No sabemos con certeza si se ha firmado un acuerdo entre Estados Unidos e Irán ni cuáles son sus detalles completos. La experiencia nos enseña que cada parte filtra la información que le conviene, y que los titulares iniciales suelen diferir del panorama complejo que se va revelando posteriormente. A primera vista, la medida parece una capitulación estadounidense, pero antes de emitir un juicio, conviene examinar la información con cautela siguiendo algunas reglas generales.
En primer lugar, el presidente estadounidense Donald Trump ha demostrado durante el último año y medio que es proisraelí y que vela por nuestros intereses, incluso cuando ello ha requerido enfrentarse a sus asesores. La regla que rige esta relación es la del 80/20: en la gran mayoría de los casos existe un acuerdo estratégico total, y en el 20 % restante, en el que surgen desacuerdos, Israel suele mantener un margen de maniobra independiente para defender sus intereses de seguridad.
En segundo lugar, hay que examinar si se trata de un acuerdo estratégico que cambia la realidad o de una medida táctica temporal. Es posible que Trump no esté concediendo a Irán logros a largo plazo, sino que solo esté ganando tiempo y llevando a cabo negociaciones continuas para “aliviar la presión” en el mercado energético mundial. En tal caso, las concesiones son funcionales y están destinadas a lograr una tregua industrial temporal, no un cambio sustancial de política hacia el régimen de Teherán.
En tercer lugar, cualquier acuerdo que se alcance debe superar la prueba de los compromisos explícitos de Trump en el pasado. El presidente ha declarado en varias ocasiones que no permitirá que Irán se convierta en una potencia nuclear, que frenará la amenaza de los misiles balísticos y que pondrá fin a la financiación del terrorismo por parte de Hamás, Hezbolá y los Hutíes. En el pasado, incluso se refirió a la liberación de los ciudadanos iraníes del régimen de “los locos”, y cualquier acuerdo se evaluará en función de su capacidad para alcanzar estos objetivos.
Si se firma un acuerdo, la prueba de fuego será determinar si se trata de una concesión táctica destinada a enfriar el mercado energético mundial. Un acuerdo de este tipo podría suponer un “alivio de la presión” temporal, que permitiría a los países del Golfo reanudar sus exportaciones de petróleo, y también a Irán frente a China, con el objetivo de calmar los precios de la energía, que se encuentran por las nubes.
Otra cuestión central es la postura de EE. UU. respecto a la Guardia Revolucionaria. ¿Ha cedido EE. UU. en sus exigencias hacia la Guardia Revolucionaria y reconoce la legitimidad del régimen, o se trata de una maniobra estratégica? Es posible que el objetivo sea llevar a cabo negociaciones duras en una fecha posterior, sin dejar a medio mundo como rehén de la crisis actual.
También hay que tener en cuenta la personalidad de Trump como negociador duro. Como aspirante a liderar el mundo, cuesta creer que acepte ser visto como alguien que cede ante un grupo de terroristas “locos”. La lógica que guía su actuación apunta a que el acuerdo, si se firma, será tal que preserve su imagen como quien dicta las condiciones y no como quien cede ante la presión de regímenes hostiles.
Por último, Israel debe sopesar los beneficios de la ayuda frente al coste político. En el último año hemos logrado avances significativos en el apoyo estadounidense, y ahora es posible que tengamos que pagar el precio de posponer la decisión frente a Hezbolá. Si nos basamos en el precedente de Hamás, donde Estados Unidos permitió a Israel reanudar los combates tras quedar claro que la organización se negaba a desarmarse, debemos asegurarnos de que se aplique un modelo similar que permita la acción militar también en el Líbano.