El director del organismo afirmó que las centrifugadoras en Fordo probablemente sufrieron daños y, a la vez, reconoció incertidumbre sobre la destrucción de existencias de uranio enriquecido y sobre su ubicación durante los meses posteriores.
El organismo utilizó una métrica según la cual el material enriquecido hasta el 60% queda en un nivel que, si Irán lo enriquece más, alcanzaría para varias armas. La discusión se aumentó porque el Parlamento iraní aprobó la suspensión de inspecciones. Esa decisión dejó sin acceso a los verificadores durante meses y complicó la reconstrucción de una cadena de custodia sobre los materiales en Fordo, Natanz e Isfahán, fuera de inspección plena.

La crisis de verificación se formalizó en septiembre de 2025, cuando Irán y el organismo nuclear de la ONU anunciaron un marco para que vuelvan las inspecciones, sin detallar modalidades. Teherán advirtió que su continuidad dependería del entorno de sanciones. En ese mismo periodo, las instalaciones bombardeadas siguieron fuera de alcance para una inspección plena a corto plazo, y cualquier negociación quedó condicionada por la cadena de custodia del material enriquecido.
En 2026, el efecto clave no es solo un retorno de B-2, sino su disponibilidad como opción. Irán advirtió sobre ataques contra bases estadounidenses en la región y condicionó su postura a conversaciones nucleares limitadas al enriquecimiento. Estados Unidos sostuvo presión con presencia naval y con el precedente de una operación que requirió parte de su flota de 20 aparatos. Cada preparación de B-2 acorta plazos, incrementa riesgos y encarece la defensa de instalaciones subterráneas.
