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Portada » Opinión » “Hitler es el Mahdi chií”: cuando los nazis ambicionaban los yacimientos petrolíferos de Irán

“Hitler es el Mahdi chií”: cuando los nazis ambicionaban los yacimientos petrolíferos de Irán

14 de abril de 2026

Alemania y los Aliados libraron durante la Segunda Guerra Mundial una carrera por los enormes recursos energéticos de Irán. El Sha, que si bien permitió a los refugiados judíos transitar por el país, mostró simpatía hacia los nazis, y para los soviéticos y los británicos ello constituyó un pretexto para ocupar Irán en uno de los momentos decisivos de la guerra: el petróleo iraní.

Sí, también en la Segunda Guerra Mundial el petróleov encabezó la agenda de las potencias rivales, que necesitaban inmensas reservas de energía para abastecer a sus ejércitos. Pero Persia, como se conocía a Irán a principios del siglo pasado, atravesó numerosas convulsiones incluso antes de la guerra, cuyas consecuencias se sienten, en cierta medida, hasta hoy.

En febrero de 1921, un oficial militar que había servido en la Brigada de Cosacos Persa y ferviente nacionalista persa llamado Reza Khan lideró una conspiración cuyo objetivo era restaurar la soberanía de Irán bajo un gobierno central fuerte, con el apoyo de los británicos.

Se apoderó de Teherán y obligó al débil y corrupto sha de la dinastía Qajar a nombrar al periodista Seyyed Zia’eddin Tabatabaee como primer ministro, y a él mismo como ministro de Guerra. Tras sofocar varias rebeliones y consolidar el control central del país, la Asamblea Nacional lo nombró primer ministro en 1923 con poderes casi dictatoriales.

Después de reprimir una revuelta nacionalista árabe y con el apoyo británico, Reza Khan convenció a la Asamblea de deponer al sha de la dinastía Qajar y nombrarlo sha el 13 de diciembre de 1925. Adoptó el nombre Pahleví al fundar su nueva dinastía. La Asamblea también reconoció a su hijo mayor, Mohammad Reza Pahleví, como príncipe heredero. Con el tiempo, sería el último sha hasta ser derrocado por la Revolución Islámica en 1979.

Durante su reinado, Reza Shah implementó reformas para rehabilitar el país y restaurar la independencia política y económica. Aspiraba a un Estado moderno con un ejército fuerte, unificado en lugar de fragmentado en grupos religiosos y tribales, y a un liderazgo libre de influencia extranjera. Pero junto a la modernización, su gobierno fue autoritario y coercitivo.

En 1935 cambió el nombre del país de Persia, de origen griego, a Irán, como lo habían llamado sus habitantes durante siglos. Con ello, el sha buscaba desvincularse de la influencia extranjera sobre el país, aunque sin éxito.

Los nazis veían en Irán la puerta hacia el Imperio Británico en Asia, e intentaron influir en los desarrollos estratégicos y económicos en Irán, India y Oriente Medio. Para ello, redujeron el uso público de expresiones racistas hacia los pueblos no judíos de la región.

A pesar del enfoque racista de la Alemania nazi, Reza Shah tenía cierta simpatía hacia ella, pues a diferencia de Gran Bretaña y la Unión Soviética, Alemania no tenía historia de interferencia en los asuntos internos de Irán. Deseaba aprender de ella gestión política y tecnología industrial, y reducir el comercio con la Unión Soviética. Para 1941, casi la mitad de las importaciones iraníes provenían de Alemania y el 42 por ciento de las exportaciones iban hacia allá.

Según el Museo del Holocausto de Washington, el servicio de propaganda alemán emitía a través de la radio “Zeesen” programas con motivos religiosos islámicos, ya que la ideología nazi no se adecuaba al público iraní. Entre los mensajes se afirmaba que Hitler era el Mahdi chií, el Imán Doce. Su lucha fue comparada con la del Profeta Mahoma contra los judíos, con paralelismos con versículos del Corán y con la hostilidad iraní hacia Gran Bretaña y la Unión Soviética.

Estos intentos generaron preocupación en Mohammad Reza Pahleví, que temía un daño al carácter secular de su régimen.

A pesar de la cierta simpatía hacia los nazis, los judíos de Irán durante el reinado de Reza Shah y su hijo gozaron de muchos derechos y libertades que antes no tenían, incluida una relativa autonomía cultural y religiosa, oportunidades económicas y derechos políticos.

El gobierno iraní también dejó claro a los alemanes que consideraba a los judíos iraníes ciudadanos plenamente integrados, y los refugiados judíos provenientes de Polonia que transitaron por Irán en 1942 de camino a Palestina o Gran Bretaña gozaron de paso seguro. Por otro lado, Irán también permitió a líderes pro-nazis de Irak, entre ellos Rashid Ali al-Gailani y Amin al-Husseini, escapar a través de su territorio hacia Italia.

Reza Shah declaró la neutralidad al inicio de la guerra, pero en 1941 Gran Bretaña y la Unión Soviética invadieron Irán, con el pretexto de su negativa a expulsar a los ciudadanos alemanes, aunque en la práctica por el temor al avance alemán y la necesidad de mantener rutas de suministro y controlar los recursos energéticos. Los objetivos de los Aliados incluían proteger los campos petrolíferos, abastecer a la Unión Soviética a través del ferrocarril Transiraní y detener la actividad de inteligencia alemana.

Los británicos y los soviéticos, que cooperaban contra el enemigo nazi común, obligaron al sha pro-alemán a abdicar. En septiembre de 1941 abandonó el trono y marchó al exilio, y su hijo Mohammad Reza Shah asumió el poder.

En enero de 1942, Irán, la Unión Soviética y Gran Bretaña firmaron un tratado tripartito que reconocía la soberanía del país y garantizaba la retirada de su territorio tras la guerra. Para la primavera de ese mismo año, Irán rompió sus vínculos con las potencias del Eje.

El 9 de septiembre de 1943, Irán declaró la guerra a Alemania. Poco después, entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1943, se celebró la Conferencia de Teherán con la participación de Franklin Roosevelt, Winston Churchill e iósif Stalin, quienes debatieron la estrategia contra Alemania y Japón y el futuro de la posguerra. También firmaron una declaración que prometía ayuda económica a Irán y subrayaba su compromiso con su independencia.

Las fuerzas británicas y estadounidenses se retiraron de Irán en enero de 1946, y los soviéticos lo hicieron en mayo de 1946 tras la presión de la ONU.

El impacto de la guerra sobre Irán fue severo. Su neutralidad fue violada y perdió de facto su independencia. Las fuerzas extranjeras controlaron infraestructuras, utilizaron sus recursos y mano de obra, y debido a la escasez, las malas cosechas y una gran oleada de refugiados, se extendió un hambre que causó numerosas muertes. Incluso después de su retirada, las potencias extranjeras continuaron interfiriendo en sus asuntos internos y apoyando al sha frente a sus opositores políticos.

Ello tuvo un impacto significativo en los sentimientos antioccidentales y la creciente oposición al sha a lo largo de los años, que alcanzaron su punto culminante con su derrocamiento en 1979 y la toma del poder de Irán por parte de los ayatolás.

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