En un clima de negociaciones tensas y despliegues militares, la GBU-57 vuelve vulnerables los complejos subterráneos y reduce el margen político y defensivo de Teherán.
La GBU-57 cambia el cálculo de riesgo al volver atacables los refugios
El cálculo de riesgo del régimen iraní se concentra en la GBU-57, conocida como Massive Ordnance Penetrator, porque vuelve alcanzables desde el aire los refugios subterráneos. En un escenario de negociaciones nucleares tensas, despliegues navales estadounidenses y preparación declarada para una campaña aérea y naval prolongada, esa munición afecta el eje defensivo de la infraestructura nuclear y de parte del sistema militar iraní. Con ello, expone capacidades críticas y estrecha el margen político del poder en Teherán.
La reacción iraní ya aparece en el terreno mediante obras que buscan reducir vulnerabilidades ante golpes de penetración y ante operaciones terrestres rápidas. Imágenes satelitales comerciales de las últimas semanas muestran reparaciones y endurecimiento en instalaciones que concentran atención militar. La lógica de esas intervenciones parte de una premisa: si la profundidad deja de ser garantía, la supervivencia de nodos enterrados pasa a depender de accesos, cámaras y puntos identificables desde el exterior.
En ese contexto, la GBU-57 representa una capacidad que Israel no posee por sí solo y que Estados Unidos integra con aviación de largo alcance. Pertenece a la clase de 30.000 libras y prioriza la penetración antes de la detonación. Combina guía por GPS con navegación inercial para alcanzar un punto de impacto preciso, y la Fuerza Aérea estadounidense la concibió para blancos endurecidos y profundamente enterrados asociados a misiones de contraproliferación.

La cifra operativa que sintetiza su amenaza para Irán se relaciona con la profundidad y no con la potencia explosiva. La capacidad de penetración se ubica en el orden de 200 pies en materiales endurecidos, aunque la eficacia depende de la geología y del diseño del objetivo. Ese dato introduce un cambio cualitativo: refugios que antes funcionaban como santuario defensivo pasan a ser objetivos plausibles si una campaña aérea logra impactos repetidos y bien colocados.
Obras iraníes observadas en febrero de 2026 en instalaciones sensibles
- En Parchin, el área vinculada a un edificio dañado en 2024 queda oculta bajo una estructura de hormigón y tierra.
- En Isfahan, el complejo nuclear muestra accesos a túneles rellenos y cubiertos.
- Cerca de Natanz, una instalación bajo montaña presenta entradas reforzadas con movimiento continuo de maquinaria pesada.
- Las intervenciones apuntan a resistir penetración aérea y a retrasar una acción terrestre rápida contra depósitos o nodos subterráneos.
El B-2 y la penetración profunda convierten la munición en opción operativa
La munición impone un requisito de plataforma que define su valor estratégico: la integración operativa recae en el B-2 Spirit. Este bombardero furtivo puede transportar dos GBU-57 en bodegas internas y sostener un patrón de ataque con impactos repetidos sobre un mismo punto. El elemento determinante no es solo la carga, sino la posibilidad de entrar en zonas defendidas con baja detectabilidad y colocar golpes sucesivos en ventanas seleccionadas.
El B-2 aporta alcance intercontinental, con más de 6.000 millas náuticas sin reabastecimiento y con capacidad de ampliar el radio mediante reabastecimiento en vuelo. Esa autonomía reduce la dependencia de la proximidad inmediata a bases regionales, aunque la logística de tanqueros, rutas y ventanas de vuelo define el detalle de cualquier operación. La combinación de autonomía y carga útil sostiene campañas que presionan durante días o semanas, si existe planificación y apoyo sostenido.

El origen del arma ayuda a entender su papel actual. La Fuerza Aérea lanzó el programa en 2004 y acumuló años de pruebas, rediseños y ensayos para validar comportamiento contra blancos representativos. La documentación oficial de pruebas y evaluación concluyó en 2012 que la GBU-57 podía atacar con eficacia determinados objetivos endurecidos y profundamente enterrados y que el rediseño crítico resultaba adecuado tras pruebas y lanzamientos desde B-2 con cabezas inertes y vivas.
En el plano técnico, los informes describen una carcasa de aleación de acero de alto rendimiento que mantiene integridad durante el impacto y soporta un gran contenido explosivo sin perder la función penetradora. Esta combinación conecta tecnología y doctrina: no basta con detonar, el diseño busca transferir energía tras atravesar material endurecido, lo que incrementa la posibilidad de afectar galerías, salas y sistemas delicados situados bajo roca o estructuras reforzadas.
La arquitectura nuclear iraní busca profundidad, pero la profundidad ya no basta
Irán construyó su arquitectura nuclear para resistir el tipo de ataque que la GBU-57 habilita. Fordo funciona dentro de una montaña cerca de Qom; Natanz opera con instalaciones subterráneas asociadas al enriquecimiento; Isfahan integra el ciclo de combustible y áreas subterráneas vinculadas a material sensible. En este diseño, la profundidad actúa como barrera, reduce exposición directa y desplaza el problema hacia la identificación de accesos y la evaluación posterior del daño.
En junio de 2025, tras ataques israelíes, la autoridad nuclear de la ONU comunicó impactos directos en salas subterráneas de Natanz y describió a Fordo como una instalación excavada profundamente en una montaña. También subrayó dificultades para evaluar daño sin inspecciones, lo que confirmó un punto operativo: la profundidad reduce la visibilidad posterior al ataque y desplaza el debate desde “impacto” hacia “función”. Probar destrucción interna exige inteligencia adicional, acceso o señales técnicas.

La guerra corta del verano de 2025 añadió un antecedente que pesa en 2026. Estados Unidos ejecutó ataques sobre instalaciones nucleares iraníes con B-2 y municiones de penetración, y las imágenes satelitales posteriores mostraron múltiples puntos de entrada en la montaña sobre Fordo. La discusión pública se centró en una cuestión que preocupa a Teherán: no hace falta abrir una montaña completa para neutralizar un objetivo si el choque y la sobrepresión alcanzan galerías y salas donde operan sistemas delicados.
Un análisis técnico citado en documentación oficial estadounidense formuló esa incertidumbre en términos funcionales. El resultado depende del grado de aislamiento de equipos como las centrifugadoras frente a ondas de choque y efectos de explosión, lo que convierte la protección en un problema de ingeniería interna y no solo de metros de roca. Para el régimen, ese cambio complica la narrativa de invulnerabilidad que acompañó durante años a sus complejos enterrados.
Una campaña conjunta amplifica la amenaza y fuerza decisiones costosas en Teherán
La noción de operaciones conjuntas entre Estados Unidos e Israel amplifica el peso de la GBU-57 porque llena un vacío de capacidades. Israel dispone de municiones penetradoras más pequeñas, con penetración limitada frente a instalaciones enterradas a decenas de metros bajo roca, mientras la GBU-57 aparece como el único recurso convencional citado de forma consistente para objetivos del tipo Fordo. En esa asimetría, el número de bombas importa, pero también importa quién puede emplearlas con alcance y continuidad.
Una campaña conjunta puede repartir tareas: Israel golpea defensas, radares, mando y misiles, mientras Estados Unidos entrega penetración profunda y volumen de ataque. Ese reparto eleva la presión al permitir secuencias que sostienen el esfuerzo durante días o semanas, con rutas y reabastecimiento que una coalición puede mantener de manera continua. Para Teherán, el problema deja de ser una incursión aislada y pasa a ser la posibilidad de un desgaste progresivo sobre puntos críticos.

Las contramedidas iraníes observadas en febrero de 2026 encajan con esa lectura. Cubrir edificios con hormigón y tierra, enterrar bocas de túnel y reforzar accesos busca ocultar, absorber energía, dificultar identificación de puntos vulnerables y retrasar una incursión terrestre. Sin embargo, esas medidas también revelan prioridades: Irán protege entradas y cámaras y no traslada todo el complejo a profundidades imposibles para la penetración convencional, lo que expone límites prácticos de tiempo y recursos.
El cierre del círculo se sitúa en la coyuntura política y militar inmediata. Washington abrió conversaciones en Ginebra con un horizonte breve para propuestas y mantuvo sobre la mesa la opción de acción militar, mientras fuerzas estadounidenses preparan planes para operaciones que podrían extenderse varias semanas. En paralelo, Irán endurece instalaciones sensibles y muestra actividad militar en el estrecho de Ormuz, con la GBU-57 como factor que reduce el valor defensivo de la profundidad.
